Выбрать главу

La verja seguía balanceándose salvajemente cuando la cruzamos a toda prisa. Al salir al sendero, Rafe se quedó inmóvil, con la cabeza en alto, y me agarró la muñeca con una mano:

– Chissss…

Escuchamos, conteniendo la respiración. Noté algo alzarse tras de mí y di media vuelta, pero era Daniel, veloz y sigiloso como un felino en la hierba.

Viento en las hojas; nos encaminamos hacia la derecha, en dirección a Glenskehy, y no lejos de nosotros escuchamos el levísimo crujido de una ramita.

La última luz de la casa se desvaneció a nuestras espaldas, avanzábamos raudos por el sendero, en medio de la oscuridad, yo con el brazo estirado para guiarme por el seto, con las hojas rascándome en los dedos y, entonces, un súbito arranque de pies corriendo y un grito fuerte y triunfal de Rafe a mi lado. Rafe y Daniel eran rápidos, más de lo que había imaginado. Nuestra respiración salvaje como una partida de caza en mis oídos, el ritmo duro de nuestros pasos y mi pulso como tambores de guerra acelerándose en mi interior; la luna crecía y menguaba a medida que las nubes la cubrían y atisbé una sombra negra, a apenas veinte o treinta metros por delante de nosotros, encorvada y grotesca bajo la extraña luz blanca, corriendo a toda prisa. Por un instante pude ver a Frank inclinándose sobre su escritorio, apretándose con las manos los auriculares, y pensé en él con rabia: «No se te ocurra, no se te ocurra enviar a tus matones; esto es asunto nuestro».

Salvamos volando una curva del sendero, agarrándonos al seto para no perder el equilibrio, y frenamos con una derrapada en una encrucijada. Bajo la luz de la luna, los pequeños senderos se extendían en todas direcciones, desnudos y equívocos, herméticos; pilas de piedras apiñadas en los campos como espectadores embelesados.

– ¿Adónde ha ido? -La voz de Rafe era poco más que un suspiro acelerado; giró sobre sí mismo, mirando a su alrededor como un perro de caza-. ¿Adónde ha ido ese capullo?

– No puede haberse ocultado tan rápido -susurró Daniel-. Está cerca. Se habrá tumbado en el suelo.

– ¡Joder! -farfulló Rafe-. Joder, maldito capullo, cabronazo… Lo voy a matar…

La luna volvía a ocultarse; los muchachos no eran más que vagas sombras a mis flancos, y se desvanecían rápidamente.

– ¿Linterna? -murmuré, estirándome para acercar mi boca al oído de Daniel, y vi la rápida agitación de su cabeza contra el cielo.

Fuera quien fuese aquel hombre, conocía aquellas montañas como la palma de su mano. Podía esconderse allí toda la noche si lo deseaba, avanzar de escondrijo en escondrijo como habían hecho sus antepasados rebeldes durante siglos antes que él, con la única ayuda de sus ojos escudriñadores observando entre las hojas, y luego desaparecer.

Sin embargo, empezaba a desmoronarse. Aquella piedra atravesando la ventana en dirección a nosotros, cuando él sabía que lo perseguiríamos: el control se le estaba escapando de las manos, erosionándose en polvo bajo el interrogatorio de Sam y el roce constante de su propia rabia. Podía ocultarse toda la vida si asi lo quería, pero ahí radicaba precisamente la trampa: no quería, no realmente.

Cualquier detective de cualquier lugar del mundo sabe que ésa es nuestra mejor arma: el anhelo del corazón. Ahora que las empulgueras y las tenazas al rojo vivo han sido eliminadas del menú, no existe manera de forzar a nadie a confesar un asesinato, a conducirnos hasta el cadáver, a entregar a un ser querido o a delatar a un capo de la mafia, pero aun así la gente sigue haciéndolo. Y lo hace porque hay algo que anhelan más que la seguridad: una conciencia tranquila, la oportunidad de alardear, el fin de la tensión, un nuevo principio, lo que sea, pero lo encontraremos. Si somos capaces de adivinar qué es lo que quiere un delincuente, por muy secreto y oculto que sea su deseo, tanto que quizá ni siquiera él mismo lo haya atisbado, y se lo colocamos delante de las narices, entonces nos dará lo que le pidamos a cambio.

Aquel tipo estaba harto de esconderse en su propio territorio, de merodear con un spray y piedras como un adolescente mocoso en busca de atención. Lo que en realidad quería era tener la oportunidad de darle a alguien una patada en el trasero.

– Vaya, pero si se está escondiendo -dije en tono claro y divertido a la amplia y paciente noche, con mi acento de chica de ciudad más esnob. Daniel y Rafe me agarraron ambos al mismo tiempo para que me callara, pero yo les pellizqué, con fuerza-. Es tan patético… Un hombretón que nos saca ventaja y, en cuanto nos acercamos y le pisamos los talones, se esconde bajo un seto temblando como un conejito atemorizado.

Daniel dejó de apretarme el brazo; lo oí exhalar un leve espectro de sonrisa; había dejado de jadear.

– ¿Y por qué no? -preguntó-. Es posible que no tenga agallas para ponerse en pie y pelear, pero al menos tiene la inteligencia suficiente para saber cuándo se ha metido en un buen berenjenal.

Le di un apretujón a la parte de Rafe que me quedaba más cerca (si algo podía impulsar a aquel tipo a salir a descubierto sería la sorna de un inglés como Rafe) y lo escuché tomar aliento, rápida y violentamente, al caer en la cuenta de nuestro plan.

– De inteligencia nada -dijo arrastrando las palabras-. Demasiadas ovejas en el árbol genealógico. Probablemente se haya olvidado de nosotros y haya salido en busca de su rebaño.

Un frufrú, demasiado leve y demasiado rápido para detectar su procedencia, y luego nada.

– Ven, gatito -canté con voz suave-. Ven gatito, ven aquí, bisbisbisbisbis… -y dejé que mi bisbiseo diera paso a una risita irónica.

– En tiempos de mi bisabuelo -comentó Daniel con frialdad-, sabíamos cómo tratar a los campesinos con exceso de celo. Un par de latigazos y entraban en vereda.

– Pero tu bisabuelo se equivocó al dejarlos procrear a su libre albedrío -opinó Rafe-. Se supone que hay que controlar su tasa de reproducción, como la de cualquier otro animal de granja.

Otra vez aquel frufrú, ahora más sonoro y un diminuto pero nítido chasquido, como el de un guijarro chocando con otro, muy cerca.

– Bueno, sabía cómo aprovecharse de ellos -continuó Daniel.

Su voz tenía un tono vago y abstraído, el mismo que adquiría cuando estaba concentrado en la lectura de un libro y alguien le formulaba una pregunta.

– Claro, claro -contestó Rafe-, pero mira dónde hemos acabado. Involución. El fondo poco profundo del acervo genético. Hordas de seres babosos, tontos, cuellicortos, endogámicos…

Algo salió del seto como propulsado por una explosión, a sólo unos metros de distancia, pasó junto a mí a tal velocidad que noté el viento en mis brazos e impactó contra Rafe como una bala de cañón. Cayó al suelo con un gruñido y un horrible ruido sordo que sacudió la tierra. Por una milésima de segundo escuché los sonidos de una refriega, alientos broncos y salvajes y el desagradable chasquido de un puñetazo alcanzando su objetivo; luego me sumé a la escaramuza.

Nos convertimos en una maraña de cuerpos, con la dura tierra contra nuestro hombro. Rafe sacaba la cabeza para coger aliento, el pelo de alguien en mi boca y un brazo retorciéndose como un cable de acero escapando a mi garra. Los chicos olían a hojas húmedas y él era fuerte y peleaba sucio, buscando con los dedos mis ojos, escarbando en busca de mi barriga con los pies plegados hacia arriba. Yo arremetí con fuerza, escuché una ráfaga de aliento y noté su mano alejarse de mi rostro. Entonces algo impactó con nosotros desde un flanco, con la fuerza de un tren de carga: Daniel.

Su peso nos envió a todos rodando hasta los matorrales; ramas arañándome el cuello, una respiración cálida en mi mejilla y, en algún lugar, el ritmo rápido y despiadado de puñetazos encajando en algo blando, una y otra vez. Fue una pelea sucia, desagradable y confusa, brazos y piernas por todos sitios, extremidades huesudas sobresaliendo, espantosos sonidos ahogados como perros rabiosos al acecho. Éramos tres contra uno y nosotros estábamos tan furiosos como él, pero la oscuridad le otorgaba cierta ventaja. No teníamos modo de saber a quién pegábamos; él no tenía que preocuparse por ello, cualquier golpe encajado era bueno. Y se aprovechaba de ello, deslizándose y retorciéndose, dando vueltas sin cesar a la montaña que componíamos, sin permitir que nos identificáramos unos a otros. Yo estaba mareada, me faltaba el aliento y sacudía frenéticamente el aire. Un cuerpo cayó sobre mí y la emprendí a codazos; entonces oí un aullido de dolor que bien podría haber proferido Rafe.