– Hola, Silvio…
Apartó la vista de la ventana, y la forma en que me miró hizo que entendiese hasta qué punto había sido implacable con él la otra tarde al marcharme de aquel modo.
– Cecilia, hija…
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Me acerqué a Silvio y le di un breve abrazo cuando se levantó a saludarme. Olía a loción de afeitado y a jabón de La Toja.
– Pensé que no ibas a volver.
– Qué tontería…
– Pero siéntate. Lucinda traerá el té enseguida. ¿Hace frío en la calle? ¿Quieres que subamos la calefacción?
No sabía si me merecía todos aquellos mimos, pero los acepté de buen grado. Lucinda apareció con la bandeja de la merienda y, por primera vez desde que la conocía, me dirigió una sonrisa que quise entender como cómplice. Ella nos sirvió el té y el bizcocho, y se retiró igual que siempre, en su particular silencio, como si se hubiese desvanecido en el aire.
– Cecilia… hay algo que quiero explicarte. Es por lo del otro día…
Yo no necesitaba aclaraciones. Sólo quería olvidar lo que había pasado y mi lamentable comportamiento. Las excusas de Silvio no harían sino avergonzarme todavía más, y ya me encontraba suficientemente arrepentida tras haber sacado los pies del tiesto.
– En realidad, soy yo la que tiene que explicarse -le dije-. No debí haber reaccionado de esa forma… Había tenido un día horrible, ¿sabe? Y supongo que…
Silvio me interrumpió.
– No, eso es igual. Pero me gustaría que entendieses a qué me refería cuando dije que quizá era mejor que las cosas hubieran sucedido así con tu madre.
– Le aseguro que no es necesario.
Silvio se pasó la mano por los ojos.
– Pues yo creo que sí. Dame unos minutos, ¿de acuerdo? -Desvió la vista y, apoyando la espalda en el sillón, volvió a mirar por la ventana-. Verás, mi mujer… la abuela de Elena… también murió de cáncer.
– No lo sabía. Lo siento mucho. -Era una frase torpe. Elena debía haberme advertido de aquella coincidencia.
– Sucedió hace tiempo, antes de que Elena naciera. Carmen estuvo enferma durante casi doce años. A ella le diagnosticaron el tumor en una exploración de rutina. Carmina era muy joven y no reaccionó bien cuando supo lo que le ocurría a su madre. Ya sabes lo que viene en cuanto te dicen que tienes cáncer: quimioterapia, bomba de cobalto, la incertidumbre de las revisiones… Mi hija no estaba preparada para lo que se nos vino encima. Y se hundió. No puedo explicarte el daño que aquello le causó a Carmen. Creo que el ver así a su hija fue para ella mucho peor que el propio cáncer. Carmina adoraba a su madre. Intentaba ayudarla, pero, sencillamente, era incapaz. Le faltaban años, experiencia, sentido común, fortaleza, todo. Esas son cosas que uno aprende poco a poco, y ella tuvo que asumirlas de un solo golpe en mitad de su paso a la edad adulta. Lo llevó muy mal. Mucho peor que Carmen su enfermedad. Después, cuando ella murió, a Carmina le costó mucho superar la convicción de que había sido incapaz de ayudar a su madre.
No sabía muy bien a dónde quería llegar Silvio.
– Perdone, pero no sé qué tiene que ver todo esto conmigo.
– El otro día me dijiste que tu madre no se hacía revisiones y por eso el diagnóstico de su enfermedad llegó tarde. No apruebo ese comportamiento pero, por otro lado, te ahorró mucho tiempo de dolor. Unos años importantes, Cecilia. ¿Puedes imaginar lo que es crecer y madurar mientras se arrastra la rémora de una enfermedad grave? ¿Crees de verdad que hace ocho, nueve años, hubieses sido capaz de plantar cara a lo que os pasó? ¿Estás segura de que no te hubieses hundido para siempre, como le ocurrió a mi hija? No conocí a tu madre, pero a lo mejor ella hizo su elección conscientemente. En esos años se estaban poniendo los cimientos de tu vida, Cecilia. De tu vida y de la vida de tu familia. Cualquier cosa que ocurre a los veinte años te cambia el futuro sin contemplaciones. Las madres saben eso. Y tu madre también lo sabía. Supongo que no quiso torcer vuestro destino.
– ¿Y cree usted que no lo hizo al morirse tan pronto?
– Claro, pero no tanto como si tu vida hubiera empezado a tambalearse nueve, diez años atrás. ¿Cuántos tenías tú entonces?
– Veinticinco. Tengo dos hermanos menores.
– Intenta recordar qué estabas haciendo entonces. -Y ante el gesto cansado que no pude reprimir-: Vamos, haz un esfuerzo.
Volví atrás en el tiempo. Veinticinco años. Acababa de ganar una beca para pasar un trimestre en Oxford. Fue allí donde conocí a Elena. En ese momento, y por primera vez, me di cuenta de que, de haberse declarado la enfermedad de mi madre, no hubiese aceptado aquella estancia en Inglaterra. Silvio parecía haberme leído el pensamiento.
– Cecilia, piensa en todas las cosas buenas que os sucedieron en estos años. Buena parte de ellas no hubieran ocurrido de haberos dicho tu madre que estaba enferma.
Aquella tarde hice balance de todos los pequeños y grandes acontecimientos que habían marcado mi vida y las vidas de los míos en los últimos nueve años. La boda de mi hermana. Los primeros tiempos de mi relación con Miguel. Los libros que ilustré, el premio que me dieron en Italia, los viajes por Europa. Las fiestas familiares donde no había ni una sombra que amenazase la alegría general. La sensación, muchas veces, de tenerlo todo. El nacimiento de mi sobrina. Las vacaciones en el campo. Las Navidades. La certeza de moverme en un terreno seguro y firme donde cada cosa estaba en su sitio. Si la enfermedad de mi madre hubiese aparecido en su momento, ¿qué hubiese ocurrido con nuestras vidas? Mi hermana, seguramente, no hubiese aceptado un trabajo en Madrid, y, en consecuencia, no habría conocido al hombre con quien después se casó. La niña no habría nacido nunca. Yo también hubiese vuelto a casa. No habría entrado en contacto con aquella editorial que me encargó el primer libro de cuentos. Quizá habría dejado de dibujar. Tenía tantas dudas sobre todas las cosas hace ocho años, que sólo la solidez del mundo que me rodeaba me había impulsado a seguir adelante. No, definitivamente no hubiese continuado mi carrera como ilustradora de haber estado moviéndome en un terreno resbaladizo. Hoy no tendría mi casa, ni mi estabilidad económica, ni tantas otras cosas a las que, de eso sí estoy segura, renunciaría sin dudar a cambio de que mi madre estuviese viva. Porque nada podía consolarme por haberla perdido, ni había ninguna cosa material capaz de compensar su ausencia.
– ¿Sabe, Silvio? Es que yo preferiría no tener lo que tengo, y que mi madre no hubiese muerto.
– Bueno, tú sí, pero no puedes saber lo que preferiría tu madre. ¿Fuisteis felices en estos años, Cecilia? Pues cada momento de esa felicidad os lo regaló ella. Optó por dar la voz de alarma cuando erais adultos y ya habíais encauzado vuestras vidas. No sé si fue una decisión equivocada, pero fue su decisión. No hagas reproches a su memoria, Cecilia. Respeta lo que hizo, y dale las gracias. Y entiende que, aunque tal vez no eligió el camino más correcto, su error fue simplemente un acto de amor hacia vosotros.
Silvio me había cogido de la mano. No sé si era consciente de que sus palabras habían despertado en mi interior una paz desconocida, una tranquilidad de espíritu que no había sentido en ningún momento de los últimos meses.
– Era una mujer maravillosa -le dije.
– Estoy seguro de eso. Y para ti es una suerte poder recordarla de ese modo. Supongo que eso es lo importante: lo que dejamos en los demás, la memoria que queda de nosotros.
Estuve un rato así, aferrada a la mano de Silvio mientras pensaba en mi madre y en todas las cosas espléndidas que habíamos vivido juntas en estos años. Por primera vez me sentía libre de toda la rabia y la amargura que en los últimos tiempos habían estado emponzoñando mi interior. Sabía que, en adelante, iba a llorar cada vez que evocase aquella tarde junto a Silvio. Pero en ese momento, mientras acariciaba la mano nudosa del viejo y recordaba en silencio episodios vitales que había estado a punto de relegar al último rincón de la memoria, no quería derramar una sola lágrima. Había reconquistado la serenidad perdida tiempo atrás. No era el mejor escenario para el llanto. Solté con suavidad la mano de Silvio, y luego, por primera vez desde que le conocía, le besé en la mejilla.