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Él intentó apaciguarla, pero Laura colgó el teléfono y luego lo desconectó. Mateo intentó arreglar las cosas. Localizó a una secretaria que había viajado a Valencia en coche y que estaba a punto de emprender viaje de vuelta por carretera, y le pidió que le llevara a Madrid. Mateo quería aparecer en plena noche para darle una sorpresa a su mujer. Pero las cosas iban a torcerse: Mateo y aquella chica se salieron en una curva de la autovía y se mataron los dos. Cuando el teléfono sonó de madrugada en casa de Laura, ella ya no estaba enfadada. Sólo esperando que pasasen las horas que la separaban de la llegada de Mateo y de su inmediata reconciliación.

Es fácil imaginar cómo recibió Laura la noticia de la muerte de su marido, y hasta qué punto se sintió culpable de lo ocurrido en aquella carretera entre Valencia y Madrid. Todo el mundo le decía que no debía pensar esas cosas, que el accidente había sido una pura fatalidad. Pero Laura sólo tenía en la cabeza aquella discusión estúpida, los reproches infantiles que había hecho a Mateo y la rabieta que le había llevado a él a cambiar de planes y hacer precipitadamente en coche el camino de regreso que tendría que haber emprendido en avión doce horas después.

Durante el funeral, Laura parecía sólo un bosquejo de la mujer que yo conocía. Tenía el pelo revuelto y los ojos vacíos de toda expresión, los labios pálidos y el rostro hinchado por el llanto. Creo que nunca había visto a nadie tan desesperado. Supongo que la tristeza y la culpa forman una mezcla peligrosa. Su hermano me dijo que había rechazado todos los sedantes que quisieron administrarle, como si estuviese empeñada en asumir hasta la más mínima fracción de dolor, en mortificarse todo lo posible.

Supe por la gente de la editorial que había pedido unos días de baja. Se los dieron sin problemas: en su estado, la pobre Laura era una perfecta inútil desde el punto de vista laboral. No podía concentrarse ni participar en reuniones, de forma que aún iba a ser menos capaz de recomendar libros para su publicación o de tratar con los autores. Se decía que quizá solicitase una baja definitiva. El dinero no iba a faltarle. Mateo tenía un buen seguro de vida, y su empresa, en un raro alarde de magnanimidad, había considerado su muerte como un accidente laboral, de forma que Laura se había convertido en una viuda muy rica. La llamé un par de veces para interesarme por su estado, pero nunca logré entablar con ella algo que pudiera calificarse de conversación. Sólo era posible escuchar sollozos y monosílabos. Me dije que quizá era mejor dejarla en paz durante una temporada, y eso fue lo que hice, aunque a veces me acordaba de lo que le había ocurrido y me preguntaba si algún día aquella mujer podría superar su complejo de culpa e iniciar una vida nueva al margen de la que había tenido al lado de Mateo.

Un día, Silvia me contó que Laura había pasado por la editorial para hablar con los jefes. Al parecer, quería pedir el alta, y también unas vacaciones sin sueldo. Iba a hacer un viaje, dijo. Y así fue. Estuvo desaparecida durante un par de meses. Cuando volvió y le preguntaron cómo se encontraba, dijo tranquilamente que estaba muchísimo mejor, y la verdad es que nadie pudo ponerlo en duda: estaba más delgada y más guapa, se había cortado el pelo y su nuevo estatus de mujer bien situada le había permitido renovar su vestuario, así que la ropa de Zara y Massimo Dutti habían dejado paso a impecables trajes de chaqueta de MaxMara, y los zapatos que compraba rebajados en los muestrarios de Hortaleza, a exquisitas sandalias de Sonia Rykel y Jimmy Choo. Luego me dijeron que también se había cambiado de casa tras vender el chalet de las afueras y comprarse un apartamento de lujo en la zona de Princesa. Había vuelto a hacer vida social y trabajaba más que nunca. Antes de cumplirse un año de la muerte de Mateo, ya estaba viviendo con otro tipo, un autor argentino cuya novela -que había publicado la editorial por sugerencia de la propia Laura- llevaba tres semanas en la lista de libros más vendidos.

No hace falta decir que prácticamente todo el mundo criticó a Laura, y los que, como yo, no lo hicimos en público, fue simplemente por llevar la contraria. Dije a todo el que quiso escucharme que me alegraba de que hubiese sido capaz de superar su desgracia y salir adelante. Pero, en mi fuero interno, a mí también me espantaba la idea de que en sólo nueve meses aquella viuda desconsolada y llorosa hubiese sido capaz de renacer de sus propias cenizas, de empezar otra vida pasando por encima del recuerdo del hombre al que había amado y que se había matado por adelantar unas horas el encuentro con ella. ¿Cómo había conseguido Laura dejar atrás su pena? ¿Qué había hecho para pasar la página del dolor de una forma tan contundente?

Cuando mi madre tuvo su recaída, Laura me llamó varias veces, ofreciéndose incluso a echarme una mano «en cualquier cosa que puedas necesitar». Agradecí su gesto, sobre todo porque llevábamos meses sin hablar. Supongo que, al ser testigo de su milagrosa recuperación, tenía el convencimiento de que Laura se había convertido en una persona distinta a la que yo conocía y, consecuentemente, yo ya no tenía gran cosa que ver con ella. Luego, tras morir mi madre, volvió a ponerse en contacto conmigo, y hablamos por teléfono en un par de ocasiones. Un día me invitó a comer a su casa. Supongo que puse alguna excusa más bien poco convincente, porque la idea de pasar dos horas con ella no me seducía demasiado.

– Venga, Cecilia, anímate… El apartamento tiene unas vistas preciosas y podemos comer en la terraza…

Dije que sí porque no me apetecía seguir inventando disculpas. El día señalado aparecí en la casa con una bandeja de pasteles y un humor no demasiado bueno. Esperaba encontrar a una nueva Laura empeñada en convencerme de lo feliz que era. No sé por qué, imaginaba a su nueva pareja como un mentecato deslenguado, un típico ejemplo de cabeza de chorlito de esos que van dando tumbos por la vida y de vez en cuando apalancan sus culos de artistas en la casa de alguna tontaina vulnerable y generosa, necesitada de afecto o, simplemente, deseosa de compañía. Pues eso era lo que suponía yo: que para convencerse a sí misma de que había reconstruido su vida, Laura precisaba de un hombre que completase el decorado.

Laura me recibió con afecto y me presentó al escritor argentino que ocupaba el lugar de Mateo. Se llamaba Alexis y, en contra de lo que esperaba, lo encontré simpático. No era tan joven como parecía en la foto de las solapas de los libros, llevaba unas gruesas gafas graduadas y tenía un cierto aire de desamparo inteligente. Me contó que llevaba dos años en España, que daba clase en una universidad privada y que ni en sueños había esperado tener éxito con aquella novela que había tardado más de cinco años en escribir. No parecía un bohemio, no era un guaperas de revista ni un gracioso profesional, y ni siquiera abusaba del acento argentino para acentuar su encanto. Me cayó bien. No iba a quedarse a comer: tenía una cita con un periodista, pero esperaba que volviésemos a vernos algún día.

Cuando se fue, Laura me enseñó la casa: un apartamento no demasiado grande, con un dormitorio, un despacho amplio con dos mesas de trabajo que parecía augurar que la relación con el escritor tenía futuro, y una luminosa sala de estar rematada en una terraza. Sin poder evitarlo, intenté identificar en el mobiliario alguna de las piezas que estaban en el chalet que había compartido con Mateo, pero no encontré ninguna. El apartamento estaba decorado en tonos blancos y neutros, y las piezas de decoración se reducían al mínimo indispensable. Las alfombras de artesanía, las pesadas cortinas, los muebles coloniales, los tapices de colores y los adornos llegados de la India habían pasado a formar parte de la historia.

Ayudé a Laura a poner la mesa en la terraza. Había preparado una pasta con salsa de setas que me había gustado mucho la primera vez que la probé, en su antigua casa y en su antigua vida. Aquella pasta parecía ser lo único que quedaba del pasado de Laura. Fue una comida agradable. Hablamos de cosas de la editorial y de algunos conflictos empresariales cuyos entresijos ella conocía bastante mejor que yo. No me habló de Alexis, ni de lo feliz que era con él, como si no necesitase alardear de la nueva bonanza de su vida. No sé por qué, pero me sentía cómoda allí, en aquella casa, donde no había un solo rastro de dolor, una mínima sombra de añoranza, pero tampoco las huellas de una dicha artificial o forzada. Seguía pensando que, al rehacerse tan pronto, Laura había traicionado a Mateo, pero su actitud empezaba a parecerme más digna de admiración que de crítica. En realidad, me hubiera gustado atreverme a preguntar, cómo lo has conseguido, dónde se aprende a olvidar a alguien a quien has querido y que te ha querido, cómo se cierra el telón de una vida perfecta y se empieza una nueva función con un decorado distinto. Porque supongo que habrá que hacer algo más que deshacerse de los muebles de caoba y cambiar las alfombras de dibujos por una moqueta de color crema, algo más que comprar una mesa de estilo zen y unos cuantos grabados japoneses.