Nos sentaron juntos durante la comida. Elijah hablaba un español correcto pero difícil, de vocales torcidas y consonantes que parecían atravesársele en la lengua. Aquellos errores de pronunciación debían de ser hijos de su primera infancia africana y del tiempo pasado junto al señor West, cuyo castellano estaba fabulosamente trufado de meteduras de pata. El que mi amigo recién estrenado fuese capaz de hablar mi idioma con tan fantástica incorrección era un elemento más de su atractivo. En su lenguaje percudido, Elijah me contó que vivía en una casa con jardín, que tenía un caballo de madera y que estaba aprendiendo a nadar, y también que no iba al colegio, sino que se educaba con un profesor particular que le daba clase a domicilio. En el transcurso de aquel almuerzo (compuesto, aún me acuerdo, de langostinos rebozados, vieiras al horno, suprema de lubina y Chateaubriand), Elijah me hizo un retrato pormenorizado de su existencia al lado de Zachary West, pero no me habló de su pasado en Nigeria como yo hubiera querido, posiblemente porque ya no se acordaba de que había habido para él otra vida bien distinta a la que llevaba ahora. En cuanto a mí, le hablé de mi familia, de los insoportables lloros nocturnos de mi hermano Efraín, de mis maestros en el colegio de la Compañía de María y de mi pericia como jugador de canicas, que pareció impresionarle mucho, pues aseguraba ser un perfecto inútil en la materia, lo cual dificultaba enormemente sus relaciones sociales.
Cuando llegó la tarta del postre (un prodigio de repostería de cinco pisos de altura, con hojaldre liviano, crema pastelera y chantilly blanco como la nieve), tanto Elijah como yo estábamos secretamente convencidos de que nuestra amistad tendría que continuar por encima de las coordenadas del tiempo y el espacio. Faltaban sólo unos días para que él se marchara de Ribanova, y los utilizamos para afianzar nuestro primer encuentro ante tazones de chocolate con picatostes en el Salón de los Espejos del hotel Almirante, paseos por el parque de Rosalía y largas sesiones doctrinales en las que en vano intenté enseñar a Elijah los rudimentos del juego de las canicas: tal como me había advertido, era una completa nulidad. Quizá para compensar su torpeza y agradecer mi magisterio con las bolitas de colores, Elijah se empeñó en darme clases de inglés que, a decir de su padrastro West, era el idioma del futuro. Así que de vez en cuando Elijah se dirigía a mí en una jerigonza incomprensible. Pero, para mi sorpresa, aquellas palabras en clave empezaron a cobrar sentido, y cuando Elijah decía «ball» señalando una canica, «water», cuando bebíamos el agua de las fuentes del parque y «duck» al señalar a los patos del estanque, yo no necesitaba más explicaciones. Aquel niño fue el primer y mejor profesor de idiomas que tuve en mi vida.
¿Ves? Éste es el retrato del bautizo. El montón de carne que mi madre llevaba en brazos era mi hermano Efraín. Mi padre es el del bigote y el sombrero canotier. Los otros son mis tíos y mis abuelos. Y ese hombre alto, rubio y de sonrisa radiante era Zachary West. Obviamente, Elijah es el niño que está a mi lado, agarrando mi mano y mirando hacia la cámara con un aplomo impropio de sus ocho años recién cumplidos. Siempre tuve la sensación de que, en ese mismo momento, Elijah West había empezado a desafiar al destino.
El señor West y su hijastro volvieron a Ribanova en los primeros días de septiembre. Yo había pasado el verano en un hotel familiar de Caldas de Reyes, donde mis abuelos tomaban los baños y mis padres hacían vida social con un puñado de amigos. Efraín había engordado y estaba más llorón que nunca, pero yo había terminado por acostumbrarme a su presencia y ya no me molestaba tanto compartir con él mi casa y mi familia. Los días en Caldas habían sido largos y aburridos. En el hotel no había muchos niños de mi edad, y los tres o cuatro huéspedes que se contaban entre mis contemporáneos se me antojaban estúpidos y pretenciosos, así que pasé el verano prácticamente solo. Lo mejor de aquellas semanas fueron las larguísimas cartas que Elijah West me hacía llegar desde cada una de las etapas de su fascinante periplo vacacional. Mientras yo me consumía de aburrimiento en un balneario del norte, mi nuevo amigo había estado con su padrastro en París, Viena y Praga, protegidos ambos por el pasaporte diplomático del señor West, que les abría las puertas de las embajadas centro-europeas y también, supongo, las de la vida excitante que Elijah me describía prolijamente en aquellas cartas escritas en su mal español. Elijah hablaba de museos, de jardines, de palacios, hablaba de restaurantes de lujo y de porteros con librea, de chóferes de uniforme y de paseos a caballo, y por eso sus cartas eran tan interesantes como una novela de aventuras, mientras las que yo le enviaba no pasaban de ser simples telegramas que describían un veraneo más bien vulgar con el telón de fondo de las llantinas de Efraín y el ruido de la pelota en la cancha de tenis. Cuando en una de sus últimas cartas Elijah me informó de la intención de su padre de volver a Ribanova a principios de septiembre, pensé que la inminencia de la visita de mi amigo iba a servir para ayudarme a soportar el tedio mortal de las últimas tardes del verano.
Los West arribaron a Ribanova cinco días después de nuestro regreso de Caldas. Se instalaron, como siempre, en el hotel Almirante, y desde allí Zachary West nos envió una nota en la que nos hacía partícipes de su llegada a la ciudad y manifestaba su intención de visitarnos para ver a su ahijado cuando mis padres lo estimasen conveniente. Dos días después, Zachary West y su hijastro acudían a mi casa para compartir con nosotros el almuerzo dominical. Llegaron cargados de regalos para todos. Mi madre recibió un sombrero de madame Reboux, que hacía furor entre las parisinas elegantes; mi padre, una corbata de seda y unos gemelos de plata; para Efraín, dos faldones de batista, y para mí un tren de juguete que Elijah había elegido en una tienda de Viena. Creo que la generosidad de Zachary West nos abrumaba un poco a todos pero ¿a quién no le gusta recibir presentes? Así que, tras las protestas de rigor y los consabidos «no tendría que haberse molestado», mis padres debieron de decirse que en buena hora habían elegido a un caballero tan generoso como padrino de su hijo menor. Aquel día, después de la comida, Zachary West y mi padre se pusieron de acuerdo para tutearse.
– Después de todo -había dicho el americano- ahora somos casi familia.
A partir de entonces, mi relación con Elijah se hizo más estrecha. Mi amigo comía con nosotros un par de veces por semana, y por las tardes, cuando salía del colegio, era yo quien le visitaba en el hotel Almirante. Para nuestra satisfacción, Zachary West no manifestaba prisa alguna por regresar a Madrid, y yo empezaba a acostumbrarme a la presencia de Elijah cuando, una tarde, el señor West entró en la habitación en donde estábamos enfrascados en un juego de construcciones. La puerta se abrió de una forma tan violenta que media docena de piezas de madera sostenidas en precario equilibrio se precipitaron al suelo, pero el padrastro de Elijah pareció no darse cuenta.
– Elijah, we must come back. Hurry up. We leave tonight.
Y, ante la desolación que se dibujó en el rostro oscuro de mi amigo, añadió al marcharse:
– I'm so sorry.
Ayudé a Elijah a recoger los juegos y a hacer su maleta. Creo que nunca había visto a nadie tan triste como a aquel niño que doblaba su ropa con la maestría de quien está acostumbrado a hacerlo continuamente.
– ¿Por qué os vais? -me atreví a preguntarle al fin. Él se encogió de hombros.
– No sé muy bien. Es por mi padre, por el trabajo. Siempre se está marchando. Le llaman, y se tiene que ir así, muy deprisa.
– Y a ti ¿no te importa?
Elijah volvió a componer un gesto resignado.
– I'm used to.
No sé por qué no contestó en castellano, pero, para mi sorpresa, entendí perfectamente lo que me había dicho. Elijah me hablaba muchas veces en inglés, y aunque no siempre comprendía sus parrafadas, poco a poco iba aprendiendo una lengua que entonces no estaba de moda: todo el mundo quería estudiar francés, que era el idioma de la poesía, de la diplomacia y del amor.