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– Siento haberme portado así…

Pero Elijah me detuvo con un gesto que no dejaba lugar a dudas.

– Silvio, no creo que hayas venido para disculparte ni nada de eso. Lo pasado, pasado. Hay cosas más importantes de las que tenemos que hablar…

– Como tu boda, por ejemplo.

– Por ejemplo -sonrió y mostró sus dientes blanquísimos-. Hoy conocerás a Mary Jo. Te advierto que es guapísima, inteligente y muy dulce. Te gustará, ya lo verás. Su padre es muy rico. Ha hecho una fortuna vendiendo suelas de zapatos…

– ¿Suelas de zapatos? -me parecía un chiste.

– Sí. Resulta que Jack había inventado hace tiempo una media suela de un grosor especial con cierto poder aislante… y cuando entramos en guerra, el ejército empezó a encargarle a él la fabricación de todos los refuerzos para las botas de los soldados. Así que mi futuro suegro, que era sólo un empresario acomodado, ganó más dinero del que puedas imaginar. Ya ves. -Se puso serio de repente-. Gracias a la guerra, Mary Jo y yo vamos a celebrar nuestra boda en el salón de baile del Waldorf Astoria y a vivir en un piso de lujo con vistas a Central Park. Muchos tipos murieron en Europa, y a mí me ha caído del cielo un apartamento nuevo en Park Avenue. No se puede negar que tengo suerte.

Pero no parecía muy satisfecho.

– Yo tendría que haber estado allí -continuó-. En Normandía, o entrando en Alemania. En lugar de eso me quedé en América, y todo lo que hice fue vender bonos de guerra.

– Hubo suficientes soldados en Europa, suficientes lisiados y suficientes muertos. Me alegro de que tú no seas uno de ellos. La guerra es terrible, Elijah, y puedo asegurarte que no te sentirías mucho mejor de haber estado en las trincheras. Distinto sí, pero mejor no. No pienses más en esas cosas. Por cierto -intenté bromear-: ¿qué tal se te daba lo de los bonos?

Elijah se rió.

– Bastante bien.

– Pues considera que hiciste tu contribución a la causa. Y hablando de otra cosa, ¿qué noticias tienes de Hannah Bilak?

– Pues… que está preciosa, que habla inglés bastante mejor que tú y… sorpresa, sorpresa, que va a venir a la boda. Llegará a Nueva York en unos días.

– ¿Cómo se ha tomado la noticia de la muerte de Ithzak?

– Es difícil saberlo. Se lo dije yo, ¿sabes? Fui a su casa de Baltimore, me senté a su lado, la cogí de las manos y le conté lo que había ocurrido. No dijo nada, pero me miró de una forma tan rara… estuvimos un rato así, los dos callados, y luego me dijo, bueno, al menos ahora sabemos cómo ocurrió. A Hannah no se le escapaba que Ithzak estaba muerto. Era imposible que hubiese sobrevivido a las deportaciones o a los campos. Fue una sorpresa saber que había aguantado tanto tiempo. Zachary me dijo que murió en el 44…

– Eso me contó un hombre que le conoció en Mauthausen.

Elijah meneaba la cabeza en un gesto que me pareció de pesadumbre, pero que en realidad era de duda.

– En toda esta historia hay algo que no me encaja. Vamos a ver… si es verdad que Ithzak consiguió escapar del gueto, ¿qué demonios estaba haciendo al otro lado de la frontera austríaca? ¿Por qué no se quedó en Varsovia, oculto en alguna parte? La resistencia ayudó a muchos judíos a permanecer escondidos hasta el final de la guerra.

– Supongo que sólo pensaba en volver a ver a Hannah, quizá también en reunirse con nosotros.

– Ya… Pues lo siento, pero no creo que ocurriera así. Ithzak era un tipo estupendo, pero no me lo imagino huyendo del gueto. ¿Tú sabes cómo funcionaban las cosas allí? Le gente se moría de hambre en plena calle. Había que ser de una pasta especial para seguir vivo, no digamos ya para escapar. ¿Es que no te acuerdas de cómo era Ithzak? Delgado, enfermizo, sensible como un crío, muy poco capaz de cuidar de sí mismo.

Me dieron ganas de contestar a Elijah: también tú y yo éramos así.

– Durante años -continuó- me torturó la idea de que Ithzak pudiese estar pasando por todas las calamidades que los nazis reservaban a los judíos. Pero ahora, al saber que alguien le vio en Mauthausen en el 44, a cientos de kilómetros de Varsovia, sé que las cosas no fueron como imaginamos. Escucha, he llegado a pensar… he llegado a pensar que Ithzak nunca entró en el gueto. Amos era muy rico. Quizá Ithzak sobornó a algún miembro de la Gestapo que le libró del traslado y luego le ayudó a salir de Polonia.

Ithzak comprando los favores de algún oficial del ejército invasor… la idea no me gustaba nada, pero tenía visos de lógica.

– Me resulta más fácil pensar en Ithzak escapando campo a través con la ayuda de un nazi que imaginármelo en el gueto, temblando de frío, pasando hambre y recibiendo humillaciones diarias por parte de los malditos alemanes. No lo hubiera resistido, Silvio. Sé que otros lo hicieron, pero Ithzak Sezsmann no. Ni era valiente, ni decidido, ni tenía arrojo ni nada que se le parezca. Se habría hundido nada más llegar al gueto, y de no ser así los nazis se hubiesen ocupado de eliminarlo. Allí sólo se mantenía con vida a los trabajadores útiles. ¿Qué se supone que iba a hacer Ithzak? ¿Tocar el violín por las calles?

– Bueno, y si es verdad que recibió ayuda para escapar, ¿cómo es que no se puso en contacto con vosotros?

– Quizá no pudo.

– ¿En tres años?

El timbre de la puerta sonó, muy poco oportunamente, en ese preciso momento. Era Zachary West, que venía a recogernos para tomar una copa antes de cenar.

– ¿Qué tal unos martinis en el Algonquin? Sé que ha llegado hoy el suministro de ginebra.

– Papá, llevas sólo unas horas en Nueva York y ya tienes noticia del aprovisionamiento de los bares. ¿Cómo te apañas?

– Veinte años en el servicio secreto dan para mucho. ¿Has descansado, Silvio? Tienes mejor aspecto, esta mañana parecías un muerto en vida.

– Zachary… ¿sería posible renunciar a esa copa para dar una vuelta por la ciudad? No he podido ver nada… y la idea de sacudirme el estómago con una ginebra me pone los pelos de punta.

– La verdad es que los jóvenes de hoy estáis hechos de mantequilla. ¿Te ha contado que se mareó en el avión? Bueno, ahora hablaremos de eso. Tenemos un par de horas antes de la cena. Mary Jo y sus padres nos esperan a las ocho en el 21.

No puedo decirte la impresión que me causó aquel paseo por las calles de Manhattan, sombreadas por los edificios altísimos, como colosos desafiantes. Recuerdo las calles llenas de gente y de vida, el paso rápido de los neoyorquinos, los escaparates tentadores donde era imposible encontrar la sombra de la escasez en que vivía aún la vieja Europa. Hasta los bocinazos de los coches parecían cargados de energía. Pensé que en aquella metrópolis rutilante casi cualquier cosa podía ser posible, y también que debía de ser muy fácil acostumbrarse a vivir allí, como es fácil sucumbir al encanto de una mujer hermosa.

Llegamos al 21 un poco antes de la hora de la cita, y tomamos una copa en el bar mientras esperábamos a Mary Jo y a los suyos.

– Ah, ahí vienen. Puntuales, como siempre.

Tuve que hacer un esfuerzo supremo para disimular mi sorpresa. Delante de mí estaba una joven muy guapa, de largos cabellos cobrizos y ojos oscuros… y una piel blanca como la leche. Elijah me miraba, divertido y consciente de mi desconcierto. Había dado por hecho que la familia del rey de las mediasuelas era de raza negra…

– Mary Jo, éste es Silvio.

– Menos mal que has venido -dijo, mientras me estrechaba la mano-. Temía que Elijah se negara a casarse si no estabas tú también en la iglesia… Dice que eres como su hermano, así que supongo que tú y yo vamos a convertirnos en una especie de cuñados…

Mientras avanzábamos hacia la mesa, Elijah se dirigió a mí en un susurro.

– Dime la verdad, ¿qué posibilidades habría de que los padres de una chica blanca le permitieran casarse con un negro? ¿Una entre un millón? No me negarás que soy un tipo con mucha suerte.