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No hablé de eso con mi padre. Hay cosas que uno prefiere no sacar de adentro. Le abracé, y en silencio le ayudé a rematar su trabajo mientras el recuerdo de mi madre pasaba suavemente sobre el árbol adornado y el musgo húmedo del nacimiento.

Cuando mi madre enfermó y cambió la vida de todos, la vida de mi padre también cambió. Él, que llevaba treinta y tantos años dejándose cuidar por una persona, descubría de golpe que las tornas habían cambiado y que era él quien tenía que cuidarla a ella. Mis hermanos y yo estábamos preocupados por eso. ¿Cómo iba a reaccionar mi padre a la necesidad irrevocable de poner del revés toda su rutina? Para nuestro desconcierto, respondió sorprendentemente bien. Aquel hombre fruto de una educación anticuada y machista, que era incapaz de lavar una taza, prepararse una infusión o freír un huevo sin organizar un zafarrancho monumental en la cocina, se convirtió de la noche a la mañana en un perfecto ejemplo de mayordomo eficiente. Aprendió a poner lavadoras, a seleccionar las prendas que hay que lavar a mano, a hacer la compra diaria y a distinguir los productos de limpieza. Mi madre le enseñó a guisar: se sentaba en el banco de la cocina y le daba instrucciones precisas para ejecutar esta o aquella receta. Demostró ser un buen alumno, y en unos meses fue capaz de preparar un buen número de platos con una habilidad notable.

Mi padre nunca se quejó por esa parte de carga que había tenido que asumir. Los efectos colaterales de la enfermedad de mi madre que le afectaban directamente a él parecían traerle sin cuidado. Le ponía el desayuno por las mañanas, recogía la mesa, planchaba la ropa. Parecía contento de poder hacerlo. Pidió incluso una reducción de su jornada en el trabajo para poder dedicar todo el tiempo posible a cuidar de su esposa. No pudo sacar demasiado partido a aquella situación: mi madre murió sólo cuatro meses después de que concediesen a mi padre una especie de jubilación anticipada. Pero imagino que aquellas semanas de entrega, de tierno cuidado a quien fue su mujer durante treinta y siete años, tienen por fuerza que haberse convertido en otra preciosa fuente de recuerdos.

Durante aquellos días llamé a Silvio, y escuché su voz familiar deseándome unas felices fiestas y un buen año Nuevo. No fueron charlas largas: Silvio detestaba el teléfono, a pesar de lo cual sabía resultar afectuoso, cálido incluso, en sus frases cortas y sus lacónicas respuestas. Me di cuenta de que le añoraba, de la misma forma que todas las Navidades añoro a un puñado de amigos especialmente queridos que están lejos por una u otra razón. Cuando somos niños, el mundo es perfectamente compacto. Todo está cerca, porque en realidad nuestra nómina de verdaderos afectos es mucho más limitada y se reduce a la familia. Pero luego, al madurar, aparecen personas que entran en nuestras vidas para aumentar la lista de añoranzas, y en determinados momentos es imposible no echar de menos a alguien en concreto, a alguien a quien queremos, a quien necesitamos. A alguien que está lejos. O, peor aún, a alguien que ya no está.

La tarde del 26 hablé con Elena, que vivía en Nueva York sus particulares Navidades blancas. Me dijo que llevaba tres días nevando sin parar.

– La ciudad debe de estar preciosa…

– No seas cursi. Cuando nieva, Nueva York es una sucursal del purgatorio. El tráfico se pone imposible y desplazarse es una aventura. Mi madre resbaló hoy en una placa de hielo y se ha hecho un esguince.

– Vaya por Dios.

– Entre nosotras, yo creo que lo que tiene es cuento, pero no voy a discutir. La tengo en el sofá, con la pata chula, atracándose de bombones. Le va a subir el azúcar, pero paso de decirle nada.

– Oye, ¿y Sergio? -Era el hermano mayor de Elena. Vivía en Roma con su mujer y su hija, y dos hijos de un matrimonio anterior de ella.

– Ésa es otra. Dijo que iba a venir, lo cual hubiese sido un detalle teniendo en cuenta que lleva meses sin ver a mis padres. Dos días antes de Nochebuena me llamó para contar que le había surgido un problema en el trabajo y que tenía que quedarse en Italia. Me sentó como un tiro, pero no le dije nada. Me juego el cuello a que ese cambio de planes es cosa de la bruja de Giovanna, que nos odia a todos. Pero mira, que hagan lo que quieran, bastante tengo yo con todo el jaleo de estas fiestas. La familia de Peter comió con nosotros el día de Navidad. Fuimos diecinueve, ¿te imaginas? Tuve que apañarme sola, porque le dimos el día libre a la gente del servicio.

«La gente del servicio.» Elena decía esas cosas con tanta naturalidad que te transportaba fácilmente al viejo Nueva York de Edith Wharton. Sí, la Navidad en aquella casa podía haber salido perfectamente de una escena de La edad de la inocencia.

– Tomamos pavo, por supuesto, y la madre de Peter trajo una tarta riquísima. Los niños ensayaron un villancico y a Eliza se le olvidó la letra. Se echó a llorar, la pobrecita. Lo pasamos bien. El último invitado, un primo de Peter que vive en Newport, se marchó a las diez de la noche borracho como una cuba. Casi se mata al bajar las escaleras, tendrías que haberlo visto.

– ¿Y cómo está tu padre?

– Un poco depre. El pobre pensaba que iba a pasar la Navidad en España, pero todavía tiene para rato.

– ¿No saben cuándo van a volver?

– No… y de eso quería hablarte… no puedo pretender que sigas ocupándote de Silvio si esta situación se prolonga. Ya han pasado tres meses, y no tenemos ni idea de cuándo van a dar a mi padre el alta definitiva. Toda la familia tiene la sensación de estar abusando de tu buena voluntad. Hemos estado hablando de contratar a un asistente social para cuidar del abuelo.

Sentí algo raro en el estómago, como un pellizco de miedo, ante la perspectiva de ser privada de mis visitas a Silvio.

– Ni se te ocurra -conseguí decir-. En primer lugar, creo que echaría a patadas a cualquiera que no fuese yo. Y, además, qué quieres que te diga, me he acostumbrado a él. Sí, no pongas esa cara.

– No sabes qué cara estoy poniendo.

– Pero me la imagino. El caso es que me gusta pasar el tiempo con tu abuelo. Si estás más tranquila contratando a alguien para que se ocupe de Silvio, hazlo… pero yo pienso seguir yendo a verle todas las semanas.

Elena parecía desconcertada.

– No puedo creer que te apetezca que un viejo te dé la murga cada siete días.

– Pues ya ves.

– En fin, si estás segura… figúrate, yo encantada de que seas tú quien se encargue de él…

Mi estómago volvió a su sitio. Me despedí de Elena después de intercambiar toda clase de buenos augurios para el año nuevo y de desearle un poco de paciencia con su pobre madre malherida por el hielo de Manhattan. Instintivamente cerré los ojos y traté de imaginar las calles nevadas de Nueva York, y también la casa del doctor Peter Sheldon, con su esposa española preparada para ofrecer una comida el día de Navidad a todos los miembros de la familia. Sonreí mientras recreaba aquella escena, la chimenea encendida, el árbol fastuoso encargado a alguna tienda, el pavo traído de Dean and DeLuca, mientras el equipo de sonido de última generación desgranaba melodías navideñas clásicas en las voces de Bing Crosby y de Tony Bennet. Me gustó imaginar aquella comida navideña con los distinguidos miembros del clan Sheldon reunidos alrededor de la mesa, besándose bajo el muérdago, entregándose regalos caros y primorosamente envueltos mientras los copos de nieve se arremolinaban tras los ventanales de la casa de Grammercy Park.

Siempre me han gustado esas celebraciones navideñas en las que la casa se llena de gente. En otras Navidades, también a nuestra casa habían llegado alegres visitas de parientes y amigos. Las primas de mi madre, que se habían criado con ella como si fueran hermanas, y sus hijos, e incluso los hijos de sus hijos, venían a pasar la tarde de Navidad para contar junto al fuego viejas historias familiares, tantas veces repetidas que solíamos empezar a reírnos antes incluso de terminar cada chiste. Luego merendábamos chocolate con tostadas (en los últimos dos años hubo que sustituir los picatostes por bollería industrial, porque mi madre ya no podía pasar mucho tiempo de pie para prepararlos, y a mí no me quedaba el pan tan crujiente como a ella) y nos despedíamos bien entrada la noche, plenos de afecto, exudando amor y guardando aquella tarde junto a los buenos recuerdos de otras Navidades. Este año esperé en vano la visita de todos ellos. Como otras veces, compré chocolate y cruasanes envasados, preparé la mesa para una posible merienda y tuvimos el fuego avivado en la tarde del 25, pero nadie vino a vernos. Sólo Carmen, mi prima, y su familia, que en su bondad de nacimiento supieron sobreponerse a la nostalgia que iba a producirles el ver vacío el lugar de mi madre junto al sillón de la ventana.