– ¿Por qué no les cuentas lo de la estación de esquí? ¿O lo de aquella vez que montaste en camello en el desierto?
Pero Elijah se negaba.
– Ya te lo he contado a ti.
En aquellos días, y a pesar de que Elijah West hacía notables progresos con el español, él y yo solíamos tener algunas conversaciones en inglés, que yo aprendía casi sin darme cuenta. Usar otro idioma para hablar entre nosotros era una forma de construirnos un refugio particular, un sanctasanctórum en el que no podía entrar nadie y nadie, tampoco, podía hacer daño a Elijah.
Las cartas de Zachary West llegaban con bastante frecuencia. Mi padre siempre se las daba a Elijah después de haberlas abierto, y él las leía tumbado en la cama, levemente decepcionado por lo insulso de su contenido. Su padre sólo le contaba que las cosas iban bien, que le echaba mucho de menos y que pronto volvería a buscarle, que fuese bueno en casa, que estudiara, que se portase bien conmigo. En vano buscaba Elijah alguna referencia al lugar en el que Zachary se encontraba, algún dato sobre el trabajo que estaba desempeñando dondequiera que fuese. Los sobres podían ser una pista, por supuesto, pues el matasellos indicaría al menos el lugar de procedencia de la carta, pero mi padre entregaba a Elijah tan sólo los folios escritos.
– ¿Por qué no te da los sobres?
– No sé. A lo mejor quiere quedarse con los sellos. ¿Es coleccionista, tu padre?
Pues no, mi padre no coleccionaba nada, ni sellos, ni cajas de fósforos, ni monedas antiguas, ni ninguna otra cosa. Y, la verdad, tampoco era propio de él el dedicarse a abrir las cartas de un pobre chico para escamotarle los sobres, los sellos o lo que fuera. Tenía que haber algo más. Así que, sin decir nada a Elijah, decidí actuar.
Las cartas de Zachary West se recibían con un intervalo de diez días, así que cuando estaba próxima a llegar la siguiente misiva monté guardia en el portal de nuestra casa para así coincidir con el cartero. Era un hombre bajito y bonachón, algo pasado de kilos, a quien parecía costar un trabajo ímprobo el arrastrar su saca atiborrada por las calles de Ribanova.
– Hola…
– Hola. Tú eres el chaval de los Rendón, ¿verdad?
– Sí. ¿Tiene algo para nosotros? Yo puedo llevarlo, voy a subir a casa ahora mismo.
Vivíamos en un tercero de escaleras más bien empinadas. Aquel funcionario de correos debió de decirse que si había una oportunidad de evitar subirlas con la bolsa a cuestas, era su obligación aprovecharla.
– Hay una carta para tu padre. -Me tendió un sobre bastante grande de papel de estraza-. Pero no te olvides de entregársela, ¿eh? Estas cosas son importantes…
– No se preocupe. Se la daré ahora mismo.
Ni siquiera miré la carta. Aparentando una indiferencia por aquel sobre que estaba muy lejos de sentir, lo guardé en la cartera escolar y luego subí los escalones de dos en dos. Cuando llamé al timbre de nuestro piso, apenas me quedaba aliento para respirar.
– ¿Dónde te habías metido? Te están esperando para comer. -Asela, la criada, me miraba con cierta ferocidad-. Anda a lavarte las manos, que tu padre está empezando a enfadarse.
Ni siquiera pude sacar el sobre de la cartera. Entré en el comedor, escuché el consabido sermón sobre la necesidad de ser puntuales a la hora de las comidas y di cuenta del almuerzo sin dejar de pensar en lo que acababa de hacer. Luego, cuando Elijah y yo volvimos a salir hacia el colegio para las lecciones de la tarde, le conté lo que había hecho y le enseñé mi botín: aquella carta venía de Madrid y estaba dirigida a mi padre. El remitente era un tal Fernando Pérez.
– ¿Conoces a alguien que se llame así?
Elijah dijo que no con la cabeza. Empecé a pensar que quizá había cometido un error, y la misiva en cuestión no tenía nada que ver con las que enviaba Zachary West. Pero mi padre nunca recibía correspondencia de la capital, y aquel sobre oscuro y voluminoso ni siquiera parecía un envío corriente. Así que tomé una decisión heroica: abrirlo y examinar su contenido. Elijah no estaba muy seguro de querer hacerlo, y así me lo dijo en su español atravesado.
– Quizá vas a tener problemas, tú.
Pero ya había rasgado el sobre. Dentro había otra carta con el membrete del embajador de los Estados Unidos de América en Madrid. Al abrirla apareció otro sobre enviado por la embajada estadounidense en Alemania y protegido por media docena de sellos de lacre. El propio Elijah me ayudó a romperlos, indiferente ya a la perspectiva de algún castigo. Dentro, por fin, aparecieron dos folios escritos con la caligrafía clara y menuda de Zachary West. Mi amigo los leyó por encima.
– Dice todo como siempre. Que me porte bien, que estudie, que volverá pronto. Bueno. -Se guardó los folios en un bolsillo-. Por lo menos, ahora ya sé que está en Alemania.
– ¿Y por qué no te manda las cartas él mismo?
Elijah me miró con seriedad.
– Porque no quiere que nadie sepa que está allí.
Las cartas de Zachary West siguieron llegando cada diez días, pero nadie preguntó por la que se había perdido. En los años veinte el correo funcionaba bastante mal, y no era extraño que alguna carta no llegase a su destino. Terminó el mes de enero, y luego llegó febrero con las emociones del carnaval. Elijah y yo nos disfrazamos de máscaras y asistimos juntos a un baile infantil en el Casino. Estuvimos solos casi toda la tarde, porque los otros chicos sólo se acercaban a hablar con nosotros azuzados por sus madres, y abandonaban nuestro pequeño grupo en cuanto éstas dejaban de vigilarles. Bien es verdad que ni Elijah ni yo demostramos que nos importara nada aquella actitud de nuestros supuestos amigos. Juntos y solos pasamos una tarde estupenda con nuestros capuchones y nuestros antifaces de cartón, bebiendo naranjada y hartándonos de chocolate con churros. Ni una sola vez intentamos integrarnos en los juegos de los otros grupos, ni siquiera nos acercamos a los demás niños cuando éstos se disponían a romper la piñata. Ignoramos la lluvia de regalos menudos y los gritos alegres de nuestros contemporáneos con una madurez impropia de nuestra edad. Creo que ya entonces Elijah y yo creíamos pertenecer a un mundo diferente, no necesariamente mejor que aquel del que habíamos sido expulsados, pero tampoco mucho peor.
Mi madre y mi abuela, que nos habían acompañado a la fiesta, tuvieron que darse cuenta de lo que pasó aquella tarde, pero no dijeron nada. ¿Qué iban a decirnos? ¿Puede alguien explicar a un niño las claves de la estupidez humana, que por desgracia empieza a manifestarse demasiado pronto? Sin embargo, aquella noche, cuando estaba a punto de acostarme, mi padre me llamó a su lado y habló conmigo brevemente sobre lo sucedido por la tarde. Quiso saber cómo transcurrían los días en el colegio, si nuestro aislamiento en la fiesta había sido un acontecimiento de excepción o si, como ocurría en realidad, a Elijah y a mí se nos marginaba en la escuela. Yo hubiera preferido no tener esa conversación: me avergonzaba la actitud de mis compañeros, y, a veces, también la mía propia por no saber atajarla. Pero, antes de darme un beso y mandarme a la cama, mi padre me dijo que estaba orgulloso de mí, porque había sido capaz de decidir por mí mismo, de estar al lado de mi amigo, y de hacer lo correcto. Aquel discurso me sorprendió, y pasarían varios años antes de que aprendiese a valorar mi propio comportamiento, que había tenido mucho de admirable. Entonces yo no tenía una conciencia ética, un sentido de la moral en el que basarme para tomar ciertas decisiones. Eso vino después. Pero, a mis ocho años, sólo sabía que no podía abandonar a Elijah para alinearme con los demás en contra suya.