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Acobardada por lo que estaba siendo un ataque xenófobo en toda regla, la mujer propinó un capón a cada uno de los críos y los hizo levantar de mala manera. El chaval más pequeño se echó a llorar. Y, para acabar el espectáculo, la anciana no quiso sentarse porque la próxima parada era la suya. El tío grande y gordo ocupó uno de los asientos libres con el aire del propietario de una plantación, y una joven distraída que abrazaba una carpeta se sentó en el otro sitio, mientras el niño lanzaba alaridos y la madre le reprendía en su idioma. Eran polacos. Dos pequeños y una mujer llegados del frío y lanzados contra un entorno que a veces, demasiadas veces, se volvía contra ellos. Ni siquiera me atreví a mirarles cuando bajé del vagón, pero pude sentir los ojos acerados de la madre clavados en mi nuca mientras dejaba el tren.

Cuando llegué a mi casa me dio la sensación de haber envejecido diez años y de soportar sobre los hombros un peso sobrenatural. Tenía tanto frío que me costó hasta abrir el portón de entrada, porque mis manos entumecidas no conseguían hacer girar la llave en la vieja cerradura roñosa, que a ver si el presidente de la comunidad la cambia de una puta vez.

– Malas noticias, Cecilia. Van a tardar dos semanas en dar la calefacción. Es un escándalo.

Era Publio, mi vecino, que sacaba cartas de su buzón bajo la luz amarillenta y triste de nuestro portal. Intenté sonreírle, pero sólo conseguí componer una mueca extraña antes de derrumbarme en llanto. Hubiera querido echar a correr para refugiarme en mi casa, pero estaba tan cansada, tan raramente cansada, que me senté en un escalón y seguí llorando allí, con la cara oculta entre las manos. Publio no dijo una palabra. Sólo me levantó tomándome del brazo con una delicadeza extrema, y me empujó suavemente escaleras arriba.

– Creo que será mejor que vengas un rato a mi casa. Tengo dos calefactores eléctricos, una botella de Armagnac y una caja de bombones Wittamer que me han traído ayer de Bruselas. -Publio no soltaba mi brazo, como si temiese que pudiera escapar o, quizá, desvanecerme en mis propios sollozos. Abrió la puerta de su piso. Era la primera vez que entraba allí, a pesar de que hacía más de dos años que vivíamos en el mismo edificio. Dicen que en Madrid la vecindad no da para gran cosa, pero lo cierto es que el asunto con Publio era mucho más complicado.

Publio y yo nos habíamos conocido cuando, una noche, cortaron la electricidad en su piso, que está enfrente del mío, y él fue a mi casa para preguntar si yo tampoco tenía luz. En mi apartamento todo estaba en orden, así que le invité a pasar para llamar desde allí a la compañía eléctrica. Hasta entonces, él y yo no habíamos intercambiado más que algún saludo amistoso en las escaleras o en el rellano, pero había algo en Publio que despertaba mis simpatías. Tal vez era su porte esmirriado, que le convertía en un ser físicamente inofensivo, su palidez extrema o su sonrisa luminosa, que no casaba en absoluto con su aspecto hético. Así que Publio entró en mi salón y llamó por teléfono a Iberdrola. Después de marear la perdiz durante un buen rato, la telefonista acabó confesando que había saltado un repetidor en el edificio, y que la avería afectaba a todos los pisos del lado izquierdo.

– Pero no se preocupe, que están en ello.

– ¿Cuánto cree que van a tardar?

– Eso no se sabe, señor.

Publio gimió. Acababa de llenar de helados su congelador.

– Y tengo también dos kilos de langostinos de Sanlúcar y… joder, y media docena de filetes argentinos que se van a ir al carajo en cuestión de horas. Estamos a treinta y cinco grados, por el amor de Dios. Toda mi casa acabará oliendo a muerto.

Le propuse que dejara sus cosas en mi congelador, que estaba completamente vacío. No soy muy buena ama de casa, que digamos, y mi instinto previsor es nulo. Así que atiborramos mi frigorífico de helados Haagen Dasz y carne de la Pampa. Los langostinos no cabían, y Publio me propuso cocinarlos para los dos.

– Si no tienes planes, claro.

No, no tenía planes. Así que mi vecino preparó la cena y abrimos una botella de vino, y luego otra, y más tarde Publio fue a su casa, que seguía a oscuras, y recuperó de la nevera una botella de champán que empezaba a calentarse. Cuando quise darme cuenta, ambos estábamos completamente borrachos. El alcohol bebido entre dos invita a la intimidad. Si mi vecino no fuese descaradamente gay, aquella noche él y yo hubiéramos acabado en la cama. Pero lo era, así que nos deslizamos al terreno de las confidencias. Ni siquiera recuerdo las cosas que le conté, pero creo que hice un repaso exhaustivo de todo mi pasado sentimental y sexual. Pocas veces había hablado con tanta libertad delante de nadie, y creo que Publio tampoco.

– Voy a contarte una cosa que sabe muy poca gente -me dijo al fin-. De hecho, sólo la saben dos personas.

– ¡Qué honor! Lo de mi fin de semana con el lituano no lo sabe nadie, fíjate.

– Esto es otra cosa.

– Tú dirás.

Antes de seguir hablando, Publio me sirvió otra copa de champán y se bebió la suya de un trago.

– Voy al psiquiatra.

– Menuda novedad. La mitad de la gente que conozco lo hace.

Publio sonrió débilmente.

– Lo mío es distinto.

– ¿Cómo de distinto? ¿Qué pasa, que eres un asesino?

– Peor que eso. Verás… tengo… tengo tendencias pedófilas.

Puedo jurar que en aquel mismo instante se me pasó la borrachera. Publio me contó que llevaba diez años en tratamiento con una terapeuta especializada, y que le había costado mucho encontrar un profesional experto en disfunciones como la suya. También me aseguró que jamás en su vida había tocado a un niño, y que sólo sentía una pulsión que, gracias a la medicación correcta y a muchas horas de diván, había conseguido neutralizar.

Me explicó que los pedófilos no son delincuentes sino enfermos, «como los ludópatas o los cleptómanos». No le dije nada, pero recuerdo que pensé, qué delicia vivir en una sociedad que considera enfermos a los maltratadores de mujeres, a los violadores, a los asesinos en serie y a los sociópatas que entran pegando tiros en un hamburguesería y se cargan a doce personas antes de volarse la cabeza. Qué maravilloso es formar parte de un mundo que perdona nuestros pecados disfrazándolos de patologías. Casi nadie es responsable de sus actos. Uno no tiene la culpa de estar enfermo. Uno no tiene la culpa de ser un yonqui o un maldito violador de niños. Pero Publio me repetía que él no era un violador, que jamás había tocado a un crío a pesar de que había deseado hacerlo muchas veces, del mismo modo que siendo muy pequeño soñaba con romper el escaparate de la tienda de juguetes para llevarse la locomotora eléctrica o el robot a pilas. Por supuesto, jamás hizo otra cosa que espachurrar las narices contra el cristal y fantasear con sus impulsos de atracador. Así se lo explicó a su psiquiatra, y ella dijo que era una buena imagen y un modo muy sabio de normalizar la represión de un impulso que uno no puede evitar tener, pero que no sigue por reconocerlo como incorrecto.

– Todo el mundo siente pulsiones no apropiadas -decía Publio-. ¿Tú crees que el tipo que trabaja quemando billetes de banco no ha pensado alguna vez en meterse unos cuántos en el bolsillo? ¿Que un diabético no se para ante una pastelería soñando con hincharse de dulces que podrían matarle? Lo importante es reconocer como indebida esa pulsión. En principio no soy peor que ese hombre que quema billetes y fantasea con quedárselos, o el diabético que metería la cabeza en una tarta de crema.

Me entraron ganas de decirle que era un chollo dar con un psiquiatra capaz de comparar su instinto de pederasta con el ataque de gula de un pobre hipoglucémico, pero en aquel momento, mientras Publio me ofrecía detalles de las sesiones con su terapeuta, sólo quería poner punto y final a la conversación y sacarle para siempre de mi casa y de mi vida. Ya es de día, dije en cuanto vi que clareaba un poco, y él me entendió. Se puso de pie y agradeció mi hospitalidad con la misma sonrisa de siempre, pero sabía que a mis ojos acababa de convertirse en una especie de Frankenstein, y que iba a ser incapaz de superar el rechazo que inspiraba en mí su condición de pervertido. Al día siguiente, y tras asegurarme de que había luz en su casa, le mandé los congelados por medio de la asistenta. No quería que me invitase a pasar, que abriese para mí uno de los botes de helado de crema, que volviese a hacerme partícipe de sus miserias, que pretendiese convertirme en su confidente o, peor aún, en su amiga.