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Salí a la cocina y le dije a Rafe que Frank quería verlo, por puro atrevimiento y para demostrarle a Frank que no le tenía miedo… aunque sí se lo tenía, desde luego que se lo tenía.

– Bueno -dijo Daniel cuando Frank hubo concluido su labor y se llevó de allí a Doherty, supongo que para comunicarle la buena nueva a Sam-. Diría que ha ido bien.

Estábamos en la cocina, recogiendo las tazas de té y dando buena cuenta de las galletas que habían sobrado.

– Sí, no ha estado nada mal -comentó Justin sorprendido-. Esperaba que se portaran como un par de capullos, pero Mackey incluso se ha mostrado agradable esta vez.

– Sí, pero ¿qué me decís del otro memo? -añadió Abby, acercándome la bandeja para ofrecerme otra galleta-. No le ha quitado la vista de encima a Lex. ¿Os habéis percatado? Menudo cretino.

– No es ningún cretino -repliqué. De hecho, Doherty me había impresionado después de pasar dos horas enteras sin llamarme «detective», de manera que me sentía compasiva-. Simplemente tiene buen gusto.

– Insisto en que no van a hacer nada -intervino Rafe, sin insidia en la voz.

Desconocía si era por algo que Frank les había dicho o simplemente los había aliviado su visita, pero todos tenían mejor aspecto, estaban más relajados. La tensión aguda de la noche anterior se había evaporado, al menos por el momento.

– Esperemos a ver -replicó Daniel, al tiempo que agachaba la cabeza para encender un cigarrillo-. Al menos tendrás algo entretenido que explicarle a Brenda Cuatrotetas la próxima vez que te acorrale contra la fotocopiadora.

Incluso Rafe soltó una carcajada.

Estábamos bebiendo vino y jugando al no cuando mi móvil sonó aquella noche. Me dio un susto de muerte (no es que recibiera llamadas muy a menudo) y estuve en un tris de no responder, porque no encontraba el teléfono; estaba en el armario del zaguán, guardado en el bolsillo de la chaqueta compartida; se había quedado allí después del paseo de la noche anterior.

– ¿Sí? -respondí.

– ¿Señorita Madison? -preguntó Sam, con voz afectada-. Al habla el detective O'Neill.

– Ah, hola -saludé.

Había empezado a encaminarme hacia el salón, pero me di la vuelta y me apoyé en el vano de la puerta principal, desde donde no corría el riesgo de que los demás reconocieran su voz.

– ¿Puedes hablar?

– Más o menos.

– ¿Estás bien?

– Sí. Bien.

– ¿Segura?

– Completamente.

– Uf -exclamó Sam, respirando hondo-. ¡Qué alivio! Ese capullo de Mackey lo escuchó todo, ¿lo sabías? Y ni siquiera me llamó, no me dijo ni pío; se limitó a esperar a esta mañana y acercarse a verte. Me dejó sentadito en el centro de coordinación, como si fuera un idiota. Si este caso no se resuelve pronto, voy a acabar sacudiendo a ese cabronazo.

Sam no suelta palabrotas a menos que esté muy enfadado.

– Te entiendo -dije-. No me sorprende.

Una pausa momentánea.

– ¿Estás con los otros?

– Más o menos.

– Bien, seré breve. Hemos enviado a Byrne a vigilar la casa de Naylor, para echarle un vistazo cuando regresara del trabajo esta noche y el tipo tiene la cara hecha picadillo; hicisteis un buen trabajito, los tres, a juzgar por lo que he podido oír. Es mi hombre, de eso no hay duda. Voy a citarlo mañana por la mañana, pero esta vez para que acuda a la brigada de Homicidios. No me importa si se asusta, ya no. Si se muestra inquieto, puedo detenerlo por allanamiento de morada. ¿Quieres venir a echar un vistazo?

– Por supuesto -accedí. Gran parte de mí prefería hacerse la gallina: pasarse el día en la biblioteca rodeada de los demás, comer en el Buttery mientras contemplaba la lluvia caer al otro lado de los cristales y olvidar lo que estuviera ocurriendo en otro lugar mientras aún era posible. Pero al margen de cuál fuera el resultado de aquel interrogatorio, necesitaba estar presente-. ¿A qué hora?

– Iré a buscarlo antes de que salga para el trabajo y lo traeré aquí alrededor de las ocho de la mañana. Ven cuando quieras. ¿Te parece… te parece bien venir a la brigada?

Incluso se me había olvidado preocuparme por eso.

– Ningún problema.

– Encaja en el perfil, ¿no es cierto? Como un guante.

– Supongo que sí -contesté.

Oí un gruñido cómico de Rafe procedente del salón (era evidente que había jugado mal su baza) y los demás estallaron en risotadas.

– Capullo -decía Rafe, pero también se reía-, ¡eres un zorro! Caigo siempre en tu trampa…

Sam es un interrogador excelente. Si había que sacarle algo a Naylor, no me cabía duda de que lo conseguiría.

– Podría ser el final -aventuró Sam, con un deje de esperanza en la voz tan intenso que me hizo estremecer-. Si juego bien mis cartas mañana, el caso podría cerrarse. Y tú regresarías a casa.

– Sí -contesté-. Suena bien. Nos vemos mañana.

– Te quiero -dijo Sam en voz baja justo antes de colgar.

Permanecí allí de pie, en el frío recibidor, durante un largo rato, mordisqueándome la uña del pulgar y escuchando los ruidos procedentes del salón: voces y chasquidos de cartas, el tintineo del cristal y el crepitar y los silbidos del fuego; luego regresé adentro.

– ¿Quién era? -preguntó Daniel, alzando la vista de sus cartas.

– Ese detective -le contesté-. Quiere que acuda a la comisaría mañana.

– ¿Cuál de ellos?

– El rubio guapo. O'Neill.

– ¿Por qué?

Todos me observaban, inmóviles como animales asustados; Abby se había detenido a medio sacar una carta de su baza.

– Han encontrado a un sospechoso -contesté, deslizándome de nuevo en mi silla-. Por lo de anoche. Van a interrogarlo mañana.

– ¿Estás de broma? -preguntó Abby-. ¿Ya?

– Venga, suéltalo ya -instó Rafe a Daniel-. Dinos: «Os lo dije». Te mueres de ganas.

Daniel no le prestó atención.

– Pero ¿por qué tú? ¿Qué pretenden?

Me encogí de hombros.

– Sólo quieren que lo vea. Y O'Neill me ha preguntado si recordaba algo más acerca de aquella noche. Creo que espera que cuando me encuentre con ese tipo cara a cara lo apunte con un dedo tembloroso y grite: «¡Ése es! ¡Ése es el hombre que me apuñaló!».

– Diría que alguien de por aquí ha visto demasiados telefilmes -apuntó Rafe.

– ¿Y qué tienes que decir a eso? -quiso saber Daniel-. ¿Has recordado algo más?

– Nada de nada -respondí.

¿Imaginaciones mías o la tensión del ambiente se había esfumado de repente? Abby cambió de opinión acerca de su jugada, volvió a meter la carta en su sitio y sacó otra; Justin alargó la mano para agarrar la botella de vino.

– Quizá contrate a alguien para hipnotizarme. ¿Eso se hace en la vida real?

– Dile que te programe para hacer algo de provecho de vez en cuando -bromeó Rafe.

– Ja, ja, ja. ¿Crees que podría? Podría pedirle que me programara para acabar mi tesis antes.

– Posiblemente sí podría, pero dudo mucho que lo hiciera -respondió Daniel-. No estoy seguro de que las pruebas obtenidas bajo los efectos de la hipnosis sean admisibles ante un tribunal. ¿Dónde vas a reunirte con O'Neill?

– En su despacho -contesté-. Me habría encantado convencerlo de que se tomase una pinta conmigo en el Brogan, pero no creo que hubiera picado.

– Pensaba que odiabas el Brogan -replicó Daniel sorprendido.

Estaba a punto de abrir la boca para retirar lo dicho («Y es que lo odio. Lo decía en broma…»). No fue Daniel quien me salvó: me miraba por encima de sus cartas, sin pestañear, con aire sabiondo, sereno. Fue el desconcierto reflejado en la ligera caída de cejas de Justin, la inclinación de la cabeza de Abby: no tenían ni idea de qué hablaba Daniel. Algo no encajaba.