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En los días siguientes, la familia de Mary Jo organizó toda una batería de actividades sociales en mi honor y en el de otros parientes desplazados a Nueva York para asistir a la boda. El tiempo se nos iba en cenas, tés danzantes y picnics en Central Park con canapés de salmón ahumado y champán servido en copas de cristal. Los Connors componían un nutrido y aristocrático clan extendido por ambas costas estadounidenses, aunque, tal como me había advertido Mary Jo, los Connors del sur poco o nada tenían que ver con los Connors de Pennsylvania, Maryland o Massachusetts. Era divertido observarles a todos juntos pues, a pesar del tiempo transcurrido desde que el primero de ellos se bajara del Mayflower, todos conservaban un inequívoco aire de familia en el particular color del cabello y el aire de languidez en las maneras aprendidas en alguna escuela privada.

No todos los parientes de Mary Jo habían recibido a su prometido negro con la misma franca calidez con que lo habían hecho el magnate del calzado y su jovial esposa. En aquellos días, aguzando el oído pude escuchar comentarios despectivos venidos de primos y tíos más o menos lejanos. Elijah era consciente de la situación, pero no le quitaba el sueño.

– Supongo que no se puede esperar otra cosa. Me imagino lo que dicen: «Debe de ser muy decepcionante para Jack y Eunice: tienen una sola hija, la envían a un internado suizo y luego a Vasaar… y resulta que la chica termina casada con un salvaje.» La verdad es que no pienso mucho en ello. He encontrado a tanta gente para la que mi color de piel era un motivo de disgusto, que me he acostumbrado. Incluso en Harvard tuve problemas por ser negro…

La intensa vida social de los días previos a la ceremonia no nos había dejado a Elijah y a mí muchos momentos para hablar sin testigos. Él no había vuelto a mencionar a Ithzak, pero yo no podía quitarme de la cabeza nuestra conversación del primer día. Y cuantas más vueltas daba a las sospechas de Elijah, más visos de realidad encontraba en ellas. La certeza de que nuestro amigo había conseguido salvarse del traslado al gueto y de las deportaciones era vagamente tranquilizadora pero, en mi fuero interno, me parecía detestable la idea de que Ithzak hubiese sido capaz de trapichear con los nazis. Claro que, ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Entrar en el gueto como una oveja camino del matadero? ¿Malvivir allí en unas condiciones miserables y completamente solo? Si alguien, quienquiera que fuese, había ofrecido a mi amigo una sola oportunidad de salvación, hizo bien en aceptarla. Cuando llegué a esa conclusión, me avergonzó un poco haber tenido la osadía de juzgar el comportamiento del joven Sezsmann. Había hecho lo correcto, aquello a lo que todos estamos obligados: sobrevivir. En Polonia y en 1940, un muchacho judío no podía aspirar a mucho más.

Hannah Bilak llegó a Nueva York cuatro días antes de la boda, con el tiempo de asistir a una cena de gala en el hotel Plaza, a un té de damas en la residencia de los Connors y al baile que se celebraría la noche previa a los esponsales. El programa era tan apretado que temí no tener tiempo para hablar con ella, pero Elijah me tranquilizó.

– No te preocupes, he organizado las cosas para que Hannah sea tu pareja en todas las fiestas. No creas que ha sido fáciclass="underline" las primas de Mary Jo estaban deseando que las acompañase un joven y apasionado español.

– No soy muy buen partido…

– Ya, pero ellas sí. Y estos americanos ricos encuentran distinguido todo aquello que viene de Europa.

Hannah iba a alojarse en casa de una tía de Mary Jo, una anciana viuda que vivía en la avenida Madison. Nos encontraríamos un poco antes de la cena para tener oportunidad de charlar a solas. Confieso que dormí mal la noche previa al reencuentro, y me desperté malhumorado y sin poder entender qué era lo que me ponía nervioso. Hannah y yo sólo habíamos pasado juntos cuatro semanas hacía once años, y en aquel tiempo los dos éramos unos niños que sólo podíamos hablar por señas. ¿Qué era entonces lo que me inquietaba? ¿Algún presagio inexplicable? ¿La intuición de que había cosas a las que debía tener miedo?

Volví a ver a Hannah Bilak en el vestíbulo del hotel Plaza, la tarde del 10 de abril de 1946. Llegó del brazo de Zachary West, que había ido a recogerla a la casa donde se alojaba, y no sé por qué pedí a la suerte que me permitiese poder observarla durante unos segundos sin que ella me viera. Hannah ya no era la niña que había conocido en Varsovia, sino una mujer espléndida que atraía las miradas de todos los hombres presentes. Llevaba un vestido de fiesta de color verde agua y el pelo recogido, y no lucía más joyas que unos sencillos pendientes de oro. Hannah avanzó hacia nosotros indiferente a la expectación que había despertado su entrada, y me di cuenta de que al caminar se aferraba al brazo de Zachary West. Como yo, ella también estaba asustada.

– Silvio…

Los ojos grises se le empañaron, y yo no supe qué hacer, salvo estrechar la mano que me ofrecía y mirarla, once años después de que nos despidiésemos, en aquella estación de tren en Varsovia. Busqué en Hannah algunos rasgos que me recordasen a la niña que había sido, y descubrí que seguía teniendo la misma piel que entonces, y conservaba un aliento adolescente en la sonrisa tímida. Pero eran detalles menores, porque en realidad Hannah había cambiado: en toda ella se había obrado una metamorfosis fabulosa de la que pensé que deberían haberme advertido, porque ahora me costaba disimular la sorpresa. Mirándola recordé a su madre, y el corazón se me alborotó al darme cuenta del asombroso parecido entre Edith Griessmer y su hija, que, supuse, iría intensificándose con el paso de la edad.

– ¿Cómo estás, Hannah? ¡Dios mío, cuánto has cambiado!

– Tú también has cambiado un poco. Muchos años para los dos ¿eh? Muchos años para todos, creo.

Hablaba inglés con un delicioso acento eslavo.

– Menos mal que has llegado. -Elijah la abrazó como hubiese hecho con una hermana, y por un segundo envidié a mi amigo, que había llegado con Hannah a semejante grado de confianza-. ¿Qué tal el viaje desde Baltimore?

– Horrible. El tren se paró tres veces. Creí que iba a tener que llegar andando…

– ¿Y tu madre? ¿Cómo está?

– Un poco mejor. El invierno es malo para ella. Se quedó triste, hubiera querido venir, pero sigue sin tener mucha fuerza. Por cierto, Elijah, te envía esto…

Hannah abrió su bolso, una pequeña limosnera de encaje bastante desgastada que debió de haber pertenecido a su madre, y sacó un paquetito envuelto en papel de seda. Elijah lo abrió: eran unos gemelos de oro.

– Fueron de mi padre. -Los ojos se le volvieron a humedecer-. Mi madre quiere que sean su regalo para ti.

Elijah pareció dudar durante unos segundos: era un presente excesivo, sobre todo viniendo de una mujer sola y con pocos recursos, pero mi amigo se dio cuenta del hondo significado del obsequio, así que se despojó alegremente de los gemelos que llevaba y se colocó los que Hannah acababa de entregarle.

– Los llevaré el día de la boda. Díselo a tu madre, Hannah.

Se abrazaron otra vez.

– Bueno, bueno, el cupo de emociones está agotado. -Zachary West acarició la mejilla de Hannah-. Por cierto, querida, estás preciosa con ese vestido. Claro que estás preciosa con todo, pero eso ya lo sabes. Vamos a tomar una copa rápida, ¿de acuerdo? Cuando lleguen los invitados se llevarán a Elijah y no volveremos a verle en toda la velada.

Puedo decirte que aquella noche no hice otra cosa que mirar a Hannah. Creo que nuestros compañeros de mesa debieron de decirse que éramos dos perfectos groseros, pues apenas intercambiamos con ellos unas cuantas frases de cortesía obligada. No hablamos del pasado, sino que empleamos aquella cena en conocernos otra vez. Hannah me habló de su sencilla vida en Baltimore, de cómo había obtenido su título de enfermera y de lo mucho que le gustaba el trabajo en el hospital. Yo le hablé de mi cargo en el ministerio, de mi hermano fotógrafo, incluso de mi familia en Ribanova. De quien no le hablé fue de Carmen. Después de todo, no sabía muy bien qué debía decir acerca de ella.