Era una residencia más bien modesta, pequeña y exquisitamente decorada, lo que me hizo pensar que seguramente la familia Bilak había conocido tiempos mejores. Una criada vieja y gruesa nos abrió la puerta y nos condujo al salón, donde nos esperaban Hannah y su abuela. Excepto para Ithzak, a quien la proximidad de Hannah hacía sentirse en el séptimo cielo, fue una tarde aburrida para todos. La conversación discurrió en francés, y al no conocer yo el idioma más allá de media docena de palabras, apenas pude meter baza. La señora Bilak, que era alta y delgada y tenía un magnífico cabello plateado recogido en un moño, nos trató con una frialdad considerable. Cuando nos despedimos, cerca de las seis y después de haber tomado un par de tazas de té y media docena de pastelillos resecos, me dije que no había sido una buena idea aceptar aquella invitación. Por alguna razón, las Bilak no se sentían cómodas con nuestra presencia en aquella casa. Entonces ¿por qué demonios nos habían invitado?
Aquella noche, Ithzak se las arregló para hablar a solas conmigo. Acababa de recibir una carta de Hannah Bilak en la que le pedía, me dijo, que disculpásemos la escasa simpatía de su abuela. Al parecer, le había desconcertado la presencia de Elijah.
– ¿Por qué?
Ithzak me miró, desesperanzado.
– Silvio, Elijah es… es negro. ¿Con cuántos negros te has cruzado en Varsovia? Apostaría a que la señora Bilak jamás había visto a un ser humano de un color distinto al suyo.
Así que ahí estaba el problema. Acababa de descubrir que Varsovia, a pesar de sus parques umbríos, sus palacios dieciochescos y sus amplias avenidas con ínfulas modernas podía ser un lugar tan atrasado como mi pequeña ciudad natal. Intenté adoptar un aire de indiferencia.
– Bueno, no te preocupes. Puedes decirle a tu amiga que ni Elijah ni yo volveremos a su casa para no herir la sensibilidad de nadie. La verdad, empiezo a pensar que es muy difícil moverse por el mundo. A tu padre no le quieren en Alemania porque es judío, y a Elijah no le quieren en casa de Hannah porque es negro. Debo de tener suerte de ser blanco y católico…
Ithzak parecía desolado.
– No es culpa de Hannah. Ella dice que Elijah le parece muy simpático. Y tú también. Sólo que, mientras que Elijah esté aquí, tendremos que vernos sin que su abuela se entere.
Tenía dieciséis años y todas aquellas tonterías empezaban a ponerme de mal humor. Encuentros clandestinos, engaños, secretos… Tiempo atrás, quizá aquellas conspiraciones me hubieran parecido emocionantes, pero ahora encontraba que todo aquello era una verdadera niñería.
– Mira, Ithzak, no te preocupes por nosotros. No te estorbaremos, ¿de acuerdo? Podrás ir a casa de Hannah, pasear con ella y con su abuela y hacer todo lo que te apetezca. Elijah y yo nos mantendremos a distancia.
– Por favor, no digas eso. Yo quiero estar con vosotros. Sois mis amigos y no tenemos muchas ocasiones de vernos. A mí no me gusta el comportamiento de la señora Bilak, ni a Hannah tampoco… por favor, Silvio, quiero que estemos todos juntos… Quiero que Hannah sea vuestra amiga…
Prometí a Ithzak que le ayudaría. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Aquellas semanas en Varsovia fueron irrepetibles por lo extrañas. Elijah, Ithzak y yo nos veíamos a diario y en secreto con una adolescente judía que escapaba de la vigilancia de su abuela para reunirse con nosotros. Las conversaciones discurrían en francés, pero mis amigos traducían para mí algunas frases, y Hannah se esforzaba por utilizar las cuatro palabras que sabía en un inglés macarrónico para comunicarse conmigo.
Por supuesto, no hicimos ningún viaje. Después de la visita del señor Siewerski, Amos Sezsmann había caído en una profunda melancolía, así que rechazó todas las proposiciones viajeras del bueno de Zachary West, que se quedó con las ganas de conocer Cracovia. Él y el señor Sezsmann pasaban muchas horas hablando. West congenió enseguida con otros amigos que solían visitar la casa: un puñado de intelectuales polacos tan distinguidos como el propio Amos, que dominaban el inglés y venían casi a diario después de cenar para dilatarse hasta el alba en conversaciones que, invariablemente, acababan deslizándose en el terreno de la política, y más en concreto de la ola antisemita que estaba barriendo Alemania. Algunos de los amigos de Sezsmann eran también judíos, y casi todos habían tenido ocasión de comprobar en carne propia que no eran bienvenidos más allá de la frontera germana. Jan Szapiro, un profesor de filosofía que llevaba diez años dictando un seminario de verano en la Universidad de Heidelberg había recibido una carta del propio rector informándole de que su compromiso quedaba rescindido «sine die», y Pawel Grupinska, un anticuario oriundo de Galitzia que tenía negocios en el país vecino, había visto denegado su visado cuando estaba a punto de viajar a Alemania.
Ithzak dedicaba cuatro horas diarias a practicar con el violín y el piano. En septiembre iba a empezar a recibir clases de cello, pues debía dominar al menos tres instrumentos si quería hacer realidad su sueño de dirigir algún día una orquesta sinfónica. Aquel verano, nuestro amigo hablaba más bien poco de su futuro como músico profesionaclass="underline" pasaba demasiado tiempo flotando en su nube amorosa como para pensar en metrónomos, corcheas y partituras. Ithzak se levantaba con el alba para sus lecciones, y el resto de la jornada vivía pendiente de sus citas con Hannah Bilak, que por su parte hacía lo posible para burlar la férrea vigilancia de su abuela y reunirse con él en algún café de Varsovia.
Aunque respetábamos su intimidad y su legítimo deseo de estar solos, Elijah y yo solíamos ver a Hannah y a Ithzak prácticamente a diario, pues el músico tenía verdaderos deseos de fomentar el sentimiento de camaradería entre su novia y sus amigos. Formábamos un grupo muy particular: los dos adolescentes judíos, el joven americano de piel oscura, el español aislado de todo por carecer del don de lenguas y al que sus amigos se esforzaban por poner al corriente de sus conversaciones en francés. Lo curioso es que no me aburría. Observaba desde fuera el apasionamiento de mi querido Ithzak, que vivía la explosión del primer amor, la risueña complicidad de Elijah, la resolución de Hannah que desafiaba las reglas familiares reuniéndose con un chico negro.
Para ponerle más fácil sus escapadas, no solíamos citarnos con Hannah en lugares demasiado concurridos, como la plaza del castillo o la calle Piwna. Nos veíamos en la ladera de las murallas, donde apenas había paseantes, o en los cafés cercanos a la Universidad, raramente frecuentados por quienes podían alertar a la señora Bilak de los encuentros de su nieta con un joven de color. A veces, cuando su abuela salía a comer fuera, Hannah aparecía en casa de los Sezsmann, donde se le invitaba a compartir nuestro almuerzo. Era una muchacha adorable, casi una niña, con la piel de un blanco transparente y unos profundos ojos grises. Sonreía casi siempre, y se ruborizaba al utilizar su mal inglés al dirigirse a mí. Amos Sezsmann y Zachary West debían de entender como un juego de críos el incipiente enamoramiento de Ithzak, y fomentaban, entre burlas cariñosas, las visitas a casa de la joven polaca.
Una tarde, Hannah no se presentó en el café donde nos habíamos citado. Al llegar a casa, extrañados por su tardanza, encontramos una nota garabateada apresuradamente y salpicada de borrones causados por las lágrimas. La abuela había descubierto sus escapadas, y castigaba su desobediencia y sus mentiras sometiéndola a riguroso aislamiento. No podría salir de casa, ni recibir visitas, ni siquiera pasear por el parque en lo que quedaba de su estancia en Varsovia. Ithzak se sintió morir.