– No tuve mucho tiempo para hablar con su amigo. Si los guardias te sorprendían de cháchara, podían matarte de una paliza. Me dijo que era polaco…
– Vivía en Varsovia…
– Entonces debía de venir del gueto. La vida allí era terrible, ¿sabe usted? Los boches metieron en un barrio a todos los judíos de la ciudad. No había comida, las casas eran estercoleros y la gente se moría de hambre en plena calle. De vez en cuando, llegaban los nazis, mataban a los viejos y a los inútiles y se llevaban a un montón de personas a los campos de trabajo. Los cargaban como si fueran bestias en vagones de tren, y hacían el viaje de pie, sin comer ni beber, helándose en invierno y asfixiados en verano. Cuando abrían los furgones, algunos estaban muertos. ¿Tenía familia su amigo?
– Su novia salió del país poco después de la invasión alemana. Su padre estaba muy enfermo, tal vez habría muerto.
Ignacio Font dijo entonces que en el gueto los enfermos tenían los días contados. Si Ithzak había sobrevivido allí durante dos años, eso quería decir que no había tenido que cuidar de nadie más que de sí mismo. Era la única forma de resistir y, por supuesto, de eludir las deportaciones periódicas.
– Lo mismo que en el campo. O te ocupabas de ti, o estabas listo. Aquel chico, Sezsmann, me habló de usted y de otro amigo americano, y de una novia que tenía, y me pidió que les encontrase cuando saliera de Mauthausen. Quería que yo les dijese que había estado con él, y también que había muerto. Intenté animarle, tranquilo, hombre, no te vas a morir, pero él no era idiota y sabía que le quedaba poco tiempo, eso fue lo que me dijo. Me dio la impresión de que estaba muy al tanto del funcionamiento de los campos. Los alemanes solían informar del fallecimiento de algunos de los prisioneros, pero no si eran judíos. A ésos los llevaban al horno, y se acabó. Sezsmann no quería que sus amigos y su novia le siguiesen buscando al acabar la guerra. Yo le juré que daría con usted aunque estuviese debajo de una piedra. Apunté el nombre de Ithzak, y también el suyo, y el de su ciudad, Ribanova, él lo pronunciaba muy gracioso, Gaifanofa, me decía, y me lo tuvo que deletrear porque no me enteraba. Recuerdo que nos reímos los dos. Y le aseguro que reírse en el campo era muy difícil. Eso pasó tres días antes de que se muriese. Yo creo que fue agotamiento, ¿sabe? Muchos morían así. Caían al suelo como sacos de patatas y ya no se levantaban. Simplemente, no podían más. Le voy a decir una cosa… no conocí mucho a su amigo pero había algo en él… no sé… mire que vi pasar gente por el campo, pero a pesar de que estaba hecho fosfatina, aquel chico tenía algo distinto…
– Era músico -dije yo, no sé si para ayudarme a tragar las lágrimas o como si ese detalle pudiese explicar el hecho de que mi amigo fuese un ser diferente.
– Eso no me lo dijo. Claro que en Mauthausen nadie se acordaba de esas cosas. ¿De qué iba a servirle a uno la música en un lugar así? Pero parecía un chico estupendo. Y no estaba asustado. Allí, todo el mundo tenía miedo. De los alemanes, del frío, de los golpes, de morir. Él no. Ojalá yo hubiese sido la mitad de valiente que aquel chaval.
El campo de Mauthausen había sido liberado por los americanos el 5 de mayo, sólo unos días antes de la capitulación alemana. Parte de los supervivientes fueron trasladados a Francia, donde la Cruz Roja se ocupó de ellos.
– No sabía si iba a poder volver a España -bajó la voz y miró en torno suyo antes de seguir-: Por cosa de ideas, ¿me entiende? Pero el alcalde de mi pueblo es primo de un obispo, y el hombre pidió por mí. Ya ve lo que es tener a los curas de parte de uno: pude regresar a casa sin pasar por la cárcel. Tuve suerte, ¿verdad? Primero me salvo de los alemanes y después del exilio. Lo dicho, que a pesar de todo no me puedo quejar.
– ¿Dónde vive ahora?
– En Barcelona, con mi hermana. Mi cuñado va a darme trabajo en un taller de confección para que pueda ir tirando. Pero yo le dije que, antes de nada, tenía que encontrarle a usted. Se lo había jurado a ese amigo suyo. Por eso fui a Ribanova. Pensé que vivía allí. Sus padres me dieron las señas de su oficina en Madrid, y aquí estoy, cumpliendo.
Nunca en mi vida experimenté un sentimiento de gratitud tan grande hacia nadie, menos aún hacia un desconocido. Hubiera querido hacer cualquier cosa por aquel hombre que, enfermo y solo, había cruzado el país para traerme una noticia terrible que no podía seguir ignorando. Le propuse a Ignacio Font que se quedase a dormir en mi casa, pero dijo que ya había pagado la pensión, y que por la mañana cogía el primer tren a Barcelona. Pensé en darle dinero, pero estoy seguro de que lo habría considerado como una ofensa. Sólo aceptó que le invitase a cenar.
Escogí un restaurante caro y conseguí que pusiesen la mesa en un salón reservado para que Ignacio pudiese hablar a sus anchas. Pedí vino, gambas y solomillo. Font me dijo que todavía no era capaz de evitar que le temblasen las manos cuando veía mucha comida junta.
– Estuve pasando hambre durante cuatro años. Cuando entraron los americanos y nos dieron comida, me salvé por los pelos de morir de un atracón. Fue gracias a otro español que era médico y me dijo que comiese despacio, que no tenía el estómago acostumbrado y me podía dar un mal. Otros no hicieron caso y se pusieron tibios de chocolate y galletas y de trozos de carne en conserva. Más de uno se murió allí mismo, que ya es mala suerte: tanto tiempo a pan y agua para acabar así, reventado.
Aquella noche, Ignacio Font me hizo un retrato deslavazado y espantosamente real de la vida en Mauthausen. Me habló de la selección de prisioneros, hecha nada más llegar, cuando los más débiles eran enviados directamente a las cámaras de gas, y de allí a los hornos crematorios. Me habló de las raciones miserables de comida, del frío y las caminatas bajo la nieve, de las palizas, de las torturas. Me habló del mal llamado dispensario, que era en realidad un gabinete del horror donde un grupo de supuestos médicos sometía a los internos a los más descabellados experimentos con pretensiones científicas.
– Allí había de todo. A uno le inyectaron gasolina en el corazón. A otro lo operaron anestesiándole antes con un golpe en la cabeza. Contado así, hasta parece de risa.
Los internos de Mauthausen trabajaban en la cantera de granito, donde cumplían jornadas de catorce o dieciséis horas, «en invierno algo menos, pero porque había poca luz y no se veía un pijo». También me explicó que él, gracias a su experiencia como barbero, había conseguido eludir los trabajos más duros del campo.
– Sólo estuve un mes y medio en la cantera. Luego me pusieron a rapar a los que llegaban. Los pelaba completamente, ¿sabe? Quedaban como recién nacidos. Recuerdo a un chico holandés, muy educado, con pinta de estudiante, que se echó a llorar cuando le acerqué la navaja a los huevos. Pobre chaval. Murió en quince días. Comparándome con los demás, lo mío era gloria bendita. Tenía más comida y hacía lo que mejor se me daba, porque además de dejar pelados a los presos, también me encargaron afeitar y cortar el pelo a los alemanes. Por un lado estaba bien, ¿sabe? En los barracones de los oficiales siempre hacía calor, y daba gusto entrar. Pero también iba acojonado. Porque con ésos podía pasar cualquier cosa. A otro barbero lo mataron de un tiro porque había hecho un corte en la mejilla a un capitán. Menos mal que tengo buen pulso y nunca me ocurrió nada. Conmigo estaban contentos, y a veces me daban cigarros, mermelada o embutidos. Una tarde me ofrecieron chocolate. Se morían de risa, los cabrones, al verme chupándolo con los ojos cerrados, para que durara más. Qué vergüenza me da cada vez que me acuerdo de cómo agradecía sus regalos de mierda, bajando la cabeza igual que un perro. Lo peor es que sé que estoy vivo gracias a aquellos trozos de salchicha y los pedazos de pan que me daban los nazis. Aunque también me llevé lo mío, no se crea. Hubo un oficial que me molió a palos porque había utilizado con un guardia una navaja que sólo debía usar para afeitarle a él. Lo malo es que si me hubiese negado a coger aquella navaja tan bien afilada, los golpes me los hubiera dado el otro. Allí te podía caer el mundo encima cuando menos te lo pensabas. Querías hacer las cosas bien, pero las reglas cambiaban de un día para otro, y por mucho que lo intentases, siempre acababas metiendo la pata.