– Don Sancho Lazaga… le debo una llamada desde hace tiempo.
– Me debe varias -gruñó el otro, que acababa de advertir mi presencia-. ¿No va a presentarme, West?
– Por supuesto. El teniente Rendón, del Ministerio de Asuntos Exteriores. Es hijo de unos viejos amigos. Llevábamos años sin vernos.
– Asuntos Exteriores ¿eh? -Me tendió una mano blanda cuyo contacto me dio verdadera grima-. Tengo algunas amistades por allí. Ya sabe, ahora hay que estar a bien con todo el mundo. En estos tiempos, nunca se sabe quién va a poder abrirte una puerta. ¿No le parece?
El tal Lazaga me guiñaba un ojo como para buscar mi complicidad, pero yo no era tan ducho como Zachary West en el arte de la improvisación, y no sabía muy bien qué cara poner ante aquel súbito arranque de confianza. Por fortuna, Zachary vino en mi ayuda.
– Le invitaría a sentarse con nosotros, pero el teniente tiene que irse.
– Sí… en realidad, necesito pasar por el despacho…
– ¿A estas horas? -El otro miraba su reloj de leontina-. Debe de ser usted el único que trabaja en todo el ministerio.
– Puedo llevarle si quiere. -Zachary West pagó la cuenta y recogió su sombrero-. Me viene de camino.
– Váyase, váyase. Es usted muy escurridizo, West. Pero recuerde que tenemos que hablar. Hay un contrato importante con mucho dinero de por medio. Deberíamos vernos lo antes posible…
– Le llamaré, no se preocupe. Cuando quiera, teniente.
Salimos del hotel. Fuera hacía mucho calor, y el uniforme se convertía en una verdadera tortura. Un coche se detuvo delante de nosotros.
– Sube. Iremos a mi casa, ¿de acuerdo? No podíamos quedarnos en el bar. Ese Lazaga es peor que una lapa, no me lo hubiese quitado de encima en toda la noche.
Dentro del coche la temperatura era todavía más agobiante. Hicimos el camino sin hablar. Supongo que Zachary estaría dando vueltas a la muerte oficial de Ithzak. En cuanto a mí, me encontraba demasiado desconcertado. ¿A qué venían tantos misterios? ¿Por qué Zachary había fingido no acordarse de su etapa como diplomático? Y ¿cómo le había llamado Lazaga? «El hombre de Hughes», había dicho.
West seguía viviendo en la misma casa, al principio del paseo de la Castellana. Sin embargo, no parecía quedar allí ninguno de aquellos sirvientes sombríos que daban al lugar un aire gótico. Nos abrió la puerta una criada de ademanes rurales, más parecida a las muchachas de mi casa en Ribanova que a la doncella estirada que años atrás nos servía el desayuno con los guantes inmaculados y la cofia tiesa de almidón.
– Vamos al jardín. Estaremos más frescos. Puedes quitarte la guerrera, aquí nadie espera que observes la disciplina militar.
Nos sentamos en el cenador, bajo la pérgola, donde tantas veces habíamos jugado de niños Elijah y yo. Había muchas cosas que deseaba preguntar a Zachary West. De pronto sentí la urgencia de recuperar los ocho años perdidos, pero el camino de regreso al pasado es largo y difícil, y resulta complicado recorrerlo. Un criado al que tampoco conocía nos trajo una jarra de limonada. West no habló hasta que estuvimos completamente solos.
– Pobre Ithzak… No es que me sorprenda la noticia, le daba por muerto desde el principio. Cuando supe que todos los judíos iban a ser trasladados al gueto, pensé que no resistiría allí más de una semana. Era un chico frágil, ¿recuerdas? Amos le crió entre algodones. Me choca que fuera capaz de seguir vivo durante casi cuatro años. Es mucho tiempo para cualquiera, pero casi una eternidad para alguien como Ithzak.
– El hombre que me habló de Ithzak también estuvo allí. Me contó cosas espantosas.
West compuso una sonrisa amarga.
– No nos dará la vida para asimilar lo que ocurrió en los campos, Silvio. -Zachary no me miraba al hablar, y ahora su voz sonaba ronca y gastada-. Pasarán los siglos, y si el hombre no ha perdido la conciencia, continuará horrorizándose cuando escuche hablar de lo que hicieron los nazis. Lo que tú sabes es sólo una pequeña parte de todo lo que sucedió en los campos de exterminio. No sólo fue Mauthausen, Silvio. Había muchos más. Sobibor. Sachenhausen. Buchenwald. Ravensbrük. Y Auschwitz, por supuesto. -Tomó una campanilla que había sobre la mesa y la hizo sonar. Apareció el mismo criado que nos había servido las bebidas, y en inglés Zachary le pidió que le trajese una carpeta que estaba en su despacho-. Voy a enseñarte una cosa. Algo que, por distintas razones, sé que va a interesarte mucho.
No volvió a hablar hasta que regresó el criado con el portafolios que había pedido. Zachary lo abrió y sacó unas fotos que miró unos segundos antes de mostrarme.
– Echa un vistazo, ¿quieres?
Ahora creo que mi amigo debió haberme advertido de lo que iba a encontrar antes de enseñarme aquellos retratos que representaban a verdaderos muertos vivientes de ojos espantados, tendidos de cualquier modo en camastros inmundos, vestidos todos con el mismo traje de dril, tocados con ridículos bonetes a rayas. Eran fotos de los campos, fotos de muertos y de vivos, de cadáveres amontonados que los nazis no habían tenido tiempo de llevar a los hornos crematorios. Eran retratos de personas despojadas de su condición humana, esqueletos que miraban a la cámara con una mezcla de terror y de mudo reproche en un gesto que parecía decir, a qué estabais esperando, qué creíais que estaba pasando aquí, qué imaginabais que os ibais a encontrar, por qué no hicisteis nada para ayudarnos. Sentí un golpe de calor en la cara y pensé que iba a desmayarme.
– Están tomadas en Auschwitz, el día de la liberación del campo. ¿Sabes quién hizo estas fotos? Fue tu hermano, Efraín.
– ¿Efraín? No puede ser. Mi madre me dijo que se había trasladado a una isla… creo que era El Hierro… le habían encargado un trabajo para una revista de Estados Unidos.
– Ya. Eso fue lo que les contó a tus padres para que no se preocuparan. Durante los últimos meses, tu hermano ha servido como reportero de guerra siguiendo el avance del ejército americano para una agencia internacional. Fue uno de los primeros fotógrafos en entrar en Auschwitz. Él mismo me entregó estas copias.
Volví a mirar aquellas fotos, esta vez sintiendo una punzada de orgullo al saberlas obra de Efraín. Aquel bebé llorón de cuya llegada había abominado veinte años atrás se había convertido en un hombre. Casi inmediatamente me invadió el alma una tristeza intensísima: el autor de los terribles documentos que tenía entre las manos era para mí alguien extraño y ajeno, un ser al que no conocía y del que, por voluntad propia, había permanecido alejado durante todo este tiempo. Volví a meter los retratos en la carpeta y se la devolví a Zachary.
– ¿Te encuentras bien? -me dijo.
– En realidad, no.
– Bebe un poco. Es este calor del demonio, que acaba con cualquiera.
– No, Zachary, no es el calor. Ni siquiera esas fotos. Soy yo.
La noche se había cerrado sobre nosotros. El criado regresó para encender dos lámparas de bujía que iluminaron débilmente el cenador. Las restricciones eléctricas que aún pesaban sobre la ciudad no permitían utilizar las farolas del jardín. Estuvimos un rato sin hablar, respirando un aire que estaba volviéndose un poco más fresco. Pude notar el perfume intenso de las madreselvas que crecían en las columnas de la pérgola. A lo lejos, en el estanque, me pareció que croaba una rana. Un pájaro se agitó en las ramas de un árbol vecino buscando refugio. Fue un instante extraño. Allí, en aquel jardín en el corazón de la ciudad, oliendo a flores, disfrutando del silencio sólo roto por algunos ruidos animales, Zachary West y yo sabíamos que lo que dijésemos a continuación podía variar el rumbo de las vidas de ambos. Y, sobre todo, hacer virar la mía para recuperar la buena dirección después de haber navegado a la deriva durante ocho largos años.