– Es importante lo que digas, pero también cómo lo digas -recordaba Zachary-. Debes ser contundente, pero frío. Si expresas indignación, no la exageres. Ten en cuenta que un entusiasmo muy acentuado también puede resultar sospechoso. Tienen que ver en ti a un simpatizante de su causa, pero nunca a un fanático.
Al contrario que yo, Spiegel estaba convencido de que sabía el suficiente alemán como para salir airoso de mi encuentro con ciudadanos germanos.
– Lleva más de nueve meses tomando clases de forma intensiva. Tiene un nivel muy alto de gramática, y su pronunciación es correcta, así que no se inquiete. Hará un buen papel.
– Muy bien. -Zachary consultaba su reloj, que marcaba las doce de la noche-. Pues creo que hemos terminado. Sólo un par de detalles, Silvio: ve al peluquero y al barbero, lústrate los zapatos y antes de ir a la fiesta, haz que envíen en tu nombre un centro de flores a la esposa de ese tal Antolín Prado. Sobre todo, que sea grande. ¿Necesitas dinero?
– No, no. Aún tengo bastante del que me entregó Jusseu.
A pesar de mi inquietud, de mis dudas y mis inseguridades, aquella noche dormí como un bendito -debe de ser lo que llaman «el sueño de los justos»-y al día siguiente me desperté con el ánimo encendido por la inminencia de mi entrada en combate.
No voy a decir que no estaba nervioso mientras me preparaba para recoger a los Orenes. Siguiendo las instrucciones de Zachary, me había cortado el pelo y hecho afeitar con navaja, y había enviado a la señora Prado un ramo de flores pomposo y carísimo acompañado de una nota en la que le daba las gracias de antemano por su invitación.
Orenes aprobó mi aspecto cuando llegué a su casa.
– Está usted hecho un pincel, Rendón. Las señoras están acabando de arreglarse -bajó la voz-. Mi esposa no quería venir, dice que estando de luto no debería hacer vida social… pero hace ya ocho años de la muerte de mi pobre Jaime, y yo no puedo vivir de espaldas a estas cosas.
Le tranquilicé diciendo que alguien de su posición tiene obligaciones que no debe dejar de lado, y que también a su mujer y a Carmen les convenía distraerse un poco. Por primera y única vez, aquel hombre me dio lástima. Los ojos se le habían empañado al recordar al hijo muerto, y se me ocurrió pensar que más de una vez Salvador Orenes habría llorado por aquel muchacho caído en el campo de batalla. En ese momento me pregunté si se habría parado a pensar que los hombres a los que ayudaba a escapar de la justicia habían contribuido a asesinar a seres inocentes que también eran hijos de alguien.
Carmen y su madre entraron en el salón. Llevaban sendos vestidos oscuros, no demasiado elegantes y claramente pasados de moda. La inflexible señora Orenes estaba dispuesta a poner un límite al alivio del luto que la familia seguía llevando por dentro. Carmen parecía triste, consciente seguro de que sus atavíos llamaban la atención, y no precisamente por nada bueno. Sentí una ráfaga de afecto hacia ella, pobre niña, víctima inocente de tantas circunstancias. Le ofrecí mi brazo para salir a la calle.
– ¡Qué guapo estás! -susurró, y sonrió por primera vez desde que apareciera con aquel vestido tan feo. Le devolví el cumplido, y no sé si lo creyó o no, pero le brillaban los ojos mientras se aferraba a mi brazo y siguieron brillándole cuando entró junto a mí en aquella casa del barrio del Viso, donde había mujeres mucho mejor vestidas que ella, mujeres que llevaban joyas y que habían pasado horas en la peluquería mientras ella lucía un sencillo recogido a todas luces hecho en casa.
– ¡Qué elegante está todo el mundo! -dijo, para que sólo yo la oyera.
– Tú también estás muy elegante.
Me dirigió una mirada de reproche que iba también cargada de ternura.
– Yo no. Mi vestido es muy feo. Era de una tía mía, me lo arreglaron ayer. Pero no me importa. Me alegro de haber venido.
Supongo que por instinto, apreté la mano con la que se agarraba de mi brazo.
– ¡Rendón, venga por aquí! -Prado acababa de advertir nuestra llegada-. Hola, Carmencita, guapa. ¿Me prestas a este chico un momento? Mira, querida, este muchacho fue quien te envió las flores.
Una mujer delgada y bajita, enjoyada como un árbol de Navidad, se adelantó a saludarme.
– Las recibimos hace un par de horas. Un detalle delicioso, teniente. Las flores me apasionan.
Tenía el hablar afectado y sus modales eran exageradamente corteses. Podría asegurar que sólo una generación separaba a aquella mujer de la más pura necesidad.
– Un placer, señora Prado.
– Bueno, bueno, dejemos a las mujeres hablar de sus cosas. Acompáñeme, Rendón. Hay unos amigos a los que quiero presentarle.
Me di cuenta de que me sudaban las manos, y me las sequé disimuladamente con el pantalón del uniforme. En una sala vecina, tres hombres bebían una copa de jerez. Uno era Ibáñez, a quien había conocido en el almuerzo del otro día. Los otros dos, altos, rubios, de ojos muy claros, perfectos ejemplares de la dichosa raza aria, eran sin duda los amigos alemanes del anfitrión. Cuando estreché sus manos y clavé mis ojos en aquellas pupilas azules, pude notar que las piernas me flaqueaban.
– Capitán Schiller, capitán Hals… el teniente Silvio Rendón.
Les saludé en su idioma, y ellos correspondieron a mis palabras de bienvenida con un puñado de alabanzas a España y a los españoles. Les pregunté si era la primera vez que visitaban el país y me dijeron que sí, y que esperaban tener ocasión de conocerlo bien durante su estancia entre nosotros. Parecía la conversación propia de un cóctel en una embajada. Los otros no tardaron en utilizarme como intérprete para charlar con los alemanes, que al parecer no sabían una palabra de español. Estaba claro que, pese a lo que Prado me había dicho, no tenían con él una relación demasiado estrecha.
Durante la cena me sentaron al lado de la señora Schiller, una exquisita mujer de rasgos aristocráticos y pelo tan rubio que a la luz parecía blanco. Frau Schiller tenía una hermosa voz de contralto, y me dijo que en su juventud había sido cantante de ópera.
– Dejé la música al casarme. Ya ve, teniente: cambié un amor por otro. Ahora sólo canto para mi marido y me limito a disfrutar de las interpretaciones de otros. Así es la vida: siempre hay algo a lo que renunciar.
Se me ocurrió pensar que quizá aquella dama habría escuchado alguna vez, en grabaciones o quizá en directo, el violín prodigioso del pobre Amos Sezsmann.
La cena resultó agradable. Yo dediqué toda mi atención a las dos parejas de alemanes, oficiando alguna vez de traductor para el resto del grupo. Tal como Zachary me había aconsejado, dejé bien clara mi supuesta germanofilia sin caer en estridencias. Sólo me apasioné cuando fingí escandalizarme al recordar que aquel invierno muchas mujeres y niños habían muerto por falta de alimentos en Alemania, mientras las tropas aliadas derramaban sacos de azúcar en las pistas de baile de las salas berlinesas para poder deslizarse mejor al ritmo de la música. En ese momento me di cuenta de que la señora Schiller tenía los ojos llenos de lágrimas, y que los otros dos hombres se miraban mientras asentían, satisfechos de haber encontrado a un simpatizante de su causa.
Cuando sirvieron las copas de champán, Prado me pidió que hiciese un brindis, y poniéndome de pie repetí el mismo discurso en alemán y en español.
– Brindo por la amistad entre nosotros y entre nuestras naciones hermanas, y hago votos por que el mundo civilizado comprenda algún día la generosa aportación a la historia que han hecho la una y la otra.