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Ignacio me habló también del código de colores de los prisioneros -un triángulo amarillo para los judíos, verde para los delincuentes, rojo para los presos políticos…-. Él lucía el triángulo azul destinado a los apátridas.

– Pero usted es español.

– Como si no. Además, me daba lo mismo. Pues sí que hicieron mucho mis paisanos para sacarnos de allí… bueno, esto dicho en confianza… Le estoy hablando como a un amigo, usted ya me entiende.

A pesar de lo terrible de su narración, Ignacio parecía contento durante la cena, y pidió permiso para repetir el postre. Luego, mientras tomábamos café y nos fumábamos un puro, hablamos de su nuevo trabajo en la fábrica de confección. Su cuñado le había propuesto montar una peluquería en un pequeño local contiguo al taller textil, pero Font se había negado.

– Lo que es yo, no vuelvo a afeitar más barbas que las mías. Bastante tuve con estos cuatro años trasquilando alemanes y pelando a desgraciados antes de que los matasen.

Quería encontrar una novia -«antes tendré que engordar un poco, quién me va a querer ahora que parezco un tuberculoso»-, casarse, tener hijos y, con el tiempo, comprarse una casa en su pueblo para acabar viviendo allí. Comparé a aquel hombre conmigo. Éramos de la misma edad, y el infierno pasado por él en el campo de exterminio dejaba pequeño a mi purgatorio en el frente del Ebro. En realidad, mis días en la guerra empezaban a parecerme unas vacaciones pagadas al lado de lo vivido por Ignacio Font y otros internos de Mauthausen. Sin embargo, a pesar de su pésimo aspecto, de sus ojos vidriosos y su piel de tísico, él tenía una fuerza que a mí me faltaba y que venía, estoy seguro, de la tranquilidad de su conciencia. Estábamos a punto de despedirnos cuando le pregunté cómo había conseguido sobrevivir cuatro años en aquellas condiciones, y frunció un poco el ceño, como si tuviese que pensarse la respuesta.

– Ya le dije que tuve suerte. Y además había otra cosa… un día, uno de los guardias nos dijo que nadie se iba a enterar de lo que pasaba en Mauthausen porque ninguno de nosotros iba a salir vivo para contarlo. Así que cuando me pegaban, cuando tenía hambre, cuando pasaba las noches muerto de frío, me decía a mí mismo, esto se lo voy a contar yo a todo el mundo, se va a enterar la gente de lo que han hecho estos hijos de puta. Y fui aguantando. Pensé que no iba a ser capaz, pero ya ve. Uno nunca sabe. Nunca sabe.

Al día siguiente acompañé a Ignacio a la estación. Le di una tarjeta con mi nombre y mi cargo en el ministerio, y le pedí que no dudara en llamarme si él o su familia tenían algún problema. Dijo que me tomaba la palabra: «los amigos, hasta en las puertas del infierno».

Nos dimos un abrazo de despedida. Luego esperé hasta ver partir el tren que se llevaba al hombre que había hecho más de mil kilómetros para cumplir la palabra dada a un desconocido. Al hombre cuya visita iba a cambiar otra vez el curso de mi vida. Aquella mañana llegué tarde al ministerio. Estuve paseando por Madrid acompañado del recuerdo de Ithzak Sezsmann, espantado todavía por la noticia de su muerte y más aún por las circunstancias atroces que la habían rodeado. Nuestro Ithzak, que estaba destinado a convertirse en director de orquesta, a recibir aplausos, a fundar una familia de la mano de Hannah Bilak, a recorrer el mundo con su esposa y su música. Nuestro Ithzak, del que siempre pensé que era un elegido de la suerte. Ithzak Sezsmann, mi amigo, mi hermano, al que había jugado a ignorar durante tanto tiempo, luchaba por seguir vivo mientras yo empleaba las horas en destilar una amargura inútil que se había vuelto contra mí mismo, convirtiendo los últimos seis años de mi vida en un bochornoso erial. Cuando llegué a mi oficina, pasadas ya las doce del mediodía, lo primero que hice fue redactar un telegrama para Zachary West: «Ya estoy avergonzado. Si no es demasiado tarde, necesito verte.»

Esta mañana me miré al espejo por primera vez en mucho tiempo. Quiero decir que hoy, después de meses sin hacerlo, dediqué unos minutos a contemplarme, a estudiar mi reflejo, a buscar sin prisa lo que hay del otro lado. Esta mañana me enfrenté a la imagen de mí misma que he labrado durante todo este tiempo. Allí estaba yo, una mujer de treinta y cinco años que ve alargarse hacia ella, como una amenaza, la sombra traidora de la cuarentena. Mi piel va dejando de ser joven. Tengo algunas arrugas alrededor de los ojos, y las últimas penas han dejado en mi frente unos surcos que puedo percibir incluso con los ojos cerrados, con sólo pasar el dedo sobre ellos. Me pregunto si soy del todo consciente de la madurez que se avecina o si, de forma bastante insensata, sigo aferrándome a una edad que ya no tengo. El encuentro con el espejo me recuerda la verdad. Ésa soy yo. Ésa, la que me mira desde el otro lado del azogue, es la persona que he ido construyendo durante una vida que no es tan corta.

Esta mañana he sonreído al espejo. Al hacerlo me brillaron los ojos y volvió a ellos, de una forma fugaz, la sombra de mis veinte años. Pero ya no los tengo. La edad es cruel con las mujeres. El cutis pierde lozanía, el cabello se marchita y aparecen en la piel algunas manchas que ayer no estaban, que no estuvieron nunca y que están ahora para recordarnos el paso del tiempo. Esta mañana he decidido que en realidad me importan muy poco mis arrugas, y que nada puedo hacer contra ellas salvo redoblar mis esfuerzos con las cremas hidratantes y las mascarillas nutritivas. Bastante tengo con concentrarme en las arrugas que llevo dentro, esas que no ve nadie, esas que, salvo yo, ignora todo el mundo.

Mi madre tuvo siempre una piel fantástica. Y eso que no le hacía ni caso. Se echaba cuatro pegotes de crema de vez en cuando, y le era más que suficiente para mantener el rostro en perfecto estado de revista. Era una mujer muy hermosa. Cuando miro alguna de sus fotos en blanco y negro, me parece estar viendo a una estrella de cine, a una actriz desconocida retirada por amor de los focos y el estrellato. Algo así ocurrió con mi madre: lo dejó todo para concentrarse en su familia. Alguna vez discutí con ella por eso. A quién se le ocurre, decía yo, renunciar a los estudios en la universidad para eternizarse en un noviazgo larguísimo. A quién se le ocurre, seguía machacando, tener tres niños en cinco años y dedicarse a la casa, estar todo el día de la ceca a la meca, absorbida por un trabajo que no te agradecía nadie, ni siquiera nosotros, las tres fieras corrupias, ni papá, que durante mucho tiempo creyó que las lavadoras se ponían solas, que la comida aparecía en la mesa por arte de birlibirloque, que las bolsas de la compra subían por voluntad propia las escaleras de casa. Ella se reía y decía que no se hubiese cambiado por ninguna otra mujer. Había sido feliz así, lavando pañales, viviendo en una buhardilla sin ascensor, subiendo y bajando cuatro pisos dos o tres veces al día con un bebé en los brazos y otro agarrado de su mano.

Mi madre siempre estaba contenta. La recuerdo canturreando mientras hacía la comida o cuando planchaba nuestros vestidos, de un eterno buen humor al volver del mercado o al llevarnos al colegio. Estaba satisfecha con su elección. Con su vida entre cerros de ropa que planchar, menús semanales y compras de alimentación para cinco personas. Aquella actividad para mí aburridísima no parecía ponerla de mal talante. Al contrario: mi madre estaba orgullosa del trabajo que hacía, de tener un horario de veinticuatro horas sin paga de beneficios ni posibilidades de ascenso.