En aquellos días no sólo descubrí a Hannah, sino también Nueva York. A pesar de la sucesión de cenas y bailes, ella y yo encontramos tiempo para explorar una metrópoli que en nada se parecía a ninguna otra ciudad que yo hubiera visto. Pensé que, quizá en su momento, la Roma de Augusto hubiese jugado en la historia el mismo papel que ahora le tocaba desempeñar a Nueva York: el de convertirse en capital de un nuevo mundo, en punto de partida, en un lugar donde se mezclaban culturas y razas. Me pareció notar que el corazón me latía más fuerte al pasear por las calles de Manhattan, al elevar la vista y comprobar qué cerca estaba el cielo de aquellos edificios magníficos. Era la ciudad de la opulencia, de las posibilidades, de las expectativas. La ciudad del presente o, aún mejor, la del futuro inmediato. No sé en qué momento empecé a fantasear con la idea de mudarme allí. Hablaba inglés perfectamente, y aún no era demasiado viejo para encontrar un empleo. En aquella ciudad asombrosamente viva, en perpetuo estado de transformación, parecían quedar muchas cosas por hacer. ¿Por qué no iba a ser yo uno de aquellos ciudadanos que caminaban con la cabeza más alta que en cualquier otro lugar del mundo? ¿Por qué renunciar a vivir en aquella urbe fabulosa donde había tantas historias por escribir? Y, además, estaba Hannah. Ahora que la había encontrado, me espantaba la idea de alejarme de su lado. No lo puedo explicar, pero la sola idea de no volver a verla me producía, más que tristeza, algo parecido al pánico. No tenía la menor idea de qué podía esperar de ella, y tampoco me atrevía a acariciar la idea de proponerle que fuese mi esposa. Lo único que sabía es que no quería perderla del todo. Sí, Cecilia, me había enamorado de aquella chica judía que tan cerca había estado de casarse con uno de mis mejores amigos. Y cuando me decía a mí mismo, tengo que volver, tengo que volver cuanto antes y quedarme aquí para siempre, quizá no estaba pensando en Nueva York. Quizá sólo pensaba en Hannah.
Decidí hablar con Zachary West. Contarle lo que me había ocurrido en aquellos tres días. Confesar que deseaba con todas mis fuerzas dar un nuevo vuelco a mi vida, que estaba dispuesto a todo, a dejar mi trabajo, a renunciar a mi patria, a volver a poner tierra de por medio entre mi familia y yo. Después de todo, el mío era un deseo legítimo: había encontrado el camino a la felicidad, y necesitaba de él para seguirlo. Zachary, mi amigo, mi hermano, mi padre, sólo querría apartar cada uno de los obstáculos que pudieran entorpecer ese camino.
La boda de Elijah fue exactamente como yo esperaba: una ceremonia larga y pomposa con una novia radiante y un novio feliz cuya piel negra parecía desafiar el origen anglosajón de los parientes de su mujer, seguida de un banquete excesivo y una fiesta que duró hasta el alba. Los novios se habían marchado mucho antes, rumbo a su luna de miel en Barbados. Me despedí de Elijah con un abrazo y la promesa de volver a vernos pronto.
– Mientras tanto, intenta escribirme.
– Lo prometo. Buen viaje y hasta pronto.
Le vi alejarse de la mano de su mujer, entre una lluvia de granos de arroz y pétalos de flores que les arrojaban las damas de honor. Cuando la puerta se cerró tras ellos, Zachary West puso su mano en mi hombro.
– Bueno, pues ya está. Ahora podemos volver a la vida normal.
Era el momento perfecto para hablar con él. Hannah estaba con las otras chicas curioseando los regalos de boda que estaban expuestos en un salón adyacente, y Zachary se había librado por fin de toda la tropa de familiares de Mary Jo que deseaban estrechar la mano del antiguo héroe de guerra.
– Zachary, ¿podemos tomar una copa en algún sitio más tranquilo? Me gustaría hablar contigo.
– Sí, yo también tengo algo que contarte. Vamos al bar de la segunda planta, no creo que a esta hora haya demasiada gente.
Como Zachary había previsto, el bar estaba desierto. Pedimos dos brandys.
– Por Elijah y Mary Jo -dijo Zachary- y también por ti, Silvio. Tengo una sorpresa que te va a alegrar. Sé que llevas meses esperando este momento y que has tenido mucha paciencia.
– No entiendo…
A Zachary le brillaban los ojos.
– Los alemanes comienzan a moverse. Estábamos seguros de que ocurriría en cuanto se confiaran. Las detenciones han empezado hace días. Hemos localizado en Francia a dos altos oficiales de las SS, y a un montón de antiguos miembros de la Gestapo que estaban a punto de establecerse en Austria. Y sospechamos que hay varios capitostes del partido nazi que tienen planes para cruzar la frontera española.
Zachary West me miraba con aire triunfante mientras sostenía su copa de coñac.
– El baile ha empezado, y ahora te toca a ti. En cuanto llegues a España recibirás las primeras instrucciones. Bienvenido a la Organización.
Balbuceé algo ininteligible. Zachary debió de pensar que estaba tan emocionado que no me salían las palabras.
– Bueno… ¿y tú? ¿Qué querías decirme?
Noté algo raro en la boca.
– Nada… que… que no he hecho ningún regalo de boda a Elijah y Mary Jo. Soy… soy un desastre… ¿sabes si hay alguna cosa que quieran?
Zachary apuró la copa de coñac.
– Puedes comprarle un abanico a Mary Jo. Yo se lo traeré la próxima vez que venga a Nueva York.
TERCERA PARTE
Al poco tiempo de morir mi madre, empecé a ver como una amenaza las primeras Navidades sin ella. Imaginaba la mesa pascual con su silla vacía, me veía a mí misma preparando en soledad la cena de Nochebuena, evocaba otras Navidades, lloraba por anticipado. Y, al aproximarse el adviento, me di cuenta de que había recreado tantísimas veces la Horrible Primera Navidad Sin Mamá, que el miedo cerval que me inspiraba la llegada de diciembre había empezado a deshacerse como la espuma cuando se manosea. El primer día que descubrí a los empleados municipales colocando las guirnaldas de bombillas en las calles de Madrid no se me subió el llanto a los ojos, sino que recordé, casi con una sonrisa, cómo otros años llamaba a mi madre para describirle la iluminación que colocaba el Ayuntamiento en las zonas de Callao y la Gran Vía. A veces, mi madre viajaba a Madrid en las vísperas de Pascua, y juntas visitábamos los tenderetes de la plaza Mayor y la sección de adornos navideños de los grandes almacenes, escandalizándonos en ocasiones con el precio de los objetos de importación. No se me olvida un enorme Papá Noel austríaco, hecho enteramente a mano, que costaba casi cuatrocientos euros: «Por ese precio -había dicho mi madre- deben de haberle cosido la ropa con los pies.»
Siendo yo una niña, mis padres habían viajado a Alemania y Suiza a principios del mes de diciembre, y trajeron de allí todo un tesoro para decorar la casa en las próximas fiestas: pequeños santa claus para colgar del abeto, bolas de cristal transparentes y ligeras como pompas de jabón, coronas de acebo, campanas plateadas y hasta una colección de diminutos instrumentos musicales que brillaban entre las ramas del árbol como si estuviesen hechos de oro. Mis amigas habían venido a merendar una tarde, y todas estuvieron de acuerdo en que no había en ninguna otra casa unos adornos navideños tan bonitos como los nuestros. Recuerdo aquella Navidad -creo que fue la de 1981- como una de las más felices de toda mi infancia.