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Se arregló el nudo de la corbata y desapareció.

– ¿Tu novio acaba de insultar mi honor? -quiso saber Frank tan pronto como la puerta de la sala de observación se hubo cerrado a espaldas de Sam.

– Puedes desafiarlo a un duelo, si te apetece -repliqué.

– Yo juego limpio. Y tú lo sabes.

– Todos lo hacemos -añadí-. Simplemente tenemos un concepto distinto de lo que significa «jugar limpio». Y Sam no está seguro de que tu noción encaje del todo con la suya.

– Bueno, no nos compraremos una propiedad a medias -replicó Frank-. Sobreviviré. ¿Qué opinas tú de mi pequeña teoría?

Yo observaba a Naylor a través del cristal, pero notaba los ojos de Frank clavados en mi perfil.

– Aún no sé qué decir -contesté-. No he visto lo bastante a este tipo como para haberme formado una opinión.

– Pero sí has visto mucha parte de la vida de Lexie; de segunda mano, es cierto, pero aun así sabes tanto de ella como el que más. ¿Crees que sería capaz de algo como eso?

Me encogí de hombros.

– ¿Quién sabe? Lo único que sabemos de esta chica es que nadie sabe de lo que era capaz.

– Hace un momento estabas jugando tus cartas con demasiado secretismo. No es propio de ti mantener la boca cerrada tanto tiempo, al menos no cuando se supone que debes tener una opinión, en un sentido u otro. Me gustaría saber de qué parte podrías ponerte si tu chico sale de esa sala con las manos vacías y tenemos que retomar la discusión.

La puerta de la sala de interrogatorios se abrió y Sam entró haciendo malabarismos con dos tazas de té. Parecía completamente despierto, casi desenfadado: la fatiga se evapora en el preciso instante en que te encuentras cara a cara con un sospechoso.

– Chissss -siseé-. Quiero ver esto.

Sam tomó asiento, emitió un gruñido de comodidad y le deslizó una de las tazas a Naylor, que estaba sentado frente a él.

– Veamos -empezó a decir; su acento rural se había intensificado como por arte de magia: éramos nosotros contra esos urbanitas-. Acabo de enviar al detective Mackey a ocuparse del papeleo. Lo único que hacía era molestarnos.

Naylor dejó de cantar y adoptó una actitud pensativa.

– No me gusta su comportamiento -aclaró Naylor al fin.

Vi la comisura del labio de Sam moverse.

– A mí tampoco. Pero no nos queda otro remedio que aguantarnos.

Frank rió por lo bajini, junto a mí, y se acercó más al vidrio. Naylor se encogió de hombros.

– Usted quizá sí. Yo no. Mientras él esté presente no hablaré.

– Estupendo -comentó Sam a la ligera-. Pues ahora ya se ha ido; pero no le pido que hable, le pido que me escuche. Me han contado que hace mucho tiempo sucedió algo en Glenskehy. Desde mi punto de vista, explicaría muchas cosas. Sólo necesito que me cuente la verdad.

Naylor lo miró con recelo, pero no reanudó su pequeño concierto.

– Veamos -continuó Sam, y le dio un sorbite a su té-. Hubo una joven de Glenskehy, alrededor de la Primera Guerra Mundial…

La historia que narró era una mezcla delicada de lo que él mismo había descubierto en Rathowen, de lo que yo había extraído de la obra maestra del tío Simon y de un relato protagonizado por Lillian Gish. Se entretuvo en todos los detalles: el padre de la joven la había echado de casa y la muchacha se halló mendigando por las calles de Glenskehy, los lugareños le escupían al pasar por su lado, los niños le tiraban piedras… Y lo coronó todo con una leve insinuación de que la muchacha había sido objeto de un linchamiento por parte de una muchedumbre enfurecida de conciudadanos. La banda sonora de aquella película sin duda incluía un destacable fragmento de cuerda.

Para cuando concluyó con su culebrón, Naylor volvía a mecerse en la silla y lo observaba con una mirada glacial de desprecio.

– ¡Pero ¿de dónde ha sacado ese cuento?! -preguntó alarmado-. ¡Eso es mentira! ¡Es la mayor gilipollez que he oído en mi vida! ¿Quién le ha contado eso?

Sam se encogió de hombros y contestó:

– Es lo único que he logrado averiguar hasta el momento. Y a menos que alguien me saque de mi error, no me queda más remedio que creérmelo.

La silla crujía, un ruido monótono y enervante.

– Dígame, detective -lo invitó Naylor-, ¿qué interés siente usted por la gente de por aquí y nuestras viejas historias? En Glenskehy somos personas normales, ¿sabe? No estamos acostumbrados a captar la atención de hombres importantes como usted.

– Eso es todo lo que nos ha dicho hasta ahora, en el coche -me explicó Frank, mientras se ponía cómodo apoyando un hombro en el marco de la ventana-. Nuestro tipo sufre una ligera manía persecutoria.

– Chissss.

– Ha habido un pequeño incidente en Whitethorn House -indicó Sam-. Estoy seguro de que ya está al corriente de ello. Se nos ha informado de que entre la casa y los habitantes de Glenskehy hay malas vibraciones. Necesito conocer exactamente los hechos para determinar si existe o no alguna vinculación.

Naylor soltó una carcajada tosca y sin humor.

– Malas vibraciones -repitió-. Supongo que puede llamárselo así, sí. ¿Es eso lo que le han explicado los de la casa?

Sam se encogió de hombros.

– Se han limitado a decirnos que no los recibieron bien en el pub. Posiblemente no deberían haber ido, eso es cierto, puesto que no son de por aquí.

– ¡Qué suerte tienen! Se arma un poco de barullo y surgen detectives de debajo de las piedras. ¿Dónde están ustedes cuando somos los lugareños quienes tenemos problemas? ¿Dónde estaban cuando colgaron a aquella joven? Se dedicaron a archivarlo como un suicidio y regresar al pub.

Sam arqueó las cejas.

– ¿Acaso no fue un suicidio?

Naylor lo observó atentamente; sus ojos hinchados y semicerrados conferían a su mirada un aspecto torvo, peligroso.

– ¿De verdad quiere saber lo que ocurrió?

Sam hizo un leve gesto con una mano, indicando un: «Le escucho». Transcurrido un momento, Naylor apoyó las patas delanteras de la silla, alargó los brazos y entrelazó las manos alrededor de la taza: uñas rotas, costras oscuras en los nudillos.

– Aquella joven trabajaba como criada en la casa -narró-. Y uno de los muchachos de allí, uno de los March, se encaprichó con ella. Quizá fuera lo bastante boba para creer que él se casaría con ella, o quizá no pero, fuera como fuese, se metió en un lío. -Miró a Sam con ojos de ave de rapiña hasta cerciorarse de que lo entendía-. Nadie la echó de casa. Apostaría lo que fuera a que su padre tuvo un ataque de cólera y pensó en tenderle una emboscada al joven March en los caminos una noche cerrada, pero habría sido una locura ejecutar aquel plan. Una insensatez. Aquello ocurrió antes de la independencia, ¿entiende? Todo Glenskehy pertenecía a los March. Fuera quien fuese esa muchacha, eran los propietarios de la casa de su padre; una palabra fuera de lugar y toda su familia habría quedado en la calle. Así que no hizo nada.

– Supongo que no debió de resultarle fácil -apuntó Sam.

– Más fácil de lo que usted cree. La mayoría de las personas sólo tenían los tratos justos y necesarios con Whitethorn House. Tenía mala reputación. Es por el árbol encantado, ¿entiende? -Sonrió a Sam, con una sonrisa ambigua-. Aún hay gente que no se atrevería a caminar bajo un espino de noche, aunque no sabrían explicarle por qué. Ahora sólo quedan resquicios, pero entonces la superstición estaba a la orden del día. La causa era la oscuridad: no había electricidad y en las largas noches de invierno uno podía ver lo que se le antojase entre las sombras. Muchos creían que los habitantes de Whitethorn House tenían tratos con las hadas, o con el diablo, en función de cada cual. -De nuevo esa sonrisa fría, rápida y chueca-. ¿Qué opina usted, detective? ¿Cree que todos éramos locos asilvestrados por aquel entonces?