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Esa paz que da el desconocimiento ajeno me fue de gran ayuda el día que murió mi madre. Aquella mañana de marzo, la casa de mi hermana se convirtió por unas horas en una especie de sucursal de cualquier manicomio. Si el dolor no hubiese llenado entonces hasta los más pequeños rincones de nuestros sentidos, creo que la escena hubiera podido resultar digna de un vodevil. Porque, cuando llegaron los servicios de emergencia y certificaron la muerte de mi madre, nos explicaron que, al no haberse producido el fallecimiento en un hospital, era necesario llamar a la policía. Así que ahí lo tenéis: un piso de poco más de cien metros cuadrados donde había un médico, una enfermera, un camillero y dos policías de uniforme, aparte de un bebé que acababa de despertarse, cuatro adultos anonadados por lo que estaba ocurriendo y, cómo no, un cadáver, pero no un cadáver cualquiera: el de mi madre. Enseguida aparecieron algunos allegados (mi tía, mi prima) con la encomiable intención de ayudarnos en todo lo posible, de compartir nuestra tristeza. Y de compadecernos, por supuesto. No podría ser de otro modo. Eran seres generosos, que nos amaban, que amaban a mi madre, que también se sentían heridos por su pérdida y por nuestro desconsuelo. Otras veces había sido yo quien había secado las lágrimas de otros, prodigado abrazos, transmitido serenidad y afecto. Esas cosas se me dan bien. Pero aquella mañana descubrí que no soportaba ser objeto de tantas atenciones. Que no quería que me consolaran. Que necesitaba manejar a mi aire todo lo que estaba sintiendo, porque no hay nada tan personal como el dolor, nada tan inmune a la buena intención ajena. Frente al dolor siempre estamos solos, y es necesario aprender a administrar esa sensación.

La casa estaba llena de gente y de lágrimas. Y entonces, en medio de aquel escenario demencial donde, al menos para la burocracia de la ley, éramos sospechosos de haber asesinado a mi madre hasta que un forense certificara lo contrario, mi hermana se dio cuenta de que la niña tenía que comer y que no había en la casa ni un solo potito. Así que me ofrecí a buscar una farmacia de guardia, pues para colmo de males estábamos en domingo. En domingo de Pascua, para ser más exactos. Todo Madrid flotaba, pues, en el limbo particular de los días festivos.

Era una preciosa mañana de marzo. Descubrí las primeras flores tiernas apuntando en las ramas de los árboles, y hasta me pareció que podía oler su perfume dulzón. Atravesé un parque donde jugaba todo un ejército de niños, hartos de tantos días de reclusión a causa del mal tiempo. En los bancos había padres leyendo el periódico, parejas besándose, jubilados matando el tiempo de su eterno domingo. Me crucé con una adolescente esbelta que patinaba con los brazos abiertos como si tuviese alas, con un niño gordito a quien su padre enseñaba a montar en bicicleta, con una pareja de ancianos que regresaban de la procesión del Domingo de Ramos llevando en la mano, en una escena de otra época, las palmas bendecidas de la Semana Santa. No había nada a mi alrededor que pudiera considerarse deprimente o luctuoso: al contrario, el ambiente que se respiraba en la calle era casi festivo y, en general, tímidamente feliz. El mundo seguía existiendo al margen de mi pena. La vida común me ignoraba y transcurría al ritmo habitual.

Siempre pensé que, en medio de la desdicha, la alegría ajena podía considerarse como un insulto. Pero no es así. La normalidad del entorno era como una especie de bálsamo para las heridas que sangraban en mi interior, un soplo de paz para la conmoción que acababa de sacudir mi vida. Hice un extraño ejercicio de imaginación e intenté ver toda la realidad en su conjunto, conmigo dentro, preguntándome si había algo en mí que desentonara en aquel escenario apacible de una mañana de marzo. Pero no lo había. Allí estaba yo, con mi desdicha, rodeada de niños que jugaban, de hombres y mujeres, y ancianos perezosos, y muchachas ligeras de pies, y chicos de voz aflautada por la pubertad que se llamaban unos a otros. Qué alivio, qué infinito alivio, pensé al caer en la cuenta de que todas aquellas personas ignoraban el tamaño de mi dolor. Nadie me compadecía, nadie se fijaba en mí ni observaba mis reacciones. Yo era un elemento más de la amable mañana de primavera, una pieza que no contribuía a hacer mejor la escena, ni tampoco a empeorarla. Una pieza perfectamente prescindible, pero no necesariamente indeseable.

Para participar del juego, compré los periódicos en el quiosco, y durante un segundo me sentí como en un domingo cualquiera. El que me viese pensaría que la lentitud de mis pasos estaba provocada por la indolencia del fin de semana, por la falta de prisa dictada por los días festivos. Una mujer que camina despacio tras comprar la prensa, bajo el primer sol del año. Ésa era yo para los demás. Nadie especial, nadie distinto, nadie digno de conmiseración. El quiosquero me había dado el cambio con una indiferencia absoluta, libre de atención y de vestigios de lástima. La mujer de la farmacia que me vendió los potitos debió de confundirme con una madre poco previsora. El conductor que se detuvo en un paso de cebra no lo hizo por compasión hacia mi condición de huérfana reciente sino probablemente por dar ejemplo a sus dos hijos, que disfrutaban del domingo en el asiento de atrás. Y el niño del monopatín que estuvo a punto de destrozarme un tobillo al pasar junto a mí me sacó la lengua con una fiereza que no hubiera utilizado, a buen seguro, de saber que mi madre acababa de morirse. Recorrí el camino a casa con los periódicos bajo el brazo, llevando en la mano la bolsa de la farmacia, una tristeza intensísima en el corazón y, en la cabeza, la seguridad de que la vida estaba esperando mi regreso.

Me había entretenido tanto junto a Silvio que llegué a mi apartamento bastante tarde. Aquella noche tenía una cita con unos amigos, y me quedaba el tiempo justo para darme una ducha rápida. Con el albornoz puesto consulté el correo electrónico. Había cuatro mensajes: una oferta de vuelos baratos de un buscador que utilizo a menudo, el acuse de recibo de una factura que había enviado, una nota de la editorial preguntándome cómo iban los dibujos (que era una forma de decir «te estás retrasando más de lo debido») y un texto que me enviaba Elena desde Nueva York:

Ceci querida, espero que todo vaya bien con el abuelo. A veces me remuerde la conciencia por haberte echado el muerto encima, pero cada vez que mi madre empieza a dar la murga con el asunto de que Silvio está solo en Madrid, le recuerdo que tú estás yendo a verle y se queda más tranquila. Los niños están muy contentos con su abuela aquí y mi madre dedica todo el tiempo libre a maleducarlos, cuando se marche me va a costar meses volver a reconducirlos. Por cierto, Eliza me dice que te mande besos y más besos y que te pregunte cuándo vas a venir.

Mi padre está bien, bueno, bien a medias, pero por lo menos no está mal. Esta semana va a pasarse tres días ingresado en el hospital porque tienen que aislarlo completamente para hacerle unas pruebas. El médico asegura que no es nada importante, aunque digo yo que si no es importante no sé para qué le tienen que aislar al pobre. Peter dice que no me meta porque los médicos saben lo que tienen que hacer, pero yo no las tengo todas conmigo.

Te echo de menos.

Elena