Yo siento esa nostalgia todos los días, pero el perder aquellas tradiciones venturosas que ella adoraba sirvió para hacer un poco más profunda mi herida. Tiré la bolsa con los bollos y el chocolate casi intacto, asumiendo que esas visitas multitudinarias eran otra parte de las Navidades a la que tendríamos que renunciar para siempre. Confieso que, muy a mi pesar, la ausencia de las personas queridas me dejó dentro un poso de rencor. Quizá no nos querían tanto como yo pensaba. O no nos querían lo suficiente como para dejar de lado su propia pena y ayudarnos a sobrellevar la nuestra. Una de las infinitas caras del dolor es su capacidad para volvernos egoístas, y también, en mi caso, para restringir nuestra capacidad de comprensión. Recordé, amargada, cómo otras Navidades mucha gente acudía a nuestra casa en busca del calor familiar que reinaba en ella, cómo se sentaban junto a la chimenea encendida y olorosa a madera, y picoteaban de la bandeja de los turrones mientras mi madre les ofrecía refrescos y bebidas calientes. ¿Dónde estaban todas aquellas personas? ¿Por qué nos habían dejado solos, si era justo ahora cuando necesitábamos de su compañía y de su afecto? Comprendí que nuestra casa había dejado de ser un refugio apetecible, un reducto de buen humor y de cálidos afectos, para convertirse en un lugar que se suponía ganado por la pena, donde unos cuantos seres se tragaban las lágrimas y vivían de los recuerdos de un tiempo perdido que ya no podía volver. Y la gente huye como de la peste de la tristeza ajena.
El día de Navidad había intentado no pensar mucho en aquel generalizado abandono, pero ahora, tras hablar con Elena y evocar su familiar y ruidosa celebración de la tarde del 25, sentí una opresión en el pecho, una amargura densa, una desoladora sensación de soledad. Me di cuenta de que las lágrimas me estaban mojando la cara. Sentí un violento, un desesperante deseo de abrazar a mi madre, de contarle cómo me sentía y de que ella, echando mano de su particular sentido de la bondad, encontrase una justificación para el comportamiento de aquellas personas por las que siempre nos habíamos creído amados. Fue el peor momento de todas las fiestas. No podía quedarme en casa, así que, aunque el tiempo no era bueno, cogí mi vieja bicicleta y salí a dar un paseo solitario, enfundada en un anorak que me quedaba pequeño, protegida la cara por una bufanda que había sido de mi madre.
Mucha gente prefiere el campo en primavera, pero yo creo que nunca está tan bonito como en los primeros días del otoño o bajo los fríos del invierno. Los árboles desnudos, cubiertas de liquen las ramas quebradizas, pierden su aspecto imponente y parecen seres frágiles a los que cualquiera podría hacer daño. Y el frío, que resulta incómodo, nos ayuda sin embargo a regresar a nosotros mismos, a buscar en nuestro interior una particular intimidad. La cadena de la bicicleta chirriaba con cada pedaleo, y se escuchaba el crujido de las hojas endurecidas por los restos de la helada. El cielo estaba gris. El aire olía ligeramente a humo de algún hogar cercano. No soplaba el viento, tampoco llovía, pero el sol no había salido y era muy posible que al llegar la noche volviese a helar. Es curioso, pero en el campo también el hielo tiene un olor propio y cortante, un olor que se distingue del de la lluvia o el de la nieve.
Recuerdo una Navidad, hace seis o siete años, en que cayó una suave nevada durante la noche del día 29. Al día siguiente, el campo apareció cubierto por lo que parecía una capa de azúcar. Mi madre, mis hermanos y yo salimos a dar un paseo por los alrededores, desafiando a un frío intensísimo que nos sonrojaba las mejillas y convertía en vapor nuestra respiración. Mi hermano nos hizo una foto frente a un prado cubierto de escarcha, que parecía sacado de una imagen de la tundra. Recuerdo que mi madre llevaba un abrigo de piel vuelta con capucha, un poco pasado de moda. Al ver la foto, le convencí para que se deshiciera de él. «Está viejísimo. No puedes ponerte esto, es espantoso.» Ella protestó, pero acabó por claudicar y me prometió que tiraría aquella antigualla. Me pregunto qué hizo con él. Ojalá lo hubiera conservado. De ser así, podría ponerme aquel largo abrigo que era capaz de preservar del frío hasta el último centímetro del cuerpo, calarme la capucha y arrebujarme en el forro de peluche, que seguro que guardaba todavía algún recuerdo del olor de mi madre.
Pensando en aquel viejo abrigo, pensando en mi madre, el alma fue liberándose de la amargura, como si soltara un pesado lastre. La bicicleta avanzaba lanzando de vez en cuando algún gemido seco, y el esfuerzo de las pedaleadas me aligeraba la conciencia. Pensé en todos los que no habían querido estar con nosotros aquellas Navidades, y me dije que posiblemente su comportamiento no tenía nada que ver con la falta de amor, sino con una suerte de cobardía que les hizo trazar un particular camino para huir a su vez de las asechanzas del dolor. Ellos también añoraban a mi madre, también habrían notado su ausencia durante aquellas fiestas, y seguramente no fueron capaces de acercarse al lugar donde esa ausencia se haría más evidente, y por ello más dolorosa. No pensaron en nosotros, pero seguro que sí pensaban en mi madre, y la habrían recordado aquella Navidad con una plegaria, con una lágrima, con un lamento que no quisieron compartir con nadie, menos aún con nosotros. Quizá pensaron que su presencia en la casa sólo iba a servir para hacer más profunda nuestra herida. Se equivocaron, pero ¿quién no lo hace? ¿No me equivoqué yo al pedir a mi madre que tirase aquel abrigo?
Había anochecido cuando volví de mi paseo. Traía la cara helada por el aire de diciembre, y el alma algo apaciguada por el ejercicio y la paz del paisaje. También por los recuerdos de aquel paseo que había dado con mi madre por los campos nevados, muchos años atrás. Dentro me esperaban los míos. La chimenea estaba encendida, como todas las tardes del invierno, y también las luces del árbol y las de la guirnalda de la entrada.
– ¿Dónde estabas?
– Dando una vuelta en bici.
– ¿Con este frío?
Ni siquiera contesté. Me dirigí al armario de la entrada para colgar el anorak que llevaba puesto, y entonces, cuando buscaba una percha, vi que el viejo abrigo de mi madre seguía estando allí, medio oculto por cazadoras y chubasqueros, como queriendo esconderse de algo o de alguien, como intentando escapar de la expulsión definitiva. O, quizá, con la intención de desafiar todas las cosas que estaban en su contra, su vejez incontestable, su corte anticuado, la piel desgastada a la altura de los codos y del cuello. Mi madre no había querido tirar aquel abrigo. Aunque -al menos en mi presencia- no se lo había vuelto a poner después de aquella tarde, debió de considerar una deslealtad deshacerse de algo que le había sido útil, que le había dado cobijo y calor durante mucho tiempo, sólo porque ya no estuviese en perfecto estado de revista.
Me acerqué un poco y acaricié el forro, hundí la nariz en el cálido interior de aquella prenda que yo misma había desahuciado, y la presencia de mi madre lo llenó todo, el armario de madera, el vestíbulo de la entrada, el salón, la casa. En aquel preciso momento, su recuerdo se hizo tan vivo que no pude pensar nada más que en ella, y me di cuenta de que, igual que aquel abrigo, mi madre también seguía allí. Tenía lágrimas en los ojos cuando volví al salón, pero nadie me preguntó nada. En aquellos días, intentábamos no interferir en la forma de enfrentar la pena de cada uno de nosotros.