Normalmente contesto de inmediato a los correos de Elena. Esta vez no lo hice: hubiera tenido que hacer referencia concreta a sus recelos sobre la clase médica, y para tranquilizarla al respecto me hubiese visto obligada a mentir. Porque los médicos no son infalibles. A veces cometen errores. Errores tremendos e irremediables. A mi madre, uno de esos errores la privó de algunos meses de vida. Cuántos, no lo sé. Pero aunque hubiese acortado su final sólo unas cuantas horas, tendría motivos para detestar de por vida al matasanos que confundió una metástasis ósea con una ciática severa. Porque eso fue lo que le ocurrió a mi madre: en lugar de una terapia contra el cáncer, durante cinco meses recibió tratamiento para un problema de huesos. El cretino que ni siquiera le hizo un análisis de sangre le prescribió antiinflamatorios, aspirinas y unas sesiones de rehabilitación que la dejaban agotada de cansancio y de dolor. El muy insensato tardó semanas en solicitar una resonancia magnética, y ni siquiera lo hizo por el procedimiento de urgencia: total, ya se sabía lo que era aquello, el ataque de ciática de una postmenopáusica quejica que se inventaba excusas para no hacer los ejercicios y lloriqueaba con los estiramientos. Nada que mereciera la pena tomarse en serio. Así que mi madre perdió cinco meses preciosos que el cáncer aprovechó para seguir disparándose.
Siempre me he preguntado si el médico de mi madre sintió algún remordimiento a causa de su ineptitud, si alguna vez se reprochó su falta de rigor, su dejadez, su incompetencia. Y algo me dice que no. A pesar de que conocía a mis padres, jamás nos llamó para preguntar cómo iban las cosas, ni tampoco lamentó ante nosotros el haberse equivocado en su diagnóstico de forma tan evidente. Por eso creo que aquel médico se limitó a anotar su equivocación en el mismo cuaderno imaginario en el que apuntaba todas sus chapuzas, y donde supongo que se mezclan, sin orden ni concierto, escayolas retiradas antes de tiempo, vendajes mal colocados, fisuras ignoradas y la muerte de una mujer que debía estar viva. Todo el mundo se equivoca, debió de decirse, es lamentable pero sucede. Y nadie podría llevarle la contraria. Yo me equivoqué con el código de colores en una ilustración, y si el impresor no llega a darse cuenta, el dios Júpiter hubiese tenido la cara verde en la portada de un libro. Mi error hubiese llevado a confundir a una deidad griega con el increíble Hulk. Cualquiera puede equivocarse, me dijo el editor mientras arreglaba el desaguisado. Claro que sí. Hasta los doctores lo hacen. Y no pasa nada. Un gazapo, una chapuza, un descuido sin mala intención. A veces pienso que los médicos deben ser extraordinariamente indulgentes consigo mismos, pues a diferencia de los de los demás, sus errores acaban siempre bajo tierra.
Contesté al correo de Elena sin hacer mención a sus temores sobre la posible torpeza de los doctores de Manhattan:
Querida:
Di a tu madre que no tiene que preocuparse, que Silvio está estupendamente y que Lucinda se ocupa de la organización de la casa con más rigor que un coronel de artillería. Hoy he ido por allí, y volveré el lunes.
Abrazos para ti y para tus padres. Da un beso a los niños de mi parte, y dile a Eliza que la próxima vez que vaya a vuestra casa le llevaré un regalo tan bonito, tan bonito, que ni siquiera se lo puede imaginar.
Cecilia
Hacía un par de semanas que le había comprado a la pequeña Eliza un disfraz de mariposa, con alas transparentes y unas antenas de colores que se colocan como una diadema. Le va a gustar. Supongo que a los niños les sigue encantando disfrazarse. Y, después de todo ¿qué se le puede comprar a una pequeña neoyorquina hija de un médico rico que ya debe de estar de vuelta de cualquier cosa? De hecho, en esta época es difícil hacer regalos a los niños; a partir de cierta edad, no les ilusiona casi nada, a pesar de que los juguetes que hay en las tiendas son cada vez más bonitos y más perfectos. Cuando nosotros éramos pequeños sólo había media docena de muñecos con la cabeza grande y dura, algunos juegos de mesa y las construcciones de toda la vida que, por cierto, me parecían de lo más entretenido. Ahora, cada juguetería es igual que una Disneylandia en pequeñito. Ojalá yo hubiera tenido todos esos juguetes. Lo más sofisticado que me regalaron fue una muñeca que se hacía pis y echaba mocos y babas, y era capaz de andar con unas piernas rígidas de víctima de la polio. En el siglo XXI, los muñecos tienen el tacto tierno de los bebés, y es difícil resistir la tentación de acunarlos como si fueran niños de verdad, con la piel tibia y olorosa a leche y a polvos de talco.
Hace unos días compré un muñeco de esos para mi sobrina, a pesar de que es demasiado pequeña para jugar con él. Siempre me ha gustado comprar cosas. Cosas para los demás, cosas para mí: un pastel de yema para mi cuñado, que adora los tocinos de cielo; fresas para mi hermana, chocolate para una amiga. Cada vez que venía mi madre, compraba para ella boquerones en vinagre y escabeche de atún. Le volvían loca los encurtidos. También le llevaba caramelos de violeta, una porción de tarta capuchina, confit de pato o aceitunas rellenas. O churros para tomar con el desayuno. Le encantaban los churros con el café con leche, y agradecía hasta el infinito el que alguien se hubiese desviado unos metros de su camino para comprarle este o aquel capricho. No había nadie en el mundo con un sentido de la gratitud tan desmesurado. Le llevabas una bolsita de aceitunas con anchoa y era como si hubieses aparecido en casa con el tesoro de Alí Baba.
Por eso siempre estaba buscando cosas para comprarle. No era por ella, sino por mí, porque me encantaba disfrutar de su reconocimiento. Y aún ahora, cuando hace medio año que murió, me sorprendo a mí misma asomada a la sección de conservas de El Corte Inglés para seleccionar el próximo obsequio. Es sólo un segundo, claro. Enseguida vuelvo a la vida real, y ya no puedo ser una hija que compra regalitos a su madre para recibir de ella todo aquel torrente de satisfacción que era como un aliento de vida. La última cosa que le compré fue un jersey, un jersey de color malva, de lana suave, con un poco de escote. Mi madre estaba en la cama cuando se lo llevé. Y aún así, enferma y triste, aquel jersey le encendió la mirada.
– Qué bonito. Siempre me estás trayendo cosas.
Pero no lo decía protestando, como esas personas ñoñas que se quejan cuando reciben un regalo, como si las dádivas fuesen un motivo de ofensa. Mi madre entendía lo que significaban aquellos presentes, los boquerones, los caramelos, el jersey de lana. Eran pequeñísimos, insignificantes actos de amor que ella se encargaba de llenar de sentido. Llegó a estrenar aquel jersey. Ahora lo llevo yo. Cuando me lo pongo, vuelvo a ver a mi madre y la luz de sus ojos enfermos.
El fin de semana pasó deprisa. Vi a mis amigos de siempre y nadie me preguntó por Miguel, aunque en algún momento casi todos me interrogaron con la mirada. Yo guardé silencio. Aún no había decidido qué iba a contarles. De hecho, ni siquiera estaba muy segura de los pasos que iba a dar a continuación. Seguía sin contestar al teléfono. Si había esperado tantos meses para hablar conmigo, bien podía aguardar unos cuantos días más a que yo levantase el auricular.
Pasé en casa todo el domingo, trabajando en las ilustraciones de El patito feo y comiendo galletas caducadas de una lata que había comprado en Holanda unos meses atrás. El teléfono no sonó en todo el día, y tampoco lo hizo el lunes por la mañana, ni a mediodía, cuando salí de casa para tener una reunión en la editorial.
Al volver seguía pensando en el silencio del teléfono, que me parecía incomprensible. No sé por qué había pensado que esta situación iba a durar eternamente, que Miguel podía pasar toda la vida ignorando mis silencios tercos. Había dejado de llamar, y en vez de entender como una victoria la repentina mudez del teléfono, me embargaba una especial sensación de derrota. No había sido una buena jornada. En la reunión, la editora que me había encargado las ilustraciones de los cuentos puso algunos problemas a los bocetos que le había enviado. Sus objeciones me parecieron estúpidas, y discutimos. Al llegar a casa, descubrí que me había dejado un grifo abierto, y como el desagüe del lavabo llevaba atascado un par de días, había provocado un conato de inundación. Me pasé una hora dale que te pego con la fregona, intentando ver el lado positivo del asunto: al menos, el agua no había llegado al piso de abajo. Pero resulta difícil ser optimista cuando mi casa está medio encharcada, me he peleado con mi jefa y el teléfono ya no suena.