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El farmacéutico al que compraba todo el arsenal de medicinas que precisaba mi madre no quiso cobrarme un paquete de toallitas desmaquilladoras, «bastante estás gastando ya en todo esto», me dijo. Un día, en la Puerta del Sol, un auténtico ejemplar de macarra veló nuestro camino por un paso de peatones. Una señora mayor nos cedió un taxi. Una adolescente intercambió conmigo una sonrisa de cálida complicidad cuando me vio conduciendo la silla de mi madre por una exposición de pintura. Hubo tantos gestos de amabilidad, de compasión respetuosa, de simpatía, que no puedo recordar cada uno de ellos, pero sí el poso de gratitud que fueron dejando en mi interior. Por eso no puedo pensar que la gente es mala. Me he encontrado con demasiadas personas buenas a las que ni siquiera tuve tiempo de preguntar su nombre.

La enfermedad de mi madre me brindó también la ocasión de descubrir el valor extraordinario de los seres físicamente más débiles, el incalculable coraje de los enfermos de cáncer. Es difícil describir el ambiente de mutua solidaridad que se respira entre los que aguardan para hacerse un análisis, para pasar consulta o para recibir tratamiento de rayos. Existe un respeto escrupuloso hacia la privacidad ajena, pero también una intención unánime de ayudar a otros con la experiencia que la enfermedad va dejando a cada uno. Los enfermos y sus familiares intercambian recetas, trucos, remedios caseros para combatir las náuseas, para abrir el apetito, para dormir mejor. Se habla de libros que leer, de música para escuchar, de cremas corporales, de platos de cocina, de infusiones. En esas reuniones improvisadas, ni los enfermos ni las familias se quejan de su suerte. Dedican más tiempo a interesarse por el malestar de los otros que a lamentar el suyo propio.

En la sala de espera del oncólogo coincidimos alguna vez con una mujer de poco más de treinta años. Se llamaba Cristina. Tenía tres niños, un cáncer de mama con metástasis en el hígado y además de una esperanza ciega en su curación, la voluntad de infundir ánimos a todas las pacientes con las que se encontraba. Había que verla en acción: con sólo una mirada era capaz de detectar a la enferma más nerviosa, a la más preocupada, a la más triste de todas, y entablaba conversación con ella. Era prodigioso escucharla. Utilizaba las palabras radioterapia, metástasis o ciclo de quimio con una naturalidad pasmosa, de forma que sólo necesitaba unos minutos para prestar consuelo a la paciente que más lo necesitaba. Aclaraba a todo el mundo que su espléndida melena rubia era en realidad una peluca y facilitaba las señas de la tienda donde la había comprado, contaba que estaba siguiendo un régimen vegetariano para preservar su hígado maltrecho, que había explicado a sus hijos que iba a perder el pelo «para que no se asusten cuando tengo que lavar el postizo». Se reía mucho, era guapa y alegre, y joven, y estaba enferma, y quería ayudar a otros, y no tenía miedo, y contagiaba su serenidad y su optimismo y sus ganas de estar viva. No sé qué habrá sido de Cristina, pero deseo de todo corazón que siga ahí, repartiendo a manos llenas el valor envidiable que tantas veces sirvió de asidero a muchas personas asustadas.

En el caso del cáncer, el miedo puede ser peor que la enfermedad misma. Yo, ya lo he dicho, tuve mucho miedo cuando diagnosticaron a mi madre. Luego se me pasó, cuando comprendí que la única forma de serle útil era sacando el coraje de cualquier sitio. El desconsuelo paraliza todo, pero luego nos da una fuerza desconocida que nos lleva, incluso, a olvidar la aflicción para concentrarnos en ayudar a quien verdaderamente importa. Hay algo particularmente hermoso en esa entrega a alguien querido. Cuidar de un ser amado encierra una belleza única y proporciona una paz que es imposible conocer de otra forma. Eso era lo que yo sentía cuando ayudaba a mi madre a vestirse, cuando tenía que lavarla o llevarla al baño: una emoción intensa que no había experimentado antes, similar al orgullo, pero mucho más puro y más noble, algo que me aligeraba el alma y me hacía sentir, por primera vez en mi vida, que lo que estaba haciendo era realmente valioso e importante y que tenía sentido en sí mismo.

Sé que es inútil explicárselo a alguien que no lo haya vivido, pero cuando estaba cuidando físicamente de mi madre, a pesar de la gravedad de su estado, a pesar de que se acercaba la muerte, sentía algo parecido a la felicidad. En el preciso instante en que hacía caer agua tibia por su cuerpo maltrecho, mientras la secaba o le daba un masaje en las piernas, le estaba haciendo llegar a ella todo el inmenso caudal de cariño que habíamos acumulado juntas durante treinta y cuatro años. Ojalá nunca hubiera tenido que lavar a mi madre. Ojalá nunca hubiera tenido que hidratarle la piel, que sostenerle la cabeza mientras vomitaba, que sujetarle la mano o acariciarle el pelo durante una crisis de dolor. Pero qué infinita suerte tuve al brindárseme la ocasión de hacerlo. Qué experiencia grandiosa la de poder cuidar de alguien a quien se ama tanto.

No siempre fuimos completamente infelices durante las semanas que precedieron a la muerte de mi madre. Lo cierto es que luchamos con uñas y dientes por procurarnos algunos momentos de alegría. Recuerdo algo que ocurrió una noche con mi sobrina, que entonces tenía ocho meses. Yo jugaba con ella y empezó a reírse. Creo que nunca he escuchado carcajadas tan imponentes en un bebé. Se reía con fuerza, con ganas, como si quisiese jalear mis payasadas y mis muecas. La pequeña se escacharraba, literalmente, y mi madre y yo nos contagiamos de su risa ignorante. Acabamos riéndonos con ella, y ella con nosotras. No puedo explicar la carga de dicha, la invaluable carga de dicha fugaz que nos transmitió la niña en aquel momento. Me pregunté de dónde estábamos sacando fuerzas para reírnos así en medio de una situación como la nuestra. Ahora lo sé: la risa venía del profundo amor que nos profesábamos, del deseo de sentirnos vivas, de imaginar, por unos segundos, que teníamos verdaderos motivos para reír.

Es una imagen hermosa. Tres mujeres separadas por un abismo de tiempo y de circunstancias riendo al mismo tiempo. Mi madre, la abuela, intentando a sus sesenta años agarrarse a la vida. Yo, con treinta y cuatro, buscando desesperadamente algún motivo para la esperanza, perdida en mis dudas, haciéndome preguntas, esperando respuestas, intentando dominar mi angustia. Y el bebé, inconsciente de todo, aguardando otra ocasión para seguir riendo. Mi madre, que pertenece a una generación que consideraba a los médicos como enemigos. Yo, que llevo años visitando al ginecólogo y haciéndome exámenes periódicos de todo tipo para prevenir los infinitos morbos de la sociedad moderna. Y la niña, mi sobrina, riendo a nuestro lado. Ella verá otro mundo distinto y, quizá, cuando tenga mi edad, o la edad de mi madre, ya nadie morirá de cáncer. Aquella noche, con menos de un año de vida, ajena a la realidad terrible que nos había tocado enfrentar, se reía sin saber que su risa nos hacía a su abuela y a mí extraordinariamente libres y, por unos segundos, incapaces de pensar en otra cosa distinta de aquellas carcajadas que volaban por la habitación y nos bendecían a las tres. Algún día, cuando sea mayor y capaz de entenderlo, explicaré a esta niña que mucho tiempo atrás hizo a dos mujeres tristes uno de los más grandes regalos que habían recibido en su vida: la oportunidad de ser felices durante unos instantes de plenitud irrepetible.

También recuerdo el día que nevó. La ciudad estuvo bellísima durante unas horas, hasta que la nieve fresca se convirtió en una especie de porquería fangosa que ensuciaba las calles y complicaba el tráfico. Aquella tarde, en muchas páginas de internet publicaron fotos de los edificios nevados, de los parques y jardines cubiertos de blanco. Se las enseñé a mi madre. Y ella hizo el esfuerzo supremo de dejar de lado el dolor físico para admirar conmigo las estampas invernales, los árboles purificados por la nieve, los palacios inmaculados, las calles desiertas de un Madrid distinto. Aquel ordenador portátil dio a la enferma la oportunidad de contemplar la momentánea metamorfosis de un mundo que podía volverse espléndido, y a mí la ocasión de participar de su entusiasmo valiente al ver las fuentes heladas del Retiro, la blanca explanada del Palacio Real, los árboles de los jardines de Sabatini combados bajo el peso de la nieve, las torres nevadas de las iglesias. ¡Qué cosa tan preciosa, qué cosa tan preciosa!, decía ella, mientras yo abría otras páginas y buscaba otras imágenes con las que avivar su espíritu. Sólo los seres extraordinarios, como mi madre, son capaces de hacer algo así: conmoverse pasando por encima de las miserias del sufrimiento. Fue una suerte haberle mostrado aquellas fotos, porque fue la última ocasión que tuvimos para asomarnos juntas a la belleza en estado puro.