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– Bien -dijo, cuando la puerta del salón se cerró a nuestra espalda y las voces de la cocina se fundieron en un agradable murmullo apagado-. Al fin un poco de acción.

– Ya era hora, sí -contesté.

Acerqué unas sillas a la mesa de juegos, pero Frank sacudió la cabeza, se desplomó en el sofá y me indicó con la mano que me sentara en un sillón.

– Venga, pongámonos cómodos. ¿Estás entera?

– Me destrocé la manicura en el rostro de ese capullo, pero sobreviviré. -Rebusqué en el bolsillo de mis pantalones y saqué un fajo de hojas de libreta-. Lo escribí anoche, en la cama, antes de que lo sucedido empezara a emborronarse en la memoria.

Frank daba sorbos a su té y leía, tomándose su tiempo.

– Bien -dijo finalmente, y se guardó las hojas en el bolsillo-. Lo explica todo con claridad, o al menos con la claridad meridianamente distinguible en ese tipo de caos. -Dejó su taza en el suelo, buscó su cuaderno de notas y sacó la punta de su bolígrafo-. ¿Podrías identificar a ese tipo?

Sacudí la cabeza.

– No le vi la cara. Estaba demasiado oscuro.

– Habría estado bien llevarse una linterna.

– No había tiempo. Si me hubiera entretenido a buscar linternas, no le habríamos dado alcance. Pero de todos modos no necesitas ninguna identificación. Bastará con que busques a un hombre con los dos ojos morados.

– Ah -exclamó Frank pensativo, con un asentimiento de cabeza-, la pelea. Por supuesto. Nos ocuparemos de eso dentro de un momento. Pero por si se diera el caso de que nuestro hombre asegura que los cardenales se deben a una caída por las escaleras, nos sería de cierta utilidad tener algún tipo de descripción de su anatomía.

– Sólo puedo hablarte de percepciones -aclaré-. Dando por supuesto que fuera uno de los chicos de Sam, Bannon queda definitivamente descartado: era bastante fornido. Y este tipo era flaco, no muy alto, pero de complexión fuerte. Tampoco creo que fuera McArdle; le toqué con la mano la cara en un momento dado y no noté ningún vello facial, sólo una especie de barba de tres días. Y McArdle tiene una barba poblada.

– Es cierto -corroboró Frank, mientras anotaba algo sin prisas-. Así es. Entonces ¿tú votas por Naylor?

– Encajaría. Por altura, por constitución y por el pelo.

– Tendrá que bastar. Nos agarraremos a lo que tengamos. -Examinó la página de su cuaderno con aire pensativo, mientras se daba golpecitos con el bolígrafo en los dientes-. Y hablando del tema -añadió-, cuando los tres salisteis al galope a luchar por la casa, ¿qué se llevó consigo el pequeño Daniel?

Me había preparado la respuesta.

– Un destornillador -contesté-. No lo vi cogerlo, pero eso fue porque yo salí antes que él. Tenía la caja de herramientas en la mesa.

– Porque él y Rafe estaban limpiando la pistola del tío Simon. ¿Qué tipo de pistola es, por cierto?

– Un Webley, de principios de la Primera Guerra Mundial. Está bastante abollado y oxidado y todo eso, pero sigue siendo una delicia. Te encantaría.

– No lo dudes -replicó Frank en tono amigable, mientras apuntaba algo brevemente-. Con suerte, en algún momento incluso podré echarle un vistazo. De manera que Daniel agarró un destornillador en medio de las prisas aunque tenía un revólver ante las narices…

– Un revólver sin cargar y abierto. Además, no me da la impresión de que sepa mucho de armas. Le habría llevado un momento averiguar cómo cargarlo.

El sonido de alguien cargando un revólver es inconfundible, pero también casi imperceptible, y yo me encontraba al otro lado de la sala cuando Rafe lo había hecho; con la música, existía una posibilidad de que el micrófono no lo hubiera captado.

– Así que en su lugar cogió el destornillador -continuó Frank con un cabeceo-. Tiene lógica. Pero luego, por algún motivo, una vez atrapa a su hombre, ni siquiera se le ocurre utilizarlo.

– No tuvo oportunidad. Aquello era un barullo, Frank: los cuatro rodando por el suelo, piernas y brazos por todos sitios, era imposible determinar qué pertenecía a quién; estoy bastante segura de que yo soy la causante del ojo morado de Rafe. Si Daniel hubiera sacado el destornillador y hubiera empezado a asestar puñaladas, tendría muchas posibilidades de habernos alcanzado a uno de nosotros. -Frank continuaba asintiendo y tomaba notas de todo, pero tenía una mirada entre divertida e insulsa en la cara que no me gustaba nada-. ¿Qué pasa? ¿Habrías preferido que apuñalara a ese tipo?

– Bueno, me habría facilitado la vida, eso seguro -contestó, en tono alegre y críptico-. Y, dime, ¿dónde estaba el famoso… qué habíamos quedado que era… ah, sí, el famoso destornillador durante todo aquel espectáculo?

– En el bolsillo trasero de Daniel. Al menos, de ahí fue de donde lo sacó cuando regresamos a casa.

Frank arqueó una ceja, preocupado.

– Qué suerte no habérselo clavado él mismo. Con tanto rodar, no me habría extrañado que al menos se hubiera llevado un par de pinchazos.

Tenía razón. Debería haberle dicho que era una llave inglesa.

– Quizá se los llevó -contesté, encogiéndome de hombros-. Pídele que te enseñe el trasero, si te apetece.

– Creo que por el momento prescindiré de hacerlo. -Frank cerró la punta de su bolígrafo, se lo guardó en el bolsillo y se recostó en el sofá, acomodándose-. ¿En qué pensabas? -me inquirió en tono afable.

Por un momento me tomé su pregunta como un interés sincero sobre mi proceso de pensamiento, en lugar de como el prolegómeno de una bronca monumental. Cabía suponer que Sam se enfadara conmigo, pero no Frank: para él la seguridad personal es un juego de azar, había iniciado aquella investigación quebrantando todas las normas que encontró a su paso y yo sabía a ciencia cierta que en una ocasión le había asestado un cabezazo tan fuerte a un camello que tuvieron que llevarse al tipo a urgencias. Jamás se me había ocurrido que llegara a comportarse como un mocoso por algo así.

– Este tipo se está poniendo cada vez más duro -contesté-. Al principio se mantenía lejos de la gente: nunca le hizo ningún daño a Simon March y la última vez que había lanzado una piedra a través de la ventana escogió una estancia vacía… Pero en esta ocasión ese pedrusco nos pasó rozando a Abby y a mí, y, por lo que sabemos, podría haber estado apuntándonos a cualquiera de nosotros. Su objetivo ha dejado de ser la casa; ahora ataca también a sus inquilinos. Cada vez concuerda más con el sospechoso.

– Exactamente -convino Frank, apoyando un tobillo sobre la rodilla opuesta-. Es un sospechoso. Precisamente lo que estamos buscando. Así que reflexionemos unos instantes acerca de este asunto, ¿de acuerdo? Digamos que Sammy y yo nos dirigimos a Glenskehy hoy y arrestamos a esos tres lumbreras y digamos, puestos a ello, que logramos obtener información útil de uno de ellos, lo justo para justificar una detención, incluso un cargo por falta. ¿Qué me sugieres que conteste cuando su abogado, el fiscal general del Estado y los medios de comunicación me pregunten, y no tengo dudas de que lo harán, por qué su rostro parece una hamburguesa? Dadas las circunstancias, no me quedará otra alternativa que explicar que esos daños se los infligieron otros dos sospechosos y mi propia agente encubierta. ¿Y qué crees que ocurrirá a continuación?

Mi pensamiento en ningún momento había llegado tan lejos.

– Que encontrarás una respuesta esquiva.

– Es posible -replicó Frank en el mismo tono amable y cálido-, pero eso no es lo importante, ¿no crees? Lo que te estoy preguntando es qué pretendías hacer exactamente ahí fuera. Yo diría que, en tanto que detective, tu objetivo habría sido localizar al sospechoso, identificarlo y, a ser posible, retenerlo o mantenerlo bajo observación hasta que encontraras una manera de obtener refuerzos. ¿Acaso me estoy perdiendo algo?