– Los señores duermen todavía…
– No les despierte. ¿Pueden servirnos un café?
Zachary y yo estábamos disfrutando de un generoso desayuno cuando Elijah entró en la habitación. Acababa de levantarse y llevaba un batín mal anudado y el pelo revuelto.
– Cuánto me alegro de que hayas venido…
Elijah y yo nos abrazamos. Me di cuenta de que mi amigo se agarraba a mí no con la franca camaradería de los buenos tiempos sino con la desesperación de un náufrago. Fui consciente de la carga de pesadumbre que llevaba por dentro, y también de que era la primera vez en la vida que el destino ponía a prueba al siempre afortunado Elijah West.
Mary Jo llegó algo después, ya vestida y peinada. La encontré hermosa y triste, mucho más delgada, con las huellas de la pena en un rostro que había perdido su aire aniñado. La desdicha nos hace madurar, nos vuelve adultos en cuestión de horas. A pesar de todo, la esposa de Elijah me recibió con el afecto que se reserva a un hermano -pues, como bien había dicho ella, eso éramos su marido y yo- y me agradeció, con los ojos llenos de lágrimas, el que hubiese hecho un viaje tan largo para estar a su lado en un momento difícil.
– Bueno, bueno, ya está bien de dramas. -Zachary besó en la frente a su nuera-. Mary Jo, sigues siendo preciosa, pero te estás quedando en los huesos. Siéntate y desayuna. Y tú, Elijah. Ahora que estamos todos juntos, Silvio, ponles al corriente de las novedades.
– ¿Novedades? En tus cartas no me has contado nada demasiado emocionante.
– Ya sabes cómo es Silvio: no le gusta hablar de sí mismo. Pero acaban de publicar en España una novela suya, y el libro saldrá también en Estados Unidos.
– ¡Pero bueno…!
– Las cosas no son exactamente como las cuenta tu padre…
Entre risas, Zachary explicó a Mary Jo y a Elijah las circunstancias en las que se había producido mi ingreso en la república de las Letras. Los dos celebraron ruidosamente la ocurrencia de la Organización.
– Así que harán de ti un escritor de renombre internacional. Es estupendo. Ahora podrás moverte a tus anchas…
– Bueno, no tanto. Pero será menos sospechoso el que pida licencia para viajar. Esta vez tuve que inventarme una historia para que mi suegro me arreglase los papeles en el ministerio.
– ¿Tu suegro? Así que lo de esa chica, Carmen, empieza a ir en serio.
Zachary bajó los ojos en un gesto que no le era habitual. Supuse que nunca había hablado a Elijah de los detalles que rodeaban mi noviazgo.
– Más o menos… lo cierto es que ya tengo una edad y que debería ir pensando en sentar la cabeza.
A Mary Jo le brillaban los ojos.
– Ay, Silvio, eso sí que es una buena noticia. Cuando te cases, iremos a España a la boda. ¿Verdad, Elijah? Cuánto me alegro por ti… ya verás qué cara pone tu hermano cuando lo sepa… porque ¡él también va a casarse!
– Mary Jo… le prometimos no decir nada. ¡Era una sorpresa!
– ¿Casarse? Pero ¿con quién?, ¿cuándo?
– Ni una palabra más. Mi querida esposa ya ha sido suficientemente indiscreta, y Efraín quiere contártelo personalmente. Ahora está en Filadelfia, pero volverá antes de que regreséis a España y te dará todos los detalles. Se puso loco de contento al saber que venías.
Aquella semana en Nueva York fue mucho más tranquila que la que precedió a la boda de Elijah y Mary Jo. Si la otra vez mis amigos estaban permanentemente agobiados con preparativos y compromisos sociales, esta vez pudieron dedicarse sólo a mí. Ellos, Zachary y yo dimos largos paseos por las calles neoyorquinas y los bosques de Central Park, asistimos a un par de estrenos de teatro y visitamos museos y galerías de arte. Los padres de Mary Jo nos recibieron en su casa de Sutton Place y dieron en nuestro honor una cena a la que también asistieron los consabidos parientes Connors que vivían en Connecticut, Boston y Rhode Island. En aquella reunión, nadie trató a Mary Jo con un especial afecto, ni le prodigaron los mimos que merece una mujer que acaba de perder a un hijo. Hubiera jurado que aquellas personas no acababan de lamentar la muerte del bebé West. Después de todo, la idea de que un mulato llevase la sangre de los Connors era demasiado incluso para los miembros más progresistas de la familia.
Dos días más tarde, Mary Jo se empeñó en que fuese de compras para Carmen.
– La ropa y los complementos son aquí muchísimo más baratos que en Europa… iré contigo para ayudarte. Además, me hacen descuento en algunas tiendas.
Estuve a punto de hacerme el remolón, pero entonces recordé el viejo abrigo negro de Carmen y la pobreza de sus vestidos heredados y aquello me decidió. Hasta la fecha no le había hecho demasiados regalos, y no debía desperdiciar la oportunidad de ser asesorado en mis compras por una elegante neoyorquina. Fue una jornada muy divertida. La esposa de mi amigo y yo -Elijah y Zachary prefirieron, con buen criterio, quedarse en casa- recorrimos la planta de señoras de los almacenes Macy's y una docena de tiendas de los alrededores de la Quinta Avenida. Allí, dejándome guiar por el gusto de Mary Jo, compré para Carmen un traje de noche, un abrigo, blusas, faldas y dos vestidos de diario. Elegimos también tres sombreros con los bolsos y los guantes haciendo juego, y si no me llevé también zapatos fue porque no tenía la menor idea del número que calzaba mi novia. En la última tienda Mary Jo seleccionó una preciosa estola de piel que pidió que cargaran a su cuenta.
– Llévasela de mi parte, ¿lo harás? Ay, Silvio, estoy tan contenta por ti… debe de ser una chica estupenda… y me daba miedo que te quedases solo. Elijah te quiere mucho, y yo también… y nada nos hace más ilusión que el saber que tendrás pronto tu propia familia, aunque vivamos tan lejos unos de otros.
Creo que pocas veces en mi vida fui tan consciente del cariño que me profesaba una persona. Miré a aquella joven preciosa, a aquella madre frustrada que se había sobrepuesto al desencanto para hacerme compañía durante unos días, y vi en ella a una mujer valiente y fuerte, que no sólo había desafiado los atavismos de su clase casándose con un hombre de color, sino que además era capaz de apreciar a las personas que formaban el círculo inmediato de su marido. Eso debe de ser el amor, pensé, y sentí por mí mismo algo parecido a la lástima. Como aquella vez con Zachary, tuve la tentación de abrir mi alma a Mary Jo y explicarle que estaba dispuesto a casarme con una mujer a la que no amaba mientras estaba enamorado de otra. Fue una suerte que el sentido común refrenase mi lengua, pues sólo Dios sabe qué hubiese ocurrido de haber hecho semejante confesión. En ese momento, infeliz de mí, pensé que quizá ella y los otros podían sospechar algo acerca de mis sentimientos por Hannah, pues ni siquiera habían pronunciado su nombre en la semana que yo llevaba en Nueva York, y la única vez que me atreví a preguntar por ella me respondieron con evasivas, como si llevasen meses sin noticias suyas.
Aquella noche, Elijah y yo salimos a cenar solos. Zachary tenía un compromiso anterior, y Mary Jo pretextó estar agotada después de la tarde de compras, aunque yo sabía que sólo quería proporcionarnos un poco de privacidad a su marido y a mí. A diferencia de otras noches en que Elijah había reservado mesa en caros restaurantes de la parte alta de la ciudad, en aquella ocasión buscamos refugio en una casa de comidas del barrio italiano, donde no corríamos el peligro de encontrarnos con ningún conocido de los West que pretendiese unirse a nosotros. Cenamos una ensalada de queso y unos enormes platos de pasta con albóndigas, y hablamos de épocas pasadas, que es algo que suelen hacer los viejos amigos. Nos habían traído una botella de un vino tinto áspero y no demasiado bueno, y cuando la acabamos, Elijah pidió otra frasca, de la que se sirvió generosamente. Se me hizo raro, porque normalmente bebía bastante poco, pero no dije nada y tendí mi vaso para que volviese a llenarlo. Al acabar el postre, nos sirvieron una copa de aguardiente de limón.