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Cuando la enfermedad de mi madre fue diagnosticada y a pesar de que el oncólogo de Madrid fue optimista con respecto a las perspectivas de supervivencia, cada uno de nosotros (mi madre la primera) supo que nuestro tiempo juntos había sido bárbaramente recortado. Nunca hablamos de eso. ¿De qué hubiera servido? Sin embargo, estoy segura de que individualmente firmamos un pacto secreto para aprovechar al máximo los días que nos quedaban. Sinceramente, creo que mi madre, mi hermana y yo sacamos a ese tiempo más partido que nadie, quizá porque las mujeres tenemos una especial capacidad para ese tipo de cosas. Es el sentido práctico que nos regala la naturaleza lo que nos permite sopesar, valorar con un rigor casi matemático algunas coordenadas de difícil medida. Como el tiempo por venir. Como el tiempo que queda y que se va acortando dolorosamente a cada minuto que pasa.

Cuando mi madre fue desahuciada, en el mes de mayo de 2003, el médico que la trataba en Lugo sólo hablaba de muerte inminente, de cuidados paliativos y una sucesión de horrores cuya sola mención nos secaba la boca y enflaquecía nuestro ánimo. Aquellos días fueron espantosos, porque no encontramos en los doctores el menor atisbo de piedad a la hora de hablar con nosotros. No puedo olvidar la forma en que aquel médico me confirmó que mi madre tenía cáncer, mientras caminaba por el pasillo, sin detenerse, yo trotando a su lado, él mirando las notas de su próxima visita, y ahora no entiendo por qué no le obligué a pararse, a mirarme a la cara, pedazo de cabrón, hijo de puta, emplea un poco de tu tiempo en decir las cosas como es debido, en comunicar a una hija que su madre va a morirse, háblame de tratamientos, de fármacos, no quiero que me cuentes milongas pero tengo derecho a exigirte cinco minutos en un lugar tranquilo donde pueda hacer preguntas y recibir respuestas. Pero no hice nada, salvo caminar junto a él llena de mansedumbre, dirigiéndole miradas suplicantes, hasta que se metió en un ascensor. En los hospitales, frente a los médicos, hasta las personas más enérgicas sufren una curiosa variante del síndrome de Estocolmo: sentimos que la vida, la nuestra o la de alguien querido, está en las manos de esos seres de bata blanca, y que sólo de su voluntad depende que cada historia tenga o no un final feliz. Por eso, aquella mañana del mes de mayo, no me enfrenté a aquel tipo. Cuando se cerraron las puertas del ascensor me quedé de pie, en un pasillo que apestaba a lejía, desorientada y triste, espantosamente sola.

Para mi madre, su enfermedad fue también una ocasión de descubrir que sus hijas habían madurado, que ya no eran dos niñas sino dos mujeres a quienes el amor por ella iba a dar el valor necesario para enfrentarse a cualquier cosa. Porque, desde el primer momento, mi hermana y yo tomamos las riendas de todo. Mi padre y mi hermano estaban demasiado aturdidos como para reaccionar. En el fondo, los hombres son mucho más cobardes que nosotras. El dolor físico les aterra, y la idea de ver sufrir a alguien querido produce en ellos un efecto paralizante. En el caso de las mujeres es distinto: todas esas cosas nos galvanizan. Eso fue lo que nos ocurrió a Lidia y a mí. La pena y el propio miedo nos hicieron más fuertes de lo que nunca hubiéramos creído ser.

Mi madre estaba orgullosa de que hubiéramos sabido reaccionar del modo correcto. Cuando, tras muchas pesquisas, Lidia y yo localizamos el sitio perfecto para que fuese tratada, llegó el momento de hablar con ella para plantearle un traslado a Madrid. Recuerdo que era un cálido mediodía de mayo, y ella estaba en Lugo, ingresada en aquel hospital donde le hacían las pruebas a cuentagotas y recogían su orina en un vaso de café. Entramos en su habitación, le explicamos cómo estaban las cosas, la poca confianza que nos inspiraban aquellos médicos, la lentitud exasperante de los exámenes, la escasa esperanza que tenían de encontrar un tratamiento para su enfermedad. Le dijimos, sin decírselo, que los médicos se habían rendido con respecto a su caso, y que nosotras no queríamos hacerlo. Le preguntamos si estaba dispuesta a venirse a Madrid, a ponerse en manos de otra gente, a enfrentarse quizá a un protocolo experimental.

Juro que pensé que íbamos a tener que emplearnos a fondo para convencerla, que habría que combinar la firmeza con las súplicas y las lágrimas, pero no fue así. Mi madre nos dirigió una sonrisa, nos miró a las dos con aquellos ojos luminosos y pacíficos y nos dijo, muy tranquila, yo voy a donde vosotras me llevéis. Recuerdo cada día aquellas palabras mágicas con las que mi madre, Lidia y yo firmamos entre nosotras un pacto secreto, un pacto para pasar juntas todo lo que pudiese venir, para sostenernos mutuamente. Un pacto de fe, un pacto de vida, un pacto de amor y de entrega. El pacto de confianza mutua y ciega entre una madre y sus dos hijas.

– Pues entonces, no hay más que hablar. Nos largamos de aquí.

Mi cuñado, que durante todo aquel proceso había sido para nosotros un apoyo extraordinario -para poner calma siempre es bueno que haya alguien a quien el dolor no le llegue tan adentro- fue el encargado de la logística. Habló con los médicos, pidió los papeles del alta voluntaria y, cuando una de las enfermeras puso problemas para entregarnos las pruebas que habían practicado a mi madre, le explicó sin alterarse que, desde luego, íbamos a salir del hospital con aquellas placas debajo del brazo, le gustara a ella o no. Uno de los médicos que había por allí, supuestamente amigo nuestro, me dijo con un deje de suficiencia, «os la vais a llevar, la vais a marear y no va a servir de nada». Me dieron ganas de llorar, y luego me dieron ganas de darle una bofetada, una de esas bofetadas con la mano abierta que daban a sus hijos las madres italianas en los filmes neorrealistas de los años cincuenta. Un bofetón contundente y al mismo tiempo superficial, del que se da por hartazgo hasta que surja una mejor cosa que hacer, para que un niño deje de dar la murga o un médico imbécil de emitir predicciones apocalípticas. Por supuesto, no abofeteé a aquel doctor. Le dediqué una mueca de desprecio que seguramente le pasó desapercibida, y luego me llevé los papeles del alta para que mi madre pudiera firmarlos.

Mientras, dentro de la habitación, se desarrollaba una escena que luego recordaríamos muchas veces muertas de risa. Mi madre, ya en la silla de ruedas, dirigía las operaciones de recogida de su cuarto: había pasado una semana en el hospital, y aquel lugar estaba lleno de zarandajas inútiles o no. Juana, una amiga que se pidió unos días de vacaciones para trasladarse a Lugo y convertirse en algo parecido a nuestro ángel de la guarda, era el brazo ejecutor de la operación de desalojo. Colocaba la ropa en las maletas, vaciaba el baño de útiles de aseo y preguntaba a mi madre qué hacer con algunos objetos de utilidad dudosa.

– ¿Y esto?

Enarbolaba un frasco grande de colonia, lleno hasta la mitad.

– Tíralo -dijo mi madre sin contemplaciones, casi sin mirar el botellón de Nenuco que fue a parar a la papelera.

Lo divertido de aquella operación fue su rapidez vertiginosa. En menos de diez minutos habíamos hecho la mudanza. Aquello no parecía un alta hospitalaria, sino la fuga de Alcatraz. Aquel remedo de huida tuvo un último episodio de comedia de los hermanos Marx: tomamos prestada una silla de ruedas para llevar a mi madre hasta el coche, y mi cuñado entró en el hospital, supuestamente para devolverla. Pero, cuando regresó a donde estábamos, llevaba otra silla, que empujaba a bastante velocidad mientras nos hacía unas señales apremiantes que mi hermana interpretó de la forma correcta. Puso el coche en marcha, como si acabásemos de atracar un banco, guardamos al vuelo la silla en el maletero y salimos pitando de allí.