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– Bien, aún te quedan seis semanas, y después de todo lo que me has contado, sería un alivio para mí deshacerme de O'Flynn antes de asumir el mando. Vamos a ver si encontramos una solución para nuestros problemas.

– Accedería a todo, salvo al asesinato, y no creas que no me ha pasado por la cabeza.

Jim Hogan rió y consultó su reloj.

– He de volver a Belfast.

El viejo jefe asintió, vació su Guinnes y acompañó a su colega hasta el aparcamiento, situado en la parte posterior del pub. Hogan no volvió a hablar hasta que estuvo sentado tras el volante de su coche. Encendió el motor y bajó la ventanilla.

– ¿Vas a celebrar una fiesta de despedida?

– Sí -dijo el jefe-. El sábado antes de jubilarme. ¿Por qué lo preguntas?

– Porque siempre he opinado que una fiesta de despedida es una excelente ocasión para echar pelillos a la mar -contestó Jim, sin más explicaciones.

El jefe puso una expresión de perplejidad, mientras Jim salía del aparcamiento, giraba a la derecha y se dirigía al norte, hacia Belfast.

Eamonn O'Flynn se quedó sorprendido cuando recibió la invitación, pues no había esperado constar en la lista de invitados del jefe de policía.

Maggie estudió la tarjeta repujada en que se les invitaba a la fiesta de despedida del jefe Gibson en el Queen's Arms de Ballyroney.

– ¿Vas a aceptar? -preguntó la mujer.

– No sé para qué -contestó Eamonn-, considerando que ese viejo bastardo ha pasado los seis últimos años intentando meterme entre rejas.

– Tal vez es su forma de enterrar el hacha de guerra -sugirió Maggie.

– Sí, en mitad de mi espalda, diría yo. En cualquier caso, no querrás que te vean entre esa gente.

– Por una vez, te equivocas -dijo Maggie.

– ¿Por qué?

– Porque me divertiría ver las caras de las esposas de esos concejales, por no hablar de los agentes de policía, con quienes me he encamado.

– Pero podría ser una trampa.

– No se me ocurre por qué -repuso Maggie-, cuando sabemos con toda seguridad que los del sur no nos darán problemas, y todos los que puedan del norte acudirán a la fiesta.

– Lo cual no les impediría irrumpir en casa mientras estábamos fuera.

– Se llevarían una gran decepción -dijo Maggie-, cuando descubrieran que al personal se le había concedido la noche libre, y no había nadie más en la casa que dos ciudadanos decentes y respetuosos de la ley.

Eamonn siguió escéptico, y hasta que Maggie llegó de Dublín con un vestido nuevo, con el que quería que todo el mundo la viera, no se rindió y accedió a acompañarla a la fiesta.

– Pero no nos quedaremos más de una hora, y es mi última palabra sobre el tema -la advirtió.

Cuando salieron de casa la noche de la fiesta, Eamonn comprobó que todas las ventanas y puertas estaban cerradas con llave y luego conectó la alarma. Después, condujo el coche poco a poco por el perímetro de la propiedad y advirtió a todos los guardias de que estuvieran especialmente atentos, y le llamaran al móvil si veían algo sospechoso, fuera lo que fuera.

Maggie, que se estaba retocando el pelo en el espejo retrovisor, le dijo que si se demoraba más llegarían cuando la fiesta ya hubiera terminado.

Cuando entraron en el salón de baile del Queen's Arms media hora más tarde, Billy Gibson pareció muy complacido de verlos, lo cual acrecentó todavía más las sospechas de Eamonn.

– Creo que aún no conoces a mi sucesor -dijo el jefe, antes de presentar a Eamonn y Maggie a Jim Hogan-. Pero estoy seguro de que ya conoces su reputación.

Eamonn conocía demasiado bien su reputación y quiso volver a casa de inmediato, pero alguien dejó en su mano una pinta de Guinnes, y un joven agente preguntó a Maggie si quería bailar.

Mientras ella bailaba, Eamonn paseó la vista por la sala, por si veía a algún conocido. Demasiados, concluyó, y pensó que sería incapaz de esperar a que pasara una hora para volver a casa. Pero entonces sus ojos se posaron en Mick Burke, un carterista local que estaba sirviendo detrás de la barra. Eamonn se quedó sorprendido de que, con el historial de Mick, le hubieran dejado entrar. Bien, al menos había encontrado a alguien con quien charlar.

Cuando la orquesta dejó de tocar, Maggie se sumó a la cola de la comida y llenó un plato con salmón y patatas nuevas. Se lo entregó a Eamonn, quien por unos minutos casi dio la impresión de estar divirtiéndose. Después de un segundo plato, empezó a intercambiar anécdotas con uno o dos miembros de la Garda, que parecían pendientes de todas sus palabras.

Pero en cuanto Eamonn oyó que daban las once en el reloj de la sala de baile, tuvo ganas de escapar.

– Ni siquiera Cenicienta se fue del baile antes de las doce -le dijo Maggie-. En cualquier caso, sería una grosería marcharse justo cuando el jefe está a punto de pronunciar su discurso de despedida.

El maestro de ceremonias golpeó con su mazo y pidió silencio. Una cálida salva de aplausos recibió a Billy Gibson cuando se adelantó para situarse ante el micrófono. Dejó su discurso sobre el atril y sonrió a los congregados.

– Amigos míos -empezó-, por no hablar de uno o dos contrincantes. -Levantó su copa en dirección a Eamonn, satisfecho al ver que aún seguía entre ellos-. Comparezco ante vosotros esta noche con el corazón dolorido, consciente de lo mucho que os debo a todos. -Hizo una pausa-. Y me refiero a todos sin excepción.

Vítores y aplausos siguieron a estos comentarios, y Maggie se alegró al ver que Eamonn se unía a las carcajadas.

– Recuerdo bien el día que entré en el cuerpo. En aquellos tiempos, las cosas estaban muy duras.

Siguieron más vítores y silbidos estridentes de los más jóvenes. El tumulto se desvaneció cuando el jefe continuó su discurso, pues nadie deseaba negarle la oportunidad de rememorar viejas anécdotas en su fiesta de despedida.

Eamonn aún estaba lo bastante sobrio para observar al joven agente que entraba en la sala, con una expresión angustiada en la cara. Se encaminó a toda prisa hacia el escenario, y aunque no se sintió capaz de interrumpir el discurso de Billy, obedeció las instrucciones del señor Hogan y dejó una nota en mitad del atril.

Eamonn buscó el móvil de inmediato, pero no lo encontró en ninguno de sus bolsillos. Habría jurado que lo llevaba encima al llegar.

– Cuando a medianoche entregue mi placa… -dijo Billy, mientras bajaba la vista hacia su discurso y veía la nota que le habían dejado delante. Hizo una pausa y se ajustó las gafas, como si intentara calibrar el significado del mensaje. Después, frunció el ceño y miró a sus invitados-. Debo pediros disculpas, amigos míos, pero parece que se ha producido un incidente en la frontera que requiere mi atención personal. No me queda otro remedio que irme ahora mismo, y pido a todos los oficiales que se reúnan conmigo afuera. Espero que nuestros invitados continúen disfrutando de la fiesta, con la seguridad de que volveremos en cuanto hayamos solucionado el problemilla.

Solo una persona llegó a la puerta antes que el jefe, y ya estaba saliendo del aparcamiento antes de que Maggie se diera cuenta de que había abandonado la sala. Sin embargo, el jefe, con la sirena a toda pastilla, todavía consiguió adelantar a Eamonn cuando faltaban tres kilómetros para la frontera.

– ¿Le hago parar por exceso de velocidad? -preguntó el chófer del jefe.

– No, mejor que no -dijo Billy Gibson-. ¿De qué serviría toda esta representación si el actor principal no pudiera hacer su entrada gloriosa?

Cuando Eamonn frenó su coche en el límite de su propiedad, unos minutos después, la encontró rodeada por una gruesa cinta azul y blanca que anunciaba: PELIGRO. NO ENTRAR.