Y ella, de buen humor:
– Me sobra la silla de ruedas.
– Qué va, te da un toque destroyer que queda muy bien.
Uno de los tratamientos complementarios que recibía mi madre consistía en unas inyecciones de calcio para reforzar los huesos. Se las ponía una enfermera que se llamaba Pilar. Era de una simpatía arrolladora. Hablaba como un loro, y su charla era parte de la campaña de distracción para las enfermas: escuchando a Pilar, se olvidaban de la goma que empezaba a ceñirles una vena, del pinchazo, de la maquinita que iba derramando algún líquido misterioso destinado a obrar milagros. Y Pilar, con su bata impecable, hablando de cualquier cosa para hacer olvidar a mi madre, o a otras mujeres como mi madre, la razón última por la que estaban allí. Y lo conseguía. Cuando entraba en la consulta, armada con un arsenal de agujas, de frasquitos y de jeringas, nadie miraba a todos aquellos chismes, sino a ella, que tenía una sonrisa espléndida y trufaba su conversación con carcajadas contagiosas capaces de aligerar el ánimo de cualquiera.
Cuando mi madre llevaba once días de tratamiento, fue capaz de caminar unos pasos con la ayuda de las muletas. El oncólogo se lo había dicho, «en dos semanas usted se levanta de esa silla», pero en secreto todos pensábamos que aquellas palabras eran parte de una campaña de buenos augurios destinada a mantener nuestra moral. Pero nos equivocamos, y cuatro días antes de lo previsto mi madre me pidió sus muletas para intentar andar un poco. Yo contuve la respiración. ¿Y si no era capaz de resistir? ¿Y si tenía que volver a sentarse de inmediato? Sin embargo, con una expresión triunfante que no olvidaré mientras viva, mi madre se puso de pie con la sola ayuda de los bastones, y sola también dio los pasos necesarios para llegar al cuarto de baño mientras nosotras estallábamos en un jaleo de vítores y aplausos. Era su victoria, su gran hazaña. Tardó una eternidad en alcanzar la puerta del aseo, pero daba iguaclass="underline" por primera vez en tres semanas, nuestra madre había prescindido de la maldita silla de ruedas. Recuerdo que nos precipitamos al teléfono para dar cuenta del prodigio que acababa de tener lugar delante de nosotras. Nuestra madre caminaba de nuevo, y el mundo se nos desdibujó porque todo lo demás había dejado de tener importancia.
Creo que fue en aquellos días cuando, por primera vez, empecé a desear firmemente un hijo. Me gustan los niños, pero nunca había escuchado la llamada del reloj biológico ni de nada que se le pareciera. La posibilidad de ser madre estaba ahí, suspendida en el limbo, y era algo que podía aplazarse. Pero entonces mi madre enfermó, y yo la cuidé, y estuve a su lado en los momentos de pánico y en los de la más rotunda alegría, y me di cuenta de que deseaba que un día alguien sintiera por mí lo mismo que yo sentía por mi madre. Al principio pensé que quizá podía ser un deseo pasajero, un efecto secundario de los días tan intensos que, para bien y para mal, había tenido que vivir. Pero pasaron los días, la enfermedad de mi madre se estabilizó, y yo seguía pensando en la maternidad. Quería criar a un niño, verle crecer, educarle, enseñarle a querer a los demás, a quererme a mí. Hacer de él una persona feliz, como mi madre había hecho con nosotros. Inculcarle un puñado de valores elementales, dejarle luego elegir un camino, darle libertad para decidir sobre sí y sobre su vida. Y algún día, cuando llegase el momento, comprobar que ese niño, que esa niña, eran ya un hombre o una mujer capaces de tomar decisiones, de ser independientes, de construir su propia vida. Y capaces, también, de seguir amando a su madre.
Tardé algún tiempo en hablar con Miguel de mi maternidad. En los primeros momentos quise guardar aquel deseo para mí sola, como quien esconde un tesoro. Luego, simplemente, no supe cómo atacar el tema. A Miguel no le gustan los niños, pero tampoco había verbalizado nunca la firme intención de no tenerlos. Ni siquiera se planteaba el concepto de paternidad como algo que tuviese que ver con él. Creo que siempre pensó que tener hijos es algo que les pasa a otros, a los demás. Una de las cosas por las que no hay que preocuparse. Hay gente que nunca se saca el carnet de conducir, que jamás se compra una casa, y no es que hayan tomado la decisión de no hacerlo. Simplemente, dejan pasar el tiempo sin que suceda. Lo malo es que, para las mujeres, el tiempo siempre juega en contra. No podemos dejar algunas cosas para más adelante, y tener un hijo es una de las que no pueden aplazarse eternamente. Llega un momento en que hay que tomar la decisión de hacerlo o la de renunciar a ello para siempre. Para mí, ese momento había llegado.
La primera vez que planteé a Miguel la posibilidad de ser padres se tomó la cosa a broma. No entenderá nunca lo que me dolió aquello, entre otras cosas porque tampoco se lo expliqué. Ahora sé que fue un error no haber reaccionado en ese mismo momento. Debí haber reconducido la conversación, debí haberle exigido una seriedad absoluta a la hora de tratar un asunto que para mí era extremadamente importante. Pero no lo hice. Decidí que a lo mejor no era el momento. Cambié de tema y resolví volver a sacarlo en otra ocasión. Y me pregunto ¿a qué ocasión estaba yo esperando? ¿Qué cataclismo tendría que producirse para que Miguel cambiase de actitud? ¿A qué debía aguardar, a que le cayese un rayo en la cabeza, a que se le apareciese algún santo conocido? Ahora comprendo que, en mi profunda decepción, me resigné a esperar un milagro. Es espantoso esperar algo en lo que uno ni siquiera cree. Un milagro. Ya.
Miguel olvidó el asunto, pero yo no lo hice. Al contrario, aquella idea pasó de ser un plan para el futuro inmediato a convertirse en una especie de obsesión. Atravesé diferentes fases de ilusión y de desencanto, de bonanza y de tormenta. A veces me decía que sólo era cuestión de esperar a que las cosas se recondujeran por sí solas. Otras, sin embargo, me enfadaba conmigo misma y con él, y eso provocaba una amargura que me volvía un ser cerrado, herido y lleno de rencor. Llegaron los silencios, los reproches mudos que se alternaban con peleas y tímidos episodios de reconciliación que no eran más que espejismos. Porque yo, sólo yo, había declarado una guerra sorda al hombre que más he querido en toda mi vida, y empecé a encontrar cierta satisfacción morbosa en hacerle daño, en molestarle, en zaherirle. Nuestra vida juntos dejó de ser perfecta para convertirse en algo mezquino y pequeño, sembrado de ocasiones para el malestar, la protesta y la queja. En una palabra, para el desencanto, que es lo último que debe presidir la relación entre dos personas que se quieren.
La verdad es que tardé mucho en entender y en aceptar lo que de verdad nos pasó, y más aún en asumir que todo fue culpa mía. Quería tanto a Miguel que no me resignaba a ponerme a mí misma en una verdadera encrucijada, y por eso alargaba los plazos y me inventaba falsos motivos para la esperanza que sólo existían en mi cabeza pero no en su ánimo: «Es cuestión de tiempo, ya llegará el momento, tengo que darle un margen.» Me inventé mil maneras de eludir la única verdad: Miguel no quería tener hijos. La razón, sólo él la sabe, y no soy yo quién para buscar motivos freudianos en una educación deficiente basada en la falta de cariño, un egoísmo galopante o el tan socorrido complejo de Peter Pan. El caso es que no necesitaba ser padre como yo necesitaba ser madre. Debí haber sido yo quien, desde el primer momento, se dijera a sí misma, lo tomas o lo dejas. Eso nos hubiese ahorrado a los dos una buena sucesión de disgustos y de desencuentros.
Un día me di cuenta de que mi amor por Miguel empezaba a agotarse, como si hubiese abierto una espita por donde empezaron a escaparse todas las cosas buenas que habían servido para construir nuestra relación. Decidí hacer un intento desesperado para arreglar las cosas y después de muchos meses sin tocarlo, volví a poner sobre la mesa el asunto de ser padres para dar a Miguel una última oportunidad. Ahora me digo, ¿una oportunidad de qué?, ¿una oportunidad de cambiar, de volverse otro hombre? Sí, eso precisamente era lo que quería: un hombre a mi medida, un hombre que no era Miguel. Quiero tener un hijo, le dije, quiero tener un hijo cuanto antes y no quiero seguir con esto si no estás conmigo.