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Zachary West había sido enviado a Alemania para hacer un seguimiento de la actividad del partido nazi. Durante años viajó regularmente al país para elaborar larguísimos memorándums que recogían nombres concretos e informaciones oficiales, pero también comentarios escuchados en fiestas y rumores que circulaban por los cafés. Aquellas idas y venidas se sucedieron hasta la victoria electoral de Hitler, que no sorprendió a nadie que estuviese al tanto de los entresijos de la política alemana: la extrema popularidad de la que gozaba el partido nazi tenía que reflejarse en las urnas.

Durante sus viajes a Berlín, Zachary había conocido de primera mano los planes antisemitas de Hitler, y pudo así anticiparse y colaborar con algunas asociaciones americanas de judíos que aconsejaron a los suyos abandonar Alemania cuanto antes. Después, cuando estalló la guerra, mi amigo siguió trabajando para los servicios secretos, esta vez proporcionando apoyo material a la resistencia en Francia. Ahora acababa de incorporarse a su nuevo destino en Madrid para pasar información sobre el gobierno de Franco. Estaba oficialmente desvinculado de cualquier labor diplomática, y se le había buscado una nueva tapadera profesionaclass="underline" era representante en España de una compañía aeronáutica propiedad del magnate Howard Hughes.

– No puedes imaginar la libertad de movimientos y las posibilidades de husmear en todos los ambientes que tienen en este país los hombres de negocios.

Imaginé que Zachary West iba a pedirme alguna cosa relacionada con el ministerio: papeles, contactos, qué se yo. Decidí que pondría a su disposición cualquier documento que solicitara. En cuarenta y ocho horas, lo que había sido mi vida en los últimos años había dado un vuelco completo. Muchas cosas habían dejado de importarme, y experimentaba un deseo acuciante de volver a formar parte de un mundo al que había renunciado. Quería que Zachary recuperase la confianza en mí. Quería volver a ver a Elijah, quería escribir a Hannah Bilak una carta larguísima en mi inglés oxidado que ahora, ya sí, ella podría leer. Todo lo demás había perdido trascendencia. Se me estaba dando la oportunidad de recuperar mi pasado.

– Muy bien. Dime qué necesitas del ministerio. Te advierto que no soy un personaje influyente, pero estoy bien considerado y puedo conseguir…

A pesar de la oscuridad, pude ver que Zachary abría los ojos en señal de sorpresa.

– ¿Qué estás diciendo? No se trata de eso. Mi trabajo en los servicios secretos es asunto mío, y jamás te comprometería en él. No tienes ninguna obligación con la inteligencia estadounidense. Te he contado esto para ponerte en antecedentes. Pero en los últimos tiempos me he buscado una ocupación que se complementa con mi labor para los servicios secretos y que ejerzo, digámoslo así, de forma oficiosa. Y es ahí donde puedes ayudarme.

Me sentía completamente despistado.

– Verás… hace algunos meses que manejo informaciones fiables acerca de los planes de muchos jefes nazis que no fueron detenidos tras la victoria aliada. Algunos de ellos piensan establecerse en España. El gobierno de Franco va a convertir tu país en una especie de santuario para miembros del partido y altos mandos de las SS.

– Pero eso no es posible, Zachary… en cuanto se sepa lo que ha ocurrido en los campos, cuando se publiquen esas fotos, no creo que nadie esté dispuesto a ofrecer asilo a…

– No seas ingenuo, Silvio. Los españoles tardarán muchos años en poder ver imágenes de Auschwitz. Además, Franco y los suyos estaban al tanto de la existencia de los campos de exterminio. Incluso de la presencia de compatriotas en ellos. Se intentó presionar a Serrano Súñer para que solicitase la liberación de los presos republicanos españoles que se encontraban en Mauthausen o en Treblinka, pero fue inútil. El gobierno de Franco se ha dado la mano con Adolf Hitler demasiadas veces. Y ahora que las cosas se han complicado para los alemanes, sus amigos españoles están preparándoles un retiro tranquilo.

Zachary West me contó que estaban constituyéndose distintas organizaciones con el propósito de localizar a los miembros del partido nazi, los oficiales de las SS o los agentes de la Gestapo que permanecían ocultos desde el final de la guerra. Muchos habían conseguido llegar a Suiza. Otros estaban en Austria, en Italia, en Francia. Algunos tenían una nueva identidad, pero otros estaban camino de empezar otra vida sin ni siquiera cambiarse el nombre. Lo que West y los suyos pretendían era identificar a los criminales huidos y ponerlos a disposición de la justicia, pues sabían que las administraciones de muchos países estarían dispuestas a colaborar para detener a los antiguos nazis que se encontrasen en sus territorios. Pero no esperaban semejante ayuda por parte de Franco.

– Precisamente ahí entro yo. En España habrá que hacer las cosas de otro modo. En primer lugar, actuaremos desde la clandestinidad. Y me temo que habrá que utilizar métodos que a veces serán no del todo ortodoxos. ¿Me sigues?

– Más o menos.

– Silvio, dentro de unos meses el gobierno de Franco empezará a tramitar permisos de residencia y visados especiales que se entregarán a capitostes del partido nazi y a altos oficiales de las SS. Mucha documentación pasará por tu ministerio. Necesito que me tengas informado de todo lo concerniente a esas personas: dónde piensan instalarse, si se les va a dar una identidad nueva, si van emprender negocios… cualquier cosa que nos sirva para tenerles controlados mientras se encuentren aquí. ¿Podrás hacerlo?

– Supongo que sí.

– Me imagino que eres consciente de que hay riesgos.

– Claro.

Me hubiera venido bien una copa, pero no me atreví a pedirla. Zachary encendió un cigarro y me ofreció otro a mí. Fumamos en silencio, y me pareció que el calor había dejado de ser insoportable.

– ¿Sabes una cosa, Silvio? No sólo Franco sabía lo que pasaba en los campos. Hubo algunos judíos, pocos, que consiguieron fugarse y llegar a Londres para contar lo que estaba ocurriendo. Pero nadie actuó. Y hubiese sido fácil. Bastaba con bombardear las líneas férreas que unían algunas ciudades con los centros de exterminio. Tan sencillo como eso. Cortar el paso de los trenes, y se acabó. Pero los aliados estaban demasiado ocupados intentando ganar la guerra como para interesarse por un montón de judíos conducidos al matadero. Se consideró la política antisemita como un problema menor. Una gota de agua en el maldito océano de la guerra. Pero pasará el tiempo, Silvio. Transcurrirán los años y el mundo tendrá que sobrevivir a la vergüenza de haber dejado a Hitler actuar a sus anchas. Porque no podremos defendernos hablando de ignorancia. Sabíamos lo que ocurría y cuál era la forma de actuar. Y no quisimos hacerlo. La comunidad judía pidió incluso la ayuda del Vaticano…

– Pero, Zachary, ¿qué hubiera podido hacer el Papa frente a Hitler?

– Anunciar la excomunión de los que participasen en el exterminio, por ejemplo. Pero, claro, Pío XII debió de pensar que el asesinato de judíos estaba fuera del negociado de la Santa Iglesia Católica. Ahí tienes otro motivo de bochorno para los gentiles. El jefe supremo de la Iglesia de Roma miraba para otro lado mientras los nazis acababan con miles de personas. Eso sí, la mayoría eran hijos del pueblo de Israel. Así que debieron de considerar que sus vidas no valían gran cosa.

Aquella noche permanecí en la casa hasta muy tarde. Zachary y yo nos dejamos llevar por la nostalgia, y pasamos un par de horas recordando otros tiempos mejores, cuando nuestras vidas eran distintas, cuando Elijah y yo éramos unos niños con un futuro espléndido por delante. Hicimos memoria de nuestros primeros tiempos de amistad, de los primeros viajes, del encuentro con los Sezsmann. Los dos evocamos al viejo y querido Amos, y creo que escuchamos en nuestras cabezas el sonido de su violín, aquel violín que cobraba vida en cuanto lo rozaba con sus dedos. Recordamos las calles de Varsovia, los edificios de colores cercanos al castillo, los cafés de la plaza del Mercado y las avenidas del parque Saski, donde yo había visto a Hannah Bilak por primera vez, con sus trenzas de colegiala y las mejillas encendidas por la llegada del amor. Aquel mundo ya no existía. Varsovia había quedado reducida a un montón de escombros tras la ocupación alemana, y de las personas que habíamos sido todos -Hannah, Ithzak, Elijah, yo- no quedaban más que un puñado de fotografías y todo lo que tuviese a bien brindarnos la memoria en un futuro próximo. Aquella noche pensé que quizá, algún día, me sería imposible reconstruir la fisonomía de la ciudad de los Sezsmann, que acabaría olvidando a la niña que había sido Hannah Bilak y también a los jóvenes venturosos que fuimos en otro tiempo mis amigos y yo. Que el paso del tiempo y la llegada de una época difícil acabaría arrasándolo todo, como las bombas de los nazis habían arrasado los palacios de Varsovia. Entonces no sabía que la memoria desarrolla un mecanismo para defender los buenos recuerdos de las asechanzas del olvido, y que lucha por preservar todas aquellas cosas buenas que servirán para reconstruir nuestras vidas. Los recuerdos de un tiempo mejor pueden parecer dolorosos, pero uno descubre que son también el único andamiaje para sobrevivir a la pérdida.