Выбрать главу

– Entremos en casa -aconsejó Justin, volviendo la vista hacia atrás.

– ¿Qué ha sido lo que ha tirado? -quiso saber Rafe-. Ni siquiera me ha dado tiempo a mirarlo.

– Un pedrusco -contestó Abby-. Y lleva algo pegado con celo.

– ¡Válgame Dios! -exclamó Justin horrorizado en cuanto entramos en la cocina-. Estáis los tres hechos una pena.

– ¡Caramba! -dijo Abby, enarcando las cejas-. Estoy impresionada. Me gustaría ver cómo ha quedado el que ha logrado escapar.

Teníamos tan mal aspecto como yo había previsto: temblorosos y con los ojos asustadizos, cubiertos de tierra y arañazos, con espectaculares manchas de sangre en lugares extraños. Daniel tenía el peso vencido por completo en una pierna y la camisa desgarrada en dos, con una manga colgando. Los tejanos de Rafe tenían un rasgón en una rodilla a través del cual se veía algo rojo brillante y por la mañana iba a lucir un bonito ojo a la funerala.

– Hay que desinfectar esos cortes -anunció Justin-. A saber qué podeis haber pillado en esos caminos. Están llenos de tierra, de excrementos de vacas y ovejas y de todo tipo de…

– Dentro de un momento -lo interrumpió Daniel, apartándose el cabello de los ojos. Se sacó una ramita del pelo, la miró divertido y la depositó con cuidado en la encimera de la cocina-. Antes de que nos pongamos con otra cosa, creo que deberíamos comprobar qué hay pegado a ese pedrusco. -Era un papel doblado, una hoja listada arrancada del cuaderno de un crío-. Esperad -nos interpeló Daniel.

Rafe y yo nos habíamos avanzado. Daniel encontró dos bolígrafos en la mesa, se abrió camino con cuidado a través de los cristalitos hasta la piedra y utilizó los bolis para arrancar el papel.

– Venga -dijo Justin con brío, mientras entraba afanosamente con un cuenco de agua en una mano y un trapo en la otra-, veamos esas heridas. Las damas primero. Lexie, ¿tú qué has dicho que te dolían? ¿Las manos?

– Espera -contesté.

Daniel había colocado el trozo de papel en la mesa y lo estaba desplegando con cuidado, utilizando la parte posterior de los bolígrafos.

– Buf -resopló Justin-. Buf.

Todos rodeamos a Daniel, hombro con hombro. Le sangraba la cara (un puñetazo o el borde de las gafas le habían hecho un corte en el pómulo), pero parecía no darse cuenta.

En la nota habían escrito un mensaje con unas mayúsculas furiosas, tan repasadas en algunos puntos que incluso habían traspasado el papeclass="underline" «OS QUEMAREMOS VIVOS».

Se produjo un segundo de silencio absoluto.

– ¡Madre mía! -exclamó Rafe. Se dejó caer en el sofá y estalló en carcajadas-. Fantástico. Pueblerinos con antorchas. ¿No os parece fascinante?

Justin chasqueó la lengua en señal de desaprobación.

– ¡Qué tontería! -dijo. Había recobrado por completo su compostura ahora que estaba de nuevo en casa, seguro y rodeado de nosotros cuatro y con algo que hacer-. Lexie, a ver esas manos.

Se las enseñé. Estaban destrozadas, cubiertas de tierra y sangre, con los nudillos abiertos y la mitad de las uñas rotas… ¡Qué poco había durado mi manicura! Justin soltó un ligero bufido.

– Por todos los cielos, pero ¿qué le has hecho a ese pobre hombre? No digo que no se lo mereciera… Ven aquí, déjame que te vea bien.

Me condujo hasta el sillón de Abby, bajo la lámpara de pie, y se arrodilló en el suelo a mi lado. El cuenco emitía una nube de vapor con un tranquilizador olor a desinfectante.

– ¿Llamamos a la policía? -preguntó Abby a Daniel.

– Claro que no -contestó Rafe, se frotó con cuidado la nariz y comprobó si tenía los dedos manchados de sangre-. ¿Te has vuelto loca? Nos echarán la misma perorata de siempre: gracias por denunciarlo, pero no hay posibilidad alguna de que atrapemos al autor, haceos con un perro… y adiós. Esta vez incluso podrían arrestarnos: basta con mirarnos para saber que ha habido una pelea. ¿Crees que al Gordo y al Flaco va a importarles quién haya empezado? Justin, ¿me pasas el paño un segundo, por favor?

– Un momentito. -Justin apretaba el paño húmedo contra mis nudillos, con tanta delicadeza que apenas lo notaba-. ¿Te escuece?

Negué con la cabeza.

– Voy a manchar de sangre el sofá -amenazó Rafe.

– No lo harás. Echa la cabeza hacia atrás y espera.

– A decir verdad -comentó Daniel, frunciendo el ceño pensativo mientras seguía mirando aquella nota-, creo que no sería tan mala idea llamar a la policía.

Rafe se sentó de golpe, sin acordarse de su nariz.

– Daniel. ¿Hablas en serio? Si se mueren de miedo al ver a esos orangutanes que viven en el pueblo. Harían lo que fuera para ganarse el favor de Glenskehy y qué mejor que arrestarnos acusados de asaltar a uno de ellos.

– En realidad no pensaba en llamar a la policía local -puntualizó Daniel-. En absoluto. Me refería a Mackey o a O'Neill; no estoy seguro de cuál sería mejor. ¿Tú por quién te decantas? -le preguntó a Abby.

– Daniel -intervino Justin. Su mano dejó de moverse sobre la mía y aquella nota aguda de pánico volvió a apoderarse de su voz-. No lo hagas. Por favor. No quiero… Nos han dejado en paz desde que Lexie regresó…

Daniel lo miró largamente, con gesto inquisitivo, por encima de sus gafas.

– Es verdad -replicó-. Pero tengo serias dudas de que hayan abandonado la investigación. Estoy convencido de que están invirtiendo bastante energía en buscar a un sospechoso y creo que les interesaría mucho tener noticia de éste. Además, creo que es nuestra obligación informarles, tanto si nos conviene como si no.

– Yo lo único que deseo es volver a la normalidad -insistió Justin, cuya voz se había transformado casi en un lamento.

– Claro, eso es lo que queremos todos -corroboró Daniel con cierta irritación. Puso gesto de dolor, se masajeó el muslo y volvió a apretar los ojos con dolor-. Y cuanto antes acabe todo esto y detengan a un culpable, antes podremos hacer exactamente eso. Estoy seguro de que Lexie, por ejemplo, se sentiría mucho mejor si ese hombre estuviera preso. ¿No es así, Lexie?

– ¡Me importa un rábano si lo detienen! Me sentiría mucho mejor si ese cabronazo no se nos hubiera escapado tan pronto -contesté-. Me estaba divirtiendo.

Rafe sonrió y se inclinó hacia delante para chocar los cinco con mi mano libre.

– Al margen del episodio de Lexie -opinó Abby-, esto supone una amenaza. No sé tú, Justin, pero yo no tengo ningunas ganas de que me quemen viva.

– Pero por el amor de Dios, jamás haría algo así -apuntó Rafe-. Los incendios provocados requieren una cierta capacidad de organización. Se prendería fuego a sí mismo antes de conseguir llegar a nosotros.

– ¿Te apostarías la casa?

El ambiente en la estancia se había enrarecido. La unión y la euforia atolondrada se habían evaporado con un silbido maligno, como agua derramándose sobre un fogón candente; ya nadie se divertía.

– Bueno, tengo más esperanzas en la estupidez de ese tipo que en la inteligencia de la policía. Necesitamos a los polis como un agujero en la cabeza. Si ese tarado vuelve a aparecer, y no lo hará, no después de esta noche, nosotros mismos nos encargaremos de él.

– Cierto. Porque hasta ahora -apostilló una Abby tensa- hemos resuelto nuestros propios asuntos solos con una brillantez deslumbrante.

Levantó la fuente de palomitas del suelo con un movimiento brusco y enojado y se agachó a recoger los cristales.

– No, déjalo; a la policía le conviene que no toquemos nada -la interrumpió Daniel, desplomándose en un sillón-. ¡Ay!

Hizo una mueca, se sacó el revólver del tío Simon del bolsillo trasero y lo dejó en la mesilla de café.

Justin se quedó inmóvil a medio camino. Abby se irguió con tal rapidez que a punto estuvo de caerse de espaldas.

De haber sido cualquier otra persona, yo no habría pestañeado siquiera. Pero Daniel… algo frío como el agua marina se apoderó de todo mi cuerpo y me dejó sin respiración. Era como ver a tu padre borracho o a tu madre histérica: aquella caída libre en tu estómago, los cables tensándose mientras el ascensor se prepara para descender en picado cientos de plantas, sin detenerse, fuera de control.