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– ¿Te refieres a un psicólogo? -pregunté-. ¡Sóóó! Ya me lo propusieron en el hospital y los envié al cuerno.

– Claro, claro -respondió Daniel-. Me lo imagino perfectamente. Y considero que fue una decisión acertada. Nunca he entendido la lógica de pagar a un extraño con una inteligencia determinada para que escuche tus problemas; para eso están los amigos. Si quieres hablar de ello, puedes hacerlo con cualquiera de nosotros…

– ¡Por todos los santos! -exclamó Rafe a voz en grito. Dejó las cartas de un golpe en la mesa y las apartó-. Que alguien me traiga una bolsa: voy a vomitar. Ah, entiendo cómo te sientes, hablemos todos de ello… ¿Es que me he perdido algo? ¿Nos hemos trasladado a la puñetera California y nadie me ha informado de ello?

– ¿Qué pasa contigo? -preguntó Justin, con un trasfondo malicioso.

– Que no soporto las ñoñerías. Lexie está bien. Ya lo ha dicho. ¿Existe algún motivo en particular por el que no podamos olvidarnos de este asunto de una vez por todas?

Yo me había sentado; Daniel había abandonado la lectura de su libro.

– No es decisión tuya, por si no te has enterado -replicó Justin.

– Si voy a tener que escuchar todas estas patrañas, pues entonces sí que es decisión mía, maldita sea. Doblo. Justin, todo tuyo. Reparte, Abby -espetó Rafe y estiró el brazo por delante de Justin para agarrar la botella de vino.

– Hablando de recurrir a los vicios para liberar la tensión… -apuntó Abby con frialdad-, ¿no crees que ya hemos bebido suficiente por esta noche?

– En realidad -contestó Rafe-, creo que no, no. -Rellenó su copa, tanto que la última gota se desbordó y manchó la mesa-. Y no recuerdo haberte pedido consejo. Reparte las puñeteras cartas.

– Estás borracho -le espetó Daniel con sequedad-. Y empiezas a ponerte repelente.

Rafe se giró con un gesto brusco; agarraba con una mano la copa de vino y, por un instante, pensé que iba a lanzarla.

– Sí -dijo en voz baja y peligrosa-, es verdad, estoy borracho. Y tengo intención de emborracharme mucho más. ¿Quieres hablar de ello, Daniel? ¿Es eso lo que quieres? ¿Quieres que todos nosotros tengamos una conversación sincera?

Había algo en su voz, algo precario como el olor a gasolina, preparado y aguardando a prender a la primera chispa que saltara.

– No le veo el sentido a discutir de nada con alguien en tu estado -replicó Daniel-. Recupera la compostura, tómate un café y deja de actuar como un niñato malcriado.

Daniel volvió a levantar su libro y dio la espalda a los demás. Yo era la única que podía ver su rostro. Estaba perfectamente sereno, pero sus ojos no se movían: no estaba leyendo ni una palabra.

Incluso yo me daba cuenta de que Daniel estaba manejando mal aquella situación. Una vez que Rafe se instalaba en el malhumor, no sabía cómo desembarazarse de él. Necesitaba que alguien le ayudara a hacerlo, que cambiara el ambiente en la estancia con una tontería, que reinstaurara la paz o el pragmatismo para poder seguir adelante. Intentar intimidarlo sólo podía empeorar las cosas, y el hecho de que Daniel hubiera cometido un error tan poco característico de él me produjo un pinchazo en la nuca: sorpresa y algo más, una sensación similar al miedo o a la emoción. Yo podría haber tranquilizado a Rafe en cuestión de segundos («Vaya, vaya, ¿así que crees que sufro trastorno por estrés postraumático? ¿Como los veteranos del Vietnam? Que alguien grite: "Una granada" y veremos si me agacho…») y estuve en un tris de hacerlo; de hecho, me costó horrores contenerme, pero tenía que comprobar cómo se resolvía aquella tensión.

Rafe tomó aliento, como si fuera a añadir algo, pero luego cambió de opinión, sacudió la cabeza molesto y corrió la silla hacia atrás. Tomó su copa con una mano, la botella con la otra y salió del salón indignado. Instantes después la puerta de su dormitorio se cerró de un portazo.

– ¡Qué diablos! -exclamé al cabo de un momento-. Al final voy a ir a ver al loquero para explicarle que vivo con una pandilla de perdedores anclados en el pasado.

– No empieces -me atajó Justin; le temblaba la voz-. Por favor, para.

Abby dejó las cartas en la mesa, se puso en pie, levantó la silla para colocarla con cuidado en su sitio y salió de la estancia. Daniel no se movió. Oí a Justin volcar algo y maldecir con mal genio en voz baja, pero no alcé la vista.

La mañana siguiente, el desayuno transcurrió en silencio, pero no era en absoluto un silencio agradable. Justin me negaba abiertamente la palabra. Abby trajinó por la cocina con el ceño levemente fruncido por la preocupación hasta que acabamos de fregar los platos, apremió a Rafe para que saliera de su habitación y los tres salieron para ir a la universidad.

Daniel estaba sentado a la mesa, mirando por la ventana, envuelto en una bruma privada, mientras yo secaba los platos y los colocaba en su sitio. Finalmente se revolvió en su silla, respiró hondo y me miró:

– Bueno -dijo, parpadeando desconcertado al detectar que el cigarrillo se le había consumido entre los dedos-, será mejor que nos pongamos en movimiento.

No pronunció ni una palabra durante todo el trayecto hasta el hospital.

– Gracias -dije mientras salía del coche.

– De nada -contestó ausente-. Llámame si algo va mal, aunque espero que no, o si cambias de idea y quieres que alguien esté contigo.

Se despidió con la mano, por encima de su hombro, mientras se alejaba.

Cuando me aseguré de que se había ido, pedí algo parecido a un café para llevar en la cafetería del hospital y me apoyé contra la fachada a esperar a Sam. Lo vi estacionar en el aparcamiento y salir del coche antes de que él me divisara. Tardé una milésima de segundo en reconocerlo. Parecía cansado, rechoncho y viejo, ridiculamente viejo, y en aquel instante lo único que me vino a la mente fue: «¿Quién es este tipo?». Entonces me vio y me sonrió y yo recuperé la cordura y volvió a parecerse a sí mismo. Me dije que Sam siempre engorda un par de kilos durante los casos importantes, puesto que la comida basura se convierte en su alimento básico, y que además yo llevaba un tiempo rodeada de veinteañeros y alguien de treinta y cinco sin duda alguna me iba a parecer un vejestorio. Tiré el vaso del café a la papelera y me dirigí hacia él.

– Oh, Dios -exclamó Sam mientras me abrazaba con fuerza-, me alegro tanto de verte…

Su beso fue cálido, firme y extraño; incluso su olor, a jabón y a algodón recién planchado, se me antojaron desconocidos. Tardé un segundo en concluir cómo me sentía: igual que aquella primera noche en Whitethorn House, cuando se suponía que conocía a todas las personas que me rodeaban como si las hubiera parido.

– Hola -lo saludé con una sonrisa.

Atrajo mi cabeza hacia su hombro.

– Dios -volvió a exclamar con un suspiro-. Mandemos este maldito caso al infierno y escapémonos a pasar un día juntos… ¿Qué me dices?

– Trabajo -le recordé-. ¿Te acuerdas? Fuiste tú quien me dijo que nada de ropa interior de blonda blanca.

– He cambiado de idea. -Me acarició los brazos-. Estás guapísima, ¿sabes? Tan relajada y despierta, y además ya no estás tan flaca. Este caso te está sentando bien.

– Es el aire del campo -argumenté-. Además, Justin siempre cocina para doce personas. ¿Cuál es el plan?

Sam suspiró de nuevo, me soltó las manos y se apoyó contra el coche.

– Mis tres hombres están citados en la comisaría de Rathowen, con media hora de diferencia. Espero que dispongamos de tiempo suficiente; por ahora, lo único que me interesa es averiguar de qué van, pero sin alertarlos. No hay sala de observación, pero desde la recepción puedes escuchar todo lo que se habla en la sala de interrogatorios. Bastará con que esperes oculta mientras entran y luego te cueles en la recepción y escuches.