Elijah se despertó poco después. Apareció en la cocina con la ropa arrugada y el pelo revuelto, dio los buenos días y aceptó la taza de leche y las tostadas que le ofreció mi madre. No había acabado el desayuno cuando ya él y yo habíamos recuperado nuestra antigua amistad, interrumpida durante más de tres meses. No parecía extrañado de encontrarse en mi casa, ni tampoco echar de menos a su padre ni a su vida habitual. Cuando, después de asearnos y vestirnos, mi madre nos dejó jugando juntos en la habitación en espera de la hora del almuerzo, mi amigo y yo pudimos tratar lo que estaba ocurriendo. Yo le hablé del famoso telegrama, cuyo texto recordaba sin dificultad alguna, y él reconoció que, en efecto, su padre adoptivo viajaba con cierta frecuencia.
– Pero esta vez debe de ser distinto -dijo.
– ¿Porque te han traído aquí?
Elijah frunció el ceño.
– Por eso y por otras cosas. En los últimos días, Zachary estaba preocupado. Le llamaban por teléfono muchas veces…
– ¿Tenéis un teléfono en casa?
– Sí. -Aunque yo hubiera querido que ahondara en detalles, Elijah no pareció dar mucha importancia a semejante prodigio-. Y hace tres noches alguien vino de visita más tarde de las doce. Zachary pensó que yo estaba durmiendo, pero escuché el timbre y me levanté. Era un hombre mayor, muy alto, con uniforme. Se metieron en el despacho y estuvieron allí hasta el amanecer. Al día siguiente mi padre me dijo que iba a traerme a Ribanova por unas semanas. Yo me puse contento, porque así podría verte y estar contigo. Otras veces me quedo solo en casa con los criados. Es muy aburrido.
A pesar de que aquella situación contaba con muchos elementos enigmáticos, Elijah no parecía preocupado, ni siquiera excitado. Supongo que sus ocho años de vida habían estado jalonados de acontecimientos excepcionales, de forma que su traslado a mi casa por un período de tiempo sin definir debió de parecerle un asunto menor. Aquel mismo día, durante la hora del almuerzo, mi padre le dijo a Elijah que estaba muy satisfecho de tenerle con nosotros, y que su padre volvería a buscarlo en cuanto resolviese unos asuntos que tenía pendientes en el extranjero.
– Mañana empezarás a ir a clase en el colegio de la Compañía de María. Ya he hablado con el director y está todo arreglado. No sabemos cuánto tiempo va a pasar antes de que tu padre regrese, y él no cree conveniente que pierdas el ritmo de estudio. Tu preceptor no puede trasladarse a Ribanova, de modo que es mejor que vayas al colegio. Así harás nuevos amigos, ¿eh?
Elijah asintió con docilidad, pero me di cuenta de que la perspectiva de ir a clase no parecía hacerle demasiado feliz. Su español era todavía bastante pobre, se sabía diferente y no estaba muy acostumbrado al trato con contemporáneos. Al día siguiente, cuando salimos hacia el colegio, me confesó que estaba asustado. Llevaba puesto un grueso abrigo de lana oscura y unas botas especiales para caminar por la nieve que Zachary West le había comprado en Suiza durante las últimas vacaciones. Su cartera escolar era nueva, y también sus cuadernos y sus lapiceros: estaba claro que su padre había intentado equiparlo perfectamente para la etapa escolar.
Como era de esperar, toda la clase quedó en silencio cuando Elijah ocupó el pupitre que le habían asignado. Nuestro tutor le dio la bienvenida al colegio en un tono extremadamente ceremonioso, para pedir a continuación a todos los alumnos que fuesen agradables con el recién llegado.
– Recordad que todas las criaturas de Dios somos iguales ante él, que nadie es mejor que nadie y que no debemos menospreciar a aquellos que han nacido diferentes a nosotros. ¿De acuerdo?
Elijah escuchó aquel discurso torpe e inoportuno con los ojos clavados en su cuaderno de tapas azules mientras todas las miradas convergían en él. Yo no observaba a Elijah, sino a mis compañeros, y me di cuenta de que, lejos de la figura protectora de su padre aviador, Elijah no era para ellos un ser digno de envidia, sino una criatura diferente que no pertenecía a nuestro mundo.
La primera lección del día era la de lengua española, y con ella empezaron también los problemas de Elijah, que no dominaba nuestro idioma y al ser preguntado cometió algunos errores de expresión que provocaron las risas del resto de los chicos. La expresión de mi amigo cambió al escuchar las primeras carcajadas, su mirada se hizo más sombría y su gesto más duro. Ahora creo que el señor West cometió un gran error al insistir en educar a su hijo entre las paredes protectoras de su casa, privándole así del contacto con otros niños y acentuando su conciencia de ser distinto a los demás. Elijah no sabía jugar en grupo, ignoraba los rudimentos de los deportes de equipo (él, que sabía esquiar y patinar y había ganado ya un campeonato de tenis), y era incapaz de participar de las bromas y chanzas que se intercambian a diario los compañeros de estudios. Me había demostrado varias veces que a pesar de su escaso vocabulario era un gran narrador, pero la locuacidad que demostraba en privado se desvanecía en presencia de mucha gente. Creo que jamás he visto a nadie tan despistado y tan al margen del mundo como a Elijah West en aquellos primeros días de clase.
Es justo reconocer que los chicos tampoco le pusieron las cosas demasiado fáciles. Los gallitos de la clase (tres o cuatro muchachos más altos que el resto que ejercían sin discusión su reinado sobre el aula) le condenaron al ostracismo desde el primer recreo, cuando admitió con su media lengua que jamás había jugado al fútbol. Supongo que, en el fondo, sólo estaban buscando una excusa para marginarle, y la impericia de Elijah en cuestiones deportivas les puso la disculpa en bandeja. Cuando uno se hace mayor, y sobre todo cuando la inteligencia se desarrolla de forma correcta, las cosas distintas nos atraen poderosamente. Pero, cuando uno es un niño o un completo estúpido, rechazamos sin dudar todo aquello que es diferente, y nos negamos a admitirlo en nuestras vidas por miedo a alterar aquello que consideramos bien construido. La primera vez que los chicos de Ribanova se encontraron con Elijah, vieron en él a un ser de excepción porque sólo estaba de paso en la ciudad y en sus vidas. Pero, ahora, aquel negrito desconocido había llegado para quedarse, con sus botas nuevas y su cartera de cuero, y eso no podía ser. En aquellos días tuve la amarga ocasión de descubrir la infinita crueldad de niños que habían sido mis amigos y que pretendían someter a Elijah al más pavoroso de los aislamientos en castigo a su osadía al variar, siquiera temporalmente, la rutina de todos nosotros.
¿Y yo? ¿Qué iba a hacer yo? A los ocho años, se necesita mucho valor para alinearse en contra de un grupo y a favor de un individuo enviado al destierro. Cuando se es niño uno no quiere proteger su individualidad, sino sentirse parte de un colectivo, ser aceptado por los demás, admirado y querido, igual al resto. Por eso creo que nunca fui tan valiente como en el instante en que decidí por mi cuenta que no iba a dejar solo a Elijah frente a unos niños que, hasta entonces, habían sido parte de mi mundo. Cuando aquel primer día, en el recreo, reconoció que no sabía jugar al balón, ni al marro, ni a la billarda, y se alejó sin mirarme para no poner en un brete mi lealtad hacia él, abandoné sin dudarlo el grupo de muchachos que se organizaban para pasar media hora de libertad. Aquel día no jugué con mis compañeros de clase (de hecho tardaría mucho en hacerlo de nuevo), pero puse otra piedra para hacer indestructible mi amistad con Elijah.
A pesar de sus problemas con el idioma, a Elijah le iba bien en casi todas las clases. Era muy bueno en matemáticas y en geografía, y hasta creo que aquellas lecciones le aburrían un poco, porque iba muy adelantado con respecto al resto del grupo. Deseé muchas veces que mi amigo fuese capaz de dejar de lado su timidez y sus complejos, porque desde su insólita experiencia mundana hubiese podido referir al resto de los compañeros todo un filón de anécdotas inverosímiles. Ninguno de nosotros había salido jamás al extranjero, pero Elijah conocía Londres, París y Roma, Viena y Bruselas, Budapest, algunas ciudades del norte de Marruecos, las montañas suizas, la metrópoli de Nueva York (que en los años veinte estaba tan lejos de Ribanova como la tierra de la luna) y, por supuesto, la inmensidad de los paisajes africanos que recordaba vagamente de su primera infancia en Nigeria. En vano le animé a que hablase a los otros chicos de aquellos lugares excitantes, pues estaba seguro que de hacerlo mi amigo se hubiera ganado para siempre la admiración de aquellos que le ignoraban, o aún peor, habían decidido convertirle en un permanente inadaptado.