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Mis palabras fueron acogidas con aplausos. Carmen me miraba con orgullo, y supe que se había olvidado de su vestido viejo y de su peinado chapucero. Era su novio el que sabía hablar en dos idiomas, el que disertaba sobre política y llevaba los zapatos más brillantes de toda la sala, y enviaba costosos ramos de flores, y sabía comportarse en sociedad con la soltura de un experto. Ése era el triunfo de Carmen, y no necesitaba otro trofeo.

Al día siguiente, cuando llegué al ministerio, tenía ya un mensaje de Orenes y de Antolín Prado: querían verme lo antes posible en el despacho del segundo.

– ¿Llevan mucho esperando? Por cierto, señor Prado, una cena estupenda.

– De eso queríamos hablarle… Siéntese, por favor. Rendón, hace tiempo que venimos observándole…

Procuré que mi expresión fuera de sorpresa contenida.

– No se moleste, pero era importante que estuviésemos seguros de usted antes de ponerle en antecedentes de ciertas cosas. Orenes nos había hablado muy bien de su persona, pero ésta es una cuestión delicada y teníamos que atar todos los cabos. Verá, Rendón, las parejas que conoció ayer, los Schiller y los Hals… no son exactamente amigos míos.

– Son refugiados políticos. -Orenes intervino en la conversación-. Han tenido que salir de Alemania a causa de la persecución que sufren por parte de los aliados. No hace falta que le explique más, usted sabe mejor que nadie cómo están las cosas allí.

– Comprendo.

– Hay más como ellos. -Prado seguía hablando-. En realidad hay cientos, miles. Hombres con familia que son perseguidos con saña sólo por el hecho de haber pertenecido a las SS o al cuerpo de funcionarios del gobierno de Hitler. Por eso, y siempre desde nuestras posibilidades, hemos constituido un pequeño grupo para… para echarles una mano. Algunos de esos ciudadanos alemanes se instalarán en España, al menos temporalmente y hasta que decidan qué es lo que quieren hacer en el futuro. Éste es un país amigo, y saben que no tendrán problemas. En realidad, el único escollo para su completo bienestar es precisamente la barrera del idioma. Se entienden utilizando el italiano o algunas palabras en francés, pero muchas veces sería un alivio que alguien pudiese hablarles en su lengua. Hemos localizado a un par de personas que saben alemán, pero no nos parecen dignas de confianza. De momento tenemos que actuar con discreción. No crea que a todo el mundo le gusta lo que estamos haciendo. Contamos con opositores incluso dentro del gobierno de Franco y hay varios representantes del cuerpo diplomático que se complacen en ponernos zancadillas, como ese Jacobo Alba al que han sorbido el seso los malditos ingleses. Parece mentira, pero tenemos al enemigo en casa y hay que saber de quién se fía uno.

– Por eso queríamos pedirle que nos echase una mano de vez en cuando. No esperamos que haga de intérprete con todo el que llega… pero de vez en cuando aparecen personajes más significados a los que querríamos dar un trato especial. No se lo hemos contado, pero los dos caballeros que conoció anoche eran destacados miembros de la Waffen SS…

– No podía ni imaginarlo…

– Vendrán más como ellos. Así que, si no tiene inconveniente, le llamaremos cuando haya que dar instrucciones complejas o si es necesario ofrecer a algún recién llegado un tratamiento preferencial.

– Estoy a su disposición. Si necesitan un intérprete, cuenten conmigo. Y si les hace falta ayuda para traducir algún documento, alguna carta importante…

– Pues no le digo que no. -Prado bajó un poco la voz-: Normalmente, las informaciones se mandan en español bajo un código cifrado y se traducen en destino… pero ganaríamos tiempo si las enviásemos directamente en alemán. Ni que decir tiene que su ayuda será retribuida como corresponde.

Volví a dibujar en mi rostro una expresión de inocencia infinita.

– Me ofende, señor Prado… quiero pensar que esto me lo piden como amigo, y así voy a actuar con usted y con las personas que necesiten mi ayuda.

Orenes me echó el brazo por encima del hombro.

– Déjese de cumplidos, Rendón. A los jóvenes siempre les viene bien algún pellizco a fin de mes. Además, estamos bien organizados y tenemos dinero para estas cosas.

Tras despedirnos, Orenes y yo salimos juntos del despacho, él satisfecho, yo intentando contener mi excitación. Ya estaba dentro. Ahora sí. Iba a entrar en mi oficina cuando Orenes me tiró un poco del brazo.

– Rendón… ¿tiene un minuto para mí? Querría saber… en fin, prefiero hablar con usted antes que con mi hija… ¿qué planes tienen usted y Carmen? Me refiero a casarse, claro.

No estaba preparado para aquello. De verdad que no lo estaba. La idea de una boda se me antojaba tan descabellada que había olvidado que sólo para mí lo era. Casarme con Carmen… no, de ninguna manera. Por lo menos, no en aquel momento.

– Señor, su hija y yo no hemos hablado de eso. La familia está de luto y, si me permite que lo diga, creo que su hija es demasiado joven todavía.

– Tiene veinte años. Su madre se casó con veintiuno.

– Las cosas eran distintas. Prefiero esperar a que Carmen me conozca mejor para pedirle que se case conmigo, y estar seguro de que toma la decisión correcta. Usted sabe cuáles son mis intenciones, pero no hay prisa y es preferible no precipitar las cosas.

Orenes frunció el ceño.

– Bueno, un noviazgo largo no tiene por qué ser malo -dijo, como para sí-. Y la verdad es que para mi mujer sería difícil perder a Carmencita… a la pobre le hace mucha falta su hija. Quizá tenga usted razón. Podemos esperar unos meses. Olvide lo que le he dicho y, por favor, ni una palabra de esto a la niña.

– Faltaría más.

Entré en el despacho con cierta sensación de alivio. Aunque la cuestión volvería a plantearse, al menos había conseguido ganar algo de tiempo.

Las cosas fueron mucho más rápido de lo que yo pensaba. En cuestión de días me convertí en intérprete de la Operación Puertas Abiertas, y aunque al principio me llamaban con cierto embarazo y pidiéndome disculpas por las molestias, pronto se oficializó mi papel y fui una figura omnipresente en las recepciones a los nazis recién llegados, a quienes servía de traductor, pero también de guía turístico y hasta de confidente ocasional. ¿Sabes lo más chocante de todo? Que buena parte de aquellos alemanes no eran, en apariencia, los monstruos sanguinarios que yo imaginaba, sino hombres afables y hasta simpáticos, exquisitamente educados, que me trataban con una absoluta cortesía y un profundo respeto y que agradecían mis desvelos. Al principio, la situación me resultaba incómoda, pues no podía por menos que sentirme vagamente seducido por aquellos hombres de apostura impecable, algunos de los cuales tenían una personalidad arrolladora y un nivel cultural muy superior al de la media. Con ellos hablaba de arte, de literatura y de historia antigua (me di cuenta de que pasaban de puntillas por cualquier cuestión relacionada con la política contemporánea), y daba paseos por las calles del Madrid de los Austrias o visitaba las salas del Museo del Prado para que entrasen en éxtasis ante los cuadros de Velázquez, del Greco o de Goya.

Si nunca me encariñé de verdad con ninguno de aquellos hombres, si mi simpatía hacia ellos fue siempre fingida y superficial, si nunca puse en duda la extremada justicia de la operación que se preparaba en su contra, fue porque me empeñaba en recordar obsesivamente que mis pupilos en Madrid habían sido culpables directos, no ya de la muerte de dos amigos entrañables, sino del más horrendo crimen colectivo de la historia moderna. No, espera, déjame terminar. Sé que en el último siglo ha habido historias de genocidios tan terribles como el dirigido por Hitler y los suyos. Yo también sé lo que hizo Stalin. Sé lo que hizo Idi Amin y ese otro chiflado de Camboya, Pol Pot. Pero esto fue peor. ¿Sabes por qué? Porque Hitler no tenía enfrente a un pueblo reprimido, pobre o limitado. No se las tuvo que ver con campesinos aplastados bajo el yugo de los zares, con aldeanos analfabetos o con miembros de tribus africanas tradicionalmente sometidas a algo o a alguien. Alemania era un país desarrollado, rico, culto. La patria de Schiller, de Goethe, de Bach o de Lutero. Los nazis pervirtieron todo eso. Convirtieron a los alemanes en culpables colectivos de un crimen monstruoso que se les seguirá recordando cuando pasen los siglos. Así que, cuando aquellos oficiales de las SS, aquellos gerifaltes de la Gestapo o del partido caminaban junto a mí por las calles del Madrid viejo, intentando envolverme en la tela de araña de su buena educación y de su encanto personal, yo recordaba machaconamente que eran ellos quienes habían torcido, quizá para siempre, el destino de todo un pueblo previamente bendito por la Historia.