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– No seas estúpido. Tú podrías proporcionarnos pasaportes, visados, qué sé yo. Cualquier cosa que pueda servir como salvoconducto para cruzar una frontera.

– Oye, no sé quién te has creído que soy ni lo que hago en el ministerio. Estoy en una maldita oficina archivando papeles, rellenando instancias y pegando sellos. No he visto un pasaporte desde que perdí el mío. Además ¿de verdad me estás pidiendo que robe documentos oficiales? Te recuerdo que aún soy militar. Podrían fusilarme por hacer una cosa así.

Me di cuenta de que la cabeza me dolía como si estuviese a punto de reventar. No tenía aspirinas en casa. En realidad, supongo que casi nadie tenía aspirinas en el Madrid de 1939. Frente a mí, Zachary West parecía esperar a que yo dijese algo más, pero la verdad es que sólo quería que se marchase de allí con sus historias tenebrosas sobre barcos fantasma y amenazas que quizá existían sólo en la mente de algunos visionarios. Si la situación de los judíos era tan terrible, ¿de verdad el resto de los países hubiesen ignorado su suerte? Y esa tontería del barco, el dichoso Saint Louis… ¿quién iba a creerla, salvo un estúpido? ¿Casi mil almas viajando a la deriva en un barco sin destino? Además, ¿quién había fletado la nave? Y si lo había hecho el gobierno de Hitler, ¿no era eso una muestra de buena voluntad hacia los judíos que deseaban abandonar Alemania? ¿No resultaba incompatible con ese apocalipsis de persecuciones, asesinatos y demás atrocidades del que hablaba mi amigo?

– Zachary… no te ofendas, pero creo que esta historia no es exactamente como me la cuentas. Imagino que ésa es la versión que están dando los judíos, pero me niego a pensar que el gobierno de un país civilizado pueda hacer la vida imposible a un puñado de ciudadanos sólo por cuestiones religiosas. Reconozco que no sigo muy de cerca los sucesos de la política internacional, pero imagino que los judíos alemanes habrán planteado problemas al gobierno de Hitler, y éste habrá tenido que defenderse de ellos. Si los judíos polacos demuestran un poco más de tacto, apuesto a que no tendrán nada de qué preocuparse. No creo que Amos e Ithzak se metan en líos, ni con Hitler ni con nadie. ¡Si ni siquiera les interesaba la política! Estarán en su casa, esperando a que pase la tormenta.

Fue entonces, al decir aquello, cuando me di cuenta de que a Zachary se le habían llenado los ojos de lágrimas.

– Voy a marcharme. Estoy perdiendo el tiempo contigo, y tengo demasiadas cosas que hacer. Estás enfermo, Silvio. Estoy seguro de que algún día te avergonzarás de lo que acabas de decir. Cuando eso ocurra -me tendió una tarjeta en la que había anotado una dirección- envíame un telegrama. Te estaré esperando, Silvio.

No aguardó a que le acompañara a la puerta. Tomó su sombrero y su caja de cigarros y se marchó. Ya estaba en la escalera cuando me di cuenta de que se había dejado sobre la mesa la foto de Elijah, sonriendo durante su ceremonia de graduación. Mírala. ¿Verdad que se le ve feliz?

Unas semanas después, Inglaterra declaró la guerra a Alemania. Bueno, me dije, ahora se arreglarán las cosas para Ithzak y los demás. La verdad es que no sé si fui tan imbécil como para creer realmente que los problemas de mis amigos habían terminado, o si sólo intentaba tranquilizar mi conciencia pensando que otros se estaban ocupando de prestarles la ayuda que yo les había negado. Qué cinismo, ¿verdad? Hacer cargar con el muerto a Churchill, y a partir del 42, a Roosevelt o al mismo general Eisenhower. Después de todo, poner el mundo en orden era cosa suya. Yo me pasé más de cinco años -los mismos que duró la guerra- sacando punta a los lápices, escribiendo cartas insulsas y, esencialmente, vegetando diecisiete horas al día. También escalé posiciones en el ministerio: mis estudios de bachiller y, sobre todo, mi dominio del inglés, acabaron resultándome de gran ayuda. Se me asignó un despacho oficial y un asistente, y si lo solicitaba con antelación, incluso podía disponer de chófer. No hace falta que te diga que mi cambio de estatus me traía sin cuidado. Seguía viviendo en la misma casa, comiendo en el mismo restaurante, y teniendo pocas relaciones y ningún amigo.

Supongo que te preguntarás si, en esos años, recibí noticias de la política de exterminio aplicada por Hitler sobre los judíos de los países ocupados. La respuesta, Cecilia, es no. Puedo jurártelo. Mi postura frente al problema había sido la de un completo miserable, pero en el fondo no resultó muy diferente a la actitud de la comunidad internacional. Yo ignoré los datos que me proporcionaba Zachary West. El mundo, las señales de alarma lanzadas por miembros de la resistencia, por judíos que habían logrado librarse de los traslados a los campos de la muerte. Yo rechacé la oportunidad de salvar un puñado de vidas. Nuestra mal llamada civilización occidental no quiso poner obstáculos al exterminio de siete millones de seres humanos. En ese aspecto, me siento vergonzosamente empatado con el mundo, que fue, en lo que respecta al holocausto, ciego, sordo y mudo.

No pienses que estoy buscando una justificación para lo que hice. Nunca, jamás, he dejado de reprocharme el haber dejado escapar la ocasión más fabulosa que me ha brindado la suerte. Pude contribuir a salvar la vida de algunas personas, y no quise hacerlo. He vivido sesenta años con el peso de esa culpa, y, lo creas o no, se vendrá a la tumba conmigo. Muchas veces, antes de dormir, intento imaginar los rostros de aquellos desconocidos a los que dejé morir. Veo a jóvenes, a mujeres, a niños, a ancianos, a hombres condenados al infierno que quizá hubieran podido cambiar su destino sólo con que yo me hubiese arriesgado a robar para ellos un miserable pedazo de papel. Nunca sabré los nombres de los que empujé al abismo, pero han vivido conmigo, Cecilia. Están en mis sueños y en mis pesadillas, y me señalan con el dedo. Quizá el mundo pueda perdonarse el haber mirado hacia otra parte mientras funcionaban los crematorios de Auschwitz, de Treblinka, de Dachau, de Bergen-Belsen. Los organismos internacionales intentaron reparar su error ayudando a los judíos a recomponerse como pueblo, y así, de alguna forma, creyeron que sus culpas quedaban expiadas. Pero uno no puede purgar una culpa como la mía, igual que no se puede pedir perdón a un fantasma.

Las primeras noticias sobre los campos de concentración llegaron a España poco después de finalizada la guerra, y nunca de forma oficial. Los relatos de las atrocidades nazis circulaban de forma esporádica y difusa, transmitidos de boca en boca, y yo prefería pensar que aquellas historias terribles habían pasado por tantas manos que habían ido creciendo en intensidad y crudeza hasta perder todo viso de realismo. Como muchos otros, no quería creer que el horror hubiese estado a tan pocos kilómetros de distancia, y que todos -empezando por mí mismo- hubiésemos consentido su existencia.

Más de una vez sentí el impulso de ponerme en contacto con Zachary West para contrastar con él las informaciones que iba recibiendo y, sobre todo, para obtener noticias de Hannah, de Ithzak y de Amos Sezsmann. Me contaron que tras la ocupación los alemanes habían confinado a todos los judíos de Varsovia en un solo barrio de la ciudad, y que los que no murieron allí víctimas del hambre y del frío lo habían hecho en los campos de trabajo. ¿Es posible que mis amigos hubiesen acabado así? Quería pensar que no, que Zachary West habría utilizado sus contactos para hacerles salir de Polonia. Sí, a buen seguro los Sezsmann se encontraban ahora en algún lugar pacífico de la Suiza neutral. Ithzak y Hannah se habrían casado, y él sería ya director de una orquesta filarmónica cuya actividad se multiplicaría con la llegada de la paz. Amos estaría muy recuperado de sus dolencias. Quizá mis amigos le habrían hecho abuelo, un abuelo capaz de tocar el violín incluso privado de la visión. En cuanto a Elijah, ¿que habría pasado con él? Posiblemente sería arquitecto. Estaría en América, levantando edificios altísimos de acero y cristal. Eso me repetía para poner a salvo mi mala conciencia. En el fondo, me aterraba la posibilidad de que mis amigos polacos hubiesen sido asesinados por los nazis, de que Elijah se hubiera alistado y hallado la muerte en algún campo de batalla en Europa, y de que yo hubiera seguido viviendo ignorante de la desaparición de todos ellos. Sólo la vergüenza y el profundo desprecio que empezaba a sentir por mí mismo me impedían buscar la tarjeta entregada por Zachary West para demandarle, de rodillas si era preciso, noticias sobre Ithzak, sobre Hannah, sobre Elijah, sobre Amos. Sobre aquellos que, en definitiva, habían sido en otro tiempo los pilares básicos de mi vida.