– Aprecia estas cosas, Silvio, pero jamás te acostumbres a ellas -me dijo una vez-. El que no sabe prescindir de los placeres es tan imbécil como el que se muestra incapaz de valorarlos.
El tiempo pasó para todos. Mi hermano Efraín se convirtió en el mismo niño que yo había sido. Heredó de mí muchos juguetes, varias prendas de ropa y determinados rasgos de carácter. Sin parecemos mucho, algunos de nuestros comportamientos y nuestras actitudes eran sorprendentemente similares. Después de haberle detestado durante sus primeros meses de vida, había aprendido a quererle, pero de una forma equivocada, y le dedicaba las mismas atenciones que hubiera prestado a un cachorrito. Por su parte, él me adoraba, y jamás ocultó su admiración por aquel hermano mayor que, cuando no estaba fuera de casa, no hacía otra cosa que contar los días que le faltaban para marcharse otra vez. Soy consciente de que nunca correspondí al cariño de Efraín con la intensidad que hubiera debido, y que el haber limitado mi afecto hacia él fue un error del que me arrepentí durante toda mi vida adulta. En aquellos años, perdí por voluntad propia la ocasión de convertirme en el mejor amigo de mi hermano.
Estaba a punto de cumplir catorce años cuando los republicanos hicieron poner pies en polvorosa a la familia real, que salió de España en dirección al exilio en aquella primavera de 1931. Mi abuelo, que era un monárquico ferviente, llegó a llorar por la marcha de don Alfonso XIII. Avanzamos hacia el desastre, dijo, pero no encontró eco en ningún otro miembro de la familia, pues mi padre sentía pocas simpatías por el rey y entonces las mujeres no solían entrar a discutir asuntos de ese tipo. No, Cecilia, no me mires así: eran cosas de la época.
El advenimiento de la República coincidió con una de las ausencias de Zachary West. Elijah estaba en nuestra casa el 14 de abril, y aquel día él y yo pensamos que el ocaso de la monarquía española y la desaparición del señor West podían estar directamente relacionados. La idea de imaginar al padre de Elijah como uno de los artífices de la caída de Alfonso XIII nos llenaba de emoción. Aunque éramos demasiado jóvenes como para entrar de lleno en cuestiones políticas, ambos simpatizábamos con la causa de la república. Supongo que aquella querencia nuestra estaba claramente influida por el ideario particular del señor West, que aseguraba que en una sociedad moderna el concepto de los privilegios heredados estaba condenado a desaparecer para siempre. Además, Zachary afirmaba que el rey Alfonso le había causado una pésima impresión cuando tuvo oportunidad de conocerlo durante una recepción en el palacio real.
– Es pobre de espíritu, pagado de sí mismo y profundamente egoísta, lo cual sorprende viniendo de una persona que lo tiene todo. El carácter de este hombre es fruto de sus pocas luces, y también de una malísima educación. Le han criado para convertirse en un niño pera, no para ser un jefe de Estado.
Zachary West podía ser muy duro en sus juicios cuando quería. Su desprecio hacia el carácter del rey en particular y la institución monárquica en general nos convenció de su concurso en la caída de los Borbón. Ni Elijah ni yo podíamos sospechar que el señor West tenía entre manos algo mucho más grave, y que en aquel momento le importaba bastante poco el envío al exilio de un rey mal educado.
El padrastro de Elijah regresó a mediados de mayo. Le encontré desmejorado y algo triste, y no entendí muy bien a qué venía aquella palidez ni el gesto adusto que llevaba en la cara, si acababa de culminar con éxito una misión en favor de la democracia y la abolición de los privilegios de sangre. Aquel verano lo pasamos en Santander, y en esta ocasión Zachary convenció a mis padres para que viajasen con nosotros. Mi madre protestó débilmente alegando que no se encontraba demasiado bien, pero el señor West insistió, diciendo que el descanso junto al mar mejoraría su salud y su estado de ánimo. Así que nos acompañaron y pasaron en Santander dos semanas enteras. Fue divertido estar fuera de casa todos juntos, aunque debo decir que Elijah y yo hacíamos la guerra por nuestra cuenta la mayor parte del día. Efraín trataba de seguirnos a todas partes, pero a los catorce años un hermano que sólo tiene siete resulta un estorbo. Así que el pobre Efraín estaba casi siempre con mi madre que, tal y como Zachary West había augurado, se había fortalecido con el aire del mar y los baños de sol, y estaba más guapa que nunca. A veces la veía desde la playa, paseando despacio por el Sardinero, acompañada de mi padre o de algunas amigas ocasionales que había conocido en el hotel, y tenía que recordar que aquella dama elegante y hermosa era mi madre. Quizá porque, en el fondo, ya había empezado a distanciarme de ella espiritualmente.
Aquél fue el último verano que Elijah y yo pasamos en España. Cuando llegó el mes de junio de 1932, Zachary West pidió permiso a mis padres para llevarme consigo en un viaje al extranjero. El plan era quedarnos una semana en Biarritz, y viajar luego a París para permanecer en la ciudad durante veinte días. En la casa, sólo mi abuela objetó que era demasiado joven para irme tan lejos, pero era un argumento sin demasiada consistencia y nadie lo tomó en consideración. Además, en 1932 un chico de quince años estaba mucho más cerca que ahora de la edad adulta. Así que mi padre gestionó mi pasaporte y me dejó marchar con sus bendiciones. El día que nos despedimos, mi madre se dio la vuelta para que no la viese llorar.
Fue ese verano cuando conocimos a Ithzak Sezsmann. Era el hijo único de Amos Sezsmann, un famoso violinista polaco a quien Zachary West, melómano declarado, había escuchado tocar en Berlín y en Viena. La esposa de Amos Sezsmann había muerto dos años atrás, y desde entonces él y su hijo viajaban siempre juntos para que el chico no estuviese solo en Varsovia durante las giras de su padre.
Algo mayor que nosotros, Ithzak era un adolescente sensible, algo triste -supongo que por la pérdida prematura de su madre- y de una inteligencia extremada. Era el perfecto ejemplo de un niño prodigio, que tocaba el violín y el piano con la soltura de un virtuoso, hablaba tres idiomas además del polaco y se comportaba con la corrección y la prudencia de un adulto precoz. Acababa de cumplir dieciséis años y quería ser director de orquesta. Ithzak hablaba de su futuro como músico con la firmeza del que ha tomado una decisión irrevocable, sin calibrar siquiera la posibilidad de que las circunstancias, la suerte o el destino fuesen capaces de torcer su voluntad de hierro.
La primera vez que vimos a Ithzak Sezsmann fue en París, en la embajada americana donde nos alojábamos durante nuestra estancia en la ciudad. Su padre había sido invitado a cenar después de ofrecer un recital, y para desconcierto del embajador, se presentó en compañía de su hijo, a quien el protocolo no había asignado un lugar en la mesa de gala. Zachary West propuso entonces que se uniera a Elijah y a mí, que cenábamos solos en las dependencias de invitados. Confieso que al principio me incomodó la presencia de aquel muchacho pálido y ojeroso, delgado como un huso, de cabello pajizo y relucientes ojos azules que parecían prestados. A los quince años y con una amistad tan bien definida como la nuestra, había veces que Elijah y yo veíamos a los demás como simples intrusos que iban a ser incapaces de comprender las reglas de conducta de nuestro dúo feliz. Pero Ithzak era distinto. Empezó a hablarnos en francés, y al darse cuenta de que yo no le comprendía, siguió la conversación en un inglés gramaticalmente impecable y de pronunciación casi perfecta. Era un chico extraño. Parecía libre de toda timidez, a pesar de su innato sentido de la moderación, y nada le acobardaba, ni siquiera la sensación de estar de más que Elijah y yo transmitíamos a veces sin darnos cuenta. En quince minutos hizo las preguntas precisas para conocernos a ambos, y prestó a las respuestas que le dábamos una atención halagadora y sincera. Luego, sin esperar nuestras inquisiciones, nos habló de su vida, de los viajes con su padre y de su intención de convertirse en músico. Contó que había aprendido a tocar el piano con cinco años, como si fuese un joven Mozart, y que no estaba muy seguro de cuál era su lengua materna, pues había sido educado en alemán, francés y polaco. El inglés lo había aprendido después, «por eso lo hablo peor», se justificó. Nos dijo que había padecido sarampión y tos ferina, que ahora cojeaba un poco a consecuencia de un accidente ocurrido hacía un mes cuando montaba a caballo, y que no sabía nadar porque había tomado un miedo cerval al agua desde que, siendo muy pequeño, estuviera a punto de ahogarse en un estanque. También nos habló de su casa de Varsovia, de los estudios precozmente comenzados en el conservatorio, de la excelente relación que mantenía con su padre, estrechada a la fuerza tras la muerte de su madre. Hablaba de sí mismo con una rara distancia, como si estuviese refiriéndose a otra persona, y parecía tener tanto interés en subrayar sus virtudes y sus logros como en dejar evidencia de sus limitaciones. Aquella noche, después de haber compartido con Ithzak nuestra cena para dos, Elijah y yo decidimos que aquel músico en ciernes podía convertirse, siquiera por un tiempo, en vértice de nuestro triángulo fraternal.