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Cuando yo era pequeña, me daban mucha pena las niñas cuyas madres trabajaban fuera de casa. Qué placer era entonces encontrar siempre a mi madre cuando volvíamos de la escuela. Qué gusto que todas las comidas estuvieran listas a su hora, que cuando uno de nosotros caía enfermo ella pudiese velar un sueño inquieto, poner paños frescos en una frente que ardía, administrar un jarabe o controlar la temperatura. Qué suerte tener una madre siempre presente, preparada para secar lágrimas, para curar una rodilla herida, para consolar, para reñir incluso. Cuando era pequeña, yo no tenía llaves de nuestro piso. ¿Para qué, si sabía que mi madre nunca iba a estar fuera cuando yo llegara?

Más adelante, ya adulta, empecé a reprocharle su dedicación a nosotros, su autoinmolación, la castración a la que voluntariamente se había sometido. Qué ganas de estar todo el día en casa, qué ganas de poner lavadoras, de madrugar para hacer el desayuno, de pelar patatas para cinco. ¿Por qué no nos dabas patatas de paquete, como otras madres?, le decía. Ella recordaba sus patatas fritas doradas, crujientes, abundantes, y aclaraba las cosas sin perder la sonrisa.

– Quería hacer bien mi trabajo. Tú también quieres hacer bien el tuyo. Mi trabajo era cuidar de vosotros.

Yo, tan moderna, tan progre, tan liberada, hubo una época en la que vi a mi madre como una especie de esclava digna de lástima. Hay que ser tonta, pensaba yo, hay que ser muy tonta para casarse con el primer novio que se tiene, para parir dos niñas en quince meses, para asumir todo el trabajo de una casa durante cincuenta y dos semanas al año, sin días libres, ni fines de semana, ni vacaciones ni nada de nada. Y encima, sin quejarse, la pobrecita. Después caí en la cuenta de que mi compasión era también una falta de respeto al camino elegido por mi madre. Una elección de la que no se arrepintió nunca. «Mi trabajo era ése. Yo quería hacer bien mi trabajo. ¿No quieres tú hacer bien el tuyo?» Por eso cantaba mientras recogía la mesa. Por eso estaba siempre como unas castañuelas. Por eso no la ponían de mal humor las manchas de tinta en los mandilones del colegio ni nuestras urgencias a la hora de cenar. Porque era feliz con la vida que había escogido y no tenía nada que echar en cara a nadie. Estaba justamente orgullosa de sí misma, de la familia que había creado, de poder asistir a las funciones de Navidad, de venir a buscarnos cuando acababan las clases, de preparar nuestras fiestas de cumpleaños. Cuando llegaba a casa del colegio, era mi madre quien abría la puerta de la cocina, donde flotaba el olor sabroso de algún guiso casero. Allí estaba ella, hecha sonrisas. Durante años, al entrar en mi casa, lo primero que veía era a una mujer completamente feliz. Y ahora me doy cuenta de cómo esa circunstancia marcó mi niñez. La convivencia diaria con la alegría es el mejor regalo que puede recibir un niño.

Mi generación ha pasado años mirando por encima del hombro a mujeres como mi madre, compadeciendo su suerte, reivindicando por ellas el derecho a huir del hogar, de las familias numerosas, de las cacerolas y las listas de la compra. Nunca nos dio por pensar que, entre tantas mujeres insatisfechas, entre tantas mujeres decepcionadas con su suerte, entre tantas mujeres que renegaban de su condición de amas de casa, había un puñado de mujeres dichosas a las que gustaba lavar pañales, planchar camisas y hacer potajes, y que no sentían como un fracaso el haberse consagrado a sus familias. Cuando torcemos el morro ante las vidas de estas mujeres, no pensamos en ellas sino en nosotras mismas inmersas en una existencia así, que se nos antoja vacía de todo contenido. Ni en un millón de años hubiese cambiado mi vida por la vida de mi madre. Pero creo que ella tampoco hubiese cambiado la suya por la mía.

Una vez, hace casi veinte años, mi hermana quiso repetir aquel modelo de comportamiento. Tenía un novio adolescente, y empezó a dar vueltas a la posibilidad de renunciar a la universidad para quedarse en Lugo, estudiando cualquier cosa poco complicada, para casarse con él lo antes posible. Se lo planteó a mi madre como quien tiene una idea genial, y entonces ella montó en cólera. Le dijo que estaba completamente loca si de verdad creía que iba a dejar que hiciera semejante estupidez. Que se lo quitase de la cabeza, porque no pensaba consentirlo. Eso fue lo que dijo. Sencillamente, que no lo permitiría.

– Vas a irte a Madrid, vas a estudiar en la universidad, vas a licenciarte y ni sueñes con quedarte aquí aprendiendo a hacer lentejas, ¿te queda claro? Ni lo sueñes. Pues hasta ahí podíamos llegar.

Mi hermana no entendía nada.

– Pero si fue lo que tú hiciste.

– No es lo mismo.

Fue su última palabra. Mi hermana no volvió sobre el asunto: mi madre había sido demasiado contundente al respecto. Se vino a Madrid, vivió en un colegio mayor y luego en un apartamento, se licenció, se espabiló. Hizo viajes y conoció a otra gente. Años después rompió con su novio y se casó con otro chico.

Mi hermana y yo hablamos muchas veces de aquella tarde, cuando nuestra madre puso coto a sus intenciones de repetir el esquema de comportamiento del que estaba tan orgullosa. No es lo mismo, había dicho. Tenía razón. Los tiempos habían cambiado, y ella lo había visto antes que nadie. Le gustaba su vida, pero, al mismo tiempo, no quería una vida como la suya para ninguna de sus hijas.

Llevo en la cartera una foto de mi madre tomada en el año 78. Acababa de cumplir treinta y tres años y no le había salido ni una arruga. Tenía la frente limpia, los pómulos altos y tensos, la expresión fresca de una adolescente. Fue mi padre quien tomó el retrato en unas vacaciones, durante el viaje en barco a Ibiza. Mi madre era muy guapa, y está especialmente guapa en esta foto. Lleva el pelo recogido bajo una pañoleta, una camisa de algodón, una falda de flores a la moda de los setenta. Nosotros, sus tres hijos, estamos junto a ella. Es la única que no mira a la cámara. Quizá había fijado los ojos en el mar, en el horizonte azul del Mediterráneo. La imagen de mi madre en esta foto es la de una mujer hermosa, serena, feliz. Una joven madre que reivindica su condición. No parece una esclava. La forma de mirar es la de alguien satisfecho con su elección vital. No sé si yo sería capaz de mirar así, con esa elegante despreocupación, con esa sensación de tranquilo desafío. Parece que está diciéndole al mundo, ésta soy yo, ésta es mi forma de ser yo, atrévete a decir que no estaba en lo cierto cuando elegí hacer así las cosas.

Hoy me miré en el espejo. Con treinta y cinco años, a una edad en la que mi madre ya había criado a tres hijos, yo soy mucho más vieja de lo que era ella. Quizá porque, a su manera, ella supo conducir su vida en la dirección deseada. Y yo aún no sé hacia dónde estoy llevando la mía. Ésa soy yo. La mujer del espejo a la que no había prestado atención en mucho tiempo.

El teléfono sonó justo en ese momento. Era Elena. Me pareció que estaba llorando.

– ¿Qué pasa?

Por favor, otro drama no. En un segundo se me vinieron a la cabeza media docena de posibles desgracias sucedidas al otro lado del Atlántico. El padre de Elena había empeorado. Peter, su marido, había tenido un infarto. Mi amiga acababa de recibir el diagnóstico de alguna enfermedad espantosa. Uno de los niños había sufrido un accidente y estaba en el hospital…

– Ceci… tenía que hablar contigo… estoy tan contenta, Cecilia…

La sensación de alivio que experimenté fue casi física, como si el viento me acariciase la cara. Dejé que Elena llorase sin interrumpirla. Las lágrimas de dicha se venden tan caras que hay que sacarles todo el partido posible. El llanto de mi amiga fluía a muchos kilómetros de distancia, y era maravilloso saber que esa clase de lágrimas no necesitan ser enjugadas.

– Es mi padre… han parado el proceso degenerativo. No saben qué va a pasar en un futuro, pero de momento la enfermedad no va a peor. Acaban de llamar a Peter desde el hospital para decírselo… y tenía que contártelo cuanto antes, Ceci.