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– ¿Y por qué a vosotros?

– Pues porque me temo que esta mujer no tiene más gente en quien confiar. Vive en Alemania desde que volvió a casarse. Allí todos sus amigos son arios. Veremos lo que tardan en darle la espalda a ella. Hace bien en sacar a Hannah del país antes de que la situación se vuelva insostenible. En Varsovia está segura. Al menos de momento.

Zachary pronunció entre dientes la última frase, aunque no creo que en ese instante pudiese imaginar lo que ocurriría en Polonia seis años después.

Ithzak, Elijah y yo almorzamos con Hannah y con Edith Griessmer al día siguiente. Creo que Hannah ya sabía que su madre no iba a llevársela consigo, porque tenía los ojos llorosos y la piel levemente congestionada. La señora Griessmer había elegido un restaurante de moda con grandes ventanales que tenían vistas a la plaza del Mercado. Durante nuestra comida, pensé varias veces que nunca había tenido cerca a una persona tan llena de encanto, de gracia natural. Todo en ella era admirable, desde sus rasgos aristocráticos hasta su perfecto atuendo: un traje de chaqueta azul oscuro, perfectamente entallado, que se adhería a su cuerpo como una segunda piel, zapatos altos y un pequeño sombrero ladeado a juego con los guantes y el bolso. Sé que te parece imposible que pueda recordar todos esos detalles más de sesenta años después, pero cierro los ojos y vuelvo a ver a Edith Griessmer en aquel restaurante de Varsovia, hermosa como una actriz de cine. Todos los hombres del local la miraban a ella, y también las mujeres. Había algo particular en la madre de Hannah Bilak. Quizá su forma de sonreír o la naturalidad de su comportamiento, que la convertían en una mujer real a pesar de su belleza cinematográfica. Pensé que la recordaría siempre como aquella tarde y me resultó fáciclass="underline" no volví a verla nunca más.

Regresamos a España el día 24 de agosto. Ithzak, Amos y Hannah vinieron a despedirnos a la estación, y ella derramó algunas lágrimas al vernos partir. En realidad todos estábamos tristes, pero intentábamos animarnos con la esperanza de futuros encuentros. Pero creo que, en el fondo de nuestra conciencia, cada uno de nosotros sabía que el mundo estaba cambiando, y que cerca de allí sucedían cosas que se escapaban por completo a nuestro control. A pesar de eso, me alegro de no haber sido capaz de imaginar aquel día, en la estación de ferrocarril de Varsovia, hasta qué punto el destino de todos iba a torcerse en poco tiempo, y que nunca más volveríamos a estar los cuatro juntos, Ithzak, Hannah, Elijah y yo.

El dolor es una estación de paso. Un lugar de tránsito donde a veces no queda más remedio que detenerse antes de seguir viaje. Ojalá hubiese podido renunciar a ese apeadero, pero no fue posible. El dolor no invita. Aparece, sin más, y entonces no queda otra opción que hacer un alto en el camino y enfrentarse a la certeza de que nada podrá ser igual, que el resto del viaje se ha visto alterado por esa parada intempestiva, por esa parada indeseable, por esa parada que ha tocado en suerte. Qué ironía, llamar suerte al roce mezquino de la desgracia, al contacto íntimo con la aflicción. Qué estúpido resulta llamar suerte a la desventura.

El dolor elige con los ojos cerrados a quien le corresponde interrumpir la marcha y conocer un territorio incógnito regido por reglas distintas, por normas particulares, donde nada de lo que sabemos sobre la vida nos resulta de provecho. Existen muchos lugares comunes que en principio deberían ser de ayuda para orientarnos en el dolor, y, sobre todo, para salir de él. Pero ni las frases hechas, ni los buenos consejos, ni las recomendaciones resultan demasiado útiles. Ni siquiera la colaboración de quienes ya han estado allí, al otro lado de la frontera. Frente al dolor, en el dolor, uno siempre se encuentra solo.

Hasta que murió mi madre, era consciente de que mi experiencia con el dolor había sido tibia y limitada. No es que no hubiese perdido a personas a las que amaba, pero entonces siempre había alguien que quería a esas personas más que yo, de forma que -digámoslo así- viví el dolor en la segunda fila, experimentándolo desde una envidiable periferia. Qué fácil es, en esa posición, prodigar consejos, repartir consuelo, secar lágrimas e infundir ánimo. Qué sencillo resulta manejar el dolor cuando no es enteramente propio, cuando es otro el que arrastra la carga más pesada. Yo había dicho demasiadas veces «tienes que superarlo», «te queda mucha vida por delante», «él hubiera querido que no te hundieras», mientras apretaba una mano, acariciaba una mejilla húmeda de llanto o ponía toda la fuerza en un abrazo que trataba de ser reconfortante. Pero luego, cuando me alejaba de aquel que sufría tras perder a un padre, a una madre, a un hermano o a un cónyuge, íntimamente me reconocía incapaz de abarcar la tremenda carga de pesadumbre que se estaba abatiendo sobre los mismos hombros que había estrechado. Siempre intuí que el dolor tiene una cierta consistencia física. Por eso me sorprendía que aquellas personas fuesen capaces de sostenerse bajo un peso que suponía intolerable.

Me imagino que por eso, cuando mi madre se puso enferma, fue pánico lo primero que sentí. Miedo puro al entender que se avecinaba un encuentro con el dolor en mayúsculas, con una forma de dolor desconocida. ¿Qué tamaño tendría ese dolor? ¿A qué sabría, a qué olería? ¿Me dejaría dormir? ¿Me dejaría respirar? ¿Sería posible hacer alguna otra cosa al margen de sentir dolor? ¿Es factible caminar, comer, vestirse, mantenerse en pie con el alma partida en dos? ¿Puede soportarse ese dolor sin reventar por dentro, sin dejarse caer de bruces sobre el suelo, sin gritar? ¿Sería yo capaz de tolerar el dolor? Y mientras esperaba la respuesta a esas preguntas me consumía de miedo, de un miedo irracional que me cortaba el aliento. Aquello duró muy poco. No tardé en darme cuenta de que si quería servir de ayuda a las personas que amaba, tenía que aparcar ese pánico, colocarlo en segunda, en última posición. Así lo hice: puse mi miedo en el mismo lugar que otras muchas cosas que habían dejado de tener importancia. La necesidad de ayudar a mi madre lo ocupó todo. Así vencí mi miedo. Y supe entonces que, a mi manera, también podría resistir el dolor sin venirme abajo.

Fue lo primero que aprendí al morir mi madre: que la fortaleza del alma humana no conoce límites. Que estamos hechos para aguantar absolutamente cualquier cosa. Sí, ya sé que existen casos de personas que se han trastornado después de sufrir una tragedia, pero esos ejemplos son la excepción y no la regla. El instinto de supervivencia y el afán por conservar la cordura son, en muchos casos, muy superiores al propio sufrimiento. Por eso el dolor casi nunca nos mata, ni nos vuelve locos. Nos mutila por dentro, eso sí, pero ¿es que no puede uno vivir lisiado?

El dolor es parte de un largo proceso de crecimiento al que casi todo el mundo debe enfrentarse en alguna ocasión. Supongo que son pocos los que saben hacerlo de la forma correcta. Recuerdo que, siendo yo una niña, una mujer llegó a mi barrio y abrió junto al mercado de abastos un bazar de útiles domésticos. Vendía cafeteras, baterías de acero inoxidable, tostadoras de pan y artilugios de cocina. Aquella mujer tenía poco más de treinta años, vestía de negro y siempre estaba triste. Un día, mi madre supo su historia y nos la contó, supongo que para que no juzgásemos mal su sempiterno gesto de amargura. El marido de la dueña del bazar había muerto seis meses antes. Sólo unas semanas después, su hijo pequeño sufrió una meningitis fulminante y murió también. Viuda y con otro niño, la mujer había abierto el negocio para ganarse la vida. Se me encogió el corazón al escuchar aquel relato, y empecé a observarla con una piedad infinita cada vez que pasaba por delante de la tienda. Allí estaba ella, entre espumaderas, batidoras y sartenes antiadherentes, siempre haciendo algo, colocando cajas, ordenando el mostrador, tejiendo… No sé qué me desconcertaba más: si el despliegue de energía de aquella mujer o el que conservase, a pesar de su eterna tristeza, una completa serenidad. Nunca la vimos llorando. A veces se le perdía la mirada o contraía el gesto, y supongo que era entonces cuando redoblaba su actividad, llevaba las cajas vacías al almacén, colocaba las piezas de menaje, quitaba el polvo de los estantes, recomponía el escaparate o retomaba una labor de punto que siempre llevaba consigo. Yo no entendía el porqué de tanto ajetreo. Era una niña, y no imaginaba que la entrega al trabajo pudiese ser una forma de dar esquinazo momentáneo a la desesperación.