– Dejemos las cosas tal y como están, Silvio. Y, de todas formas, no vendría mal que recordaras de vez en cuando que tú no eres Elijah West.
Aquel comentario me dolió. A mis quince años, creía saber perfectamente quién era y quién no era. Pero no quise discutir con mi padre. Además, le conocía lo suficientemente bien como para saber cuándo valía la pena seguir negociando con él, y cuándo toda conversación acabaría por resultar inútil. Me incorporé al instituto y seguí las lecciones con total aprovechamiento. Después de todo, me decía, quizá un día puedan servirme de algo todas las estupideces que estoy aprendiendo aquí.
Zachary West regresó la primera semana de febrero. Apareció de noche, como siempre, pero esta vez Elijah y yo habíamos sido advertidos de su llegada, y decidimos esperarle despiertos junto a mi padre y mi madre, formando así un pequeño comité de bienvenida. Llegó pasadas las doce y media, y nada más verle pensé que parecía haber envejecido diez años. Hasta me dio la sensación de que su cojera se había hecho más ostensible. Las arrugas de la frente se habían acentuado y formaban profundos surcos en su piel curtida, y tenía en los ojos una expresión de desencanto que no pude descifrar hasta que, pasados los años, yo tuve también mi cupo de decepciones y de motivos para la desesperanza.
– ¿Estás cansado? ¿Quieres irte a dormir? Hemos preparado una habitación, es un poco tarde para que vayas al hotel.
– La verdad, si no es una molestia, lo que me gustaría es comer algo.
Mi madre preparó café y bocadillos, y se improvisó una reunión en el cuarto de estar. Zachary aceptó una copa de coñac que le ofrecía mi padre.
– ¿Cómo te ha ido esta vez? -fue mi madre quien preguntó.
– No muy bien -dijo, y a todos nos desconcertó que Zachary no contestara de inmediato con el ambiguo «sin problemas», que utilizaba siempre para hacer balance de sus desapariciones. Nos miramos unos a otros, como esperando alguna explicación adicional.
– El mundo ha perdido el juicio definitivamente -continuó, y volvió a quedarse callado mientras hacía girar el licor dentro de la copa con la mirada perdida. Ninguno de nosotros sabía muy bien qué decir.
– ¿Tan mal están las cosas? -preguntó mi padre, y Zachary West nos miró a todos a la vez.
– Hitler ha ganado las elecciones -dijo-. Ahora, el partido nazi decidirá el destino de Alemania avalado por una victoria en las urnas. Claro que no sé de qué me sorprendo. Hace meses que sabíamos lo que iba a pasar.
Se hizo un silencio que estaba cargado de ignorancia.
– ¿Quién… quién es Hitler? -preguntó mi madre.
Zachary West sacudió la cabeza tristemente al contestar.
– El hombre que va a escribir las páginas más negras de la historia de Europa. Recordad lo que os digo hoy, 17 de febrero de 1933, en la muy noble ciudad de Ribanova. Vendrán malos tiempos para todos.
Ésas fueron sus palabras. Me parece que estoy escuchándolas todavía, aunque confieso que aquella noche pensé que el señor West exageraba un poco las cosas. Tal vez estaba cansado del viaje, quizá había tenido mucho más trabajo que de costumbre. Así que, para qué negarlo, no dediqué demasiado tiempo a pensar en Hitler ni en las circunstancias que rodeaban su llegada al poder. Y además ¿cómo iba a afectarnos a nosotros algo que estaba ocurriendo a tantos kilómetros de distancia?
Viajé a Madrid con los West para pasar las vacaciones de Semana Santa, y allí recibí una sorpresa: los Sezsmann estaban a punto de llegar a España, pues Amos había sido contratado para ofrecer dos conciertos en Madrid. Elijah y yo pasamos cinco días muy felices sirviendo de guías por la ciudad a nuestro amigo polaco. Cuando estaban a punto de regresar a Varsovia, Amos Sezsmann hizo a Zachary West una oferta de lo más apetecible: pasar con ellos una parte de las vacaciones de verano.
– Nos quedaremos unos días en mi casa de Varsovia… y luego podemos hacer un viaje juntos. Tengo programada una serie de conciertos por Alemania: Berlín, Munich, Weissbaden, Bayreuth… Recorreremos el país, nos alojaremos en los mejores hoteles y tendréis entradas de palco para todos los conciertos. ¿Qué decís, chicos? ¿Qué te parece, Zachary?
A todos nos sorprendió que no respondiera de inmediato a la atractiva propuesta de nuestro amigo. ¿Qué podía haber más agradable para un melómano como Zachary West que pasar una parte del verano recorriendo las salas de conciertos de un país junto a un músico reputado como Amos Sezsmann?
– Suena bien. Hace tiempo que tengo ganas de volver a Varsovia… En fin, ya veremos. Falta mucho para el verano…
Creo que aquella tarde fui el único en advertir una sombra en los ojos y la sonrisa de Zachary West.
Estoy seguro de que, si aquel verano viajamos a Varsovia, fue por la extrema insistencia de Elijah y la mía propia, pues deseábamos volver a ver a Ithzak, y no había muchas ocasiones para nuestros encuentros. Además, queríamos conocer Varsovia, y nos atraía singularmente la idea de viajar a Alemania. Recorrer todo un país, tomar casi a diario trenes y coches, cambiar de hotel, hacer y deshacer maletas era, desde luego, mucho más divertido que permanecer semanas enteras en la misma ciudad, como habíamos hecho otros veranos. Elijah y yo dedicamos los últimos días de junio a recopilar información turística sobre las distintas zonas de Alemania, y mi amigo incluso se esforzó en aprender unas cuantas palabras del idioma ayudándose de un diccionario que encontró en casa de su padre adoptivo.
El viaje hasta Varsovia fue largo y excitante, y supongo que también agotador, aunque no recuerdo que llegara a cansarme a pesar de que tardamos unos diez días en arribar a Polonia desde Madrid. Los Sezsmann nos recibieron en la estación de ferrocarril y nos condujeron a su casa, una hermosa construcción decimonónica situada en el mismo centro de la ciudad, en la calle Trebaka, muy cerca del parque Saski. La residencia de los Sezsmann era mucho más imponente que la casa de Zachary West. El lujo con el que estaba decorada hubiera resultado ostentoso de no ser por el buen gusto que había dirigido la selección de los muebles, los cuadros y los adornos. La casa no tenía jardín, pero la proximidad del parque suplía esa carencia. Allí había aprendido Ithzak a montar a caballo, allí había estado cerca de ahogarse siendo muy niño, allí se había acostumbrado al paso de las estaciones que cambiaban los colores de la hierba y de las hojas de los árboles. Y allí, también, había conocido a Hannah Bilak tres meses atrás, y se había enamorado.
A nuestros dieciséis años, Elijah y yo mostrábamos por las chicas un interés sólo relativo. Al no contar con un grupo de amigos bien definido, nos había sido hurtada la posibilidad de flirtear con muchachas de nuestra edad. El individualismo, durante la adolescencia, tiene esos problemas. El año anterior, durante nuestra estancia en París, yo había bebido los vientos por una guapa francesa que jugó a ignorarme durante todo el verano para confesar que me amaba desesperadamente justo cuando estábamos a punto de abandonar la ciudad, y aquel otoño, en Ribanova, había compartido algunos paseos con la hija de una amiga de mi madre, a quien conseguí tomar de la mano y robar un par de besos antes de que transfiriese sus afectos a un muchacho universitario que vino de visita en vacaciones. Así las cosas, no estaba en condiciones de entender el apasionamiento de Ithzak al hablarnos de aquella joven, ni la trascendencia de los suspiros que parecían capaces de partirle el pecho ni la expresión estúpida que se le dibujaba en la cara de vez en cuando y que era señal de que estaba pensando en ella.