Cuando mi ruptura con Miguel estaba reciente, me autolesionaba pensando en todas las ciudades que habíamos visitado juntos y a las que, pensaba entonces, yo ya no podría volver. Quedaban, pues, descartados para futuros viajes lugares como Roma, Florencia, Venecia, Londres, Lisboa, la costa Dálmata, París, Budapest, la cordillera del Atlas y el valle del Loira. Afortunadamente, el ataque de cursilería nostálgica me duró más bien poco, y una noche, después de volver de casa de Silvio, me dije que Miguel me había arrebatado tres años de mi vida fértil, algunas aventuras amorosas que hubiesen podido ser interesantes y una buena parte de mi autoconfianza, así que no iba a permitir que me privase también del regreso a ciudades que eran tan suyas como mías. A pesar de ello, desde que terminamos -habían pasado ya cinco meses- no había vuelto a emprender ningún viaje, exceptuando la visita a Frankfurt por motivos de trabajo y la estancia navideña en Galicia, que no se parecían en absoluto a lo que yo llamaría unas vacaciones. Elena me estaba sirviendo en bandeja tres o cuatro días en Roma. No es algo a lo que uno pueda decir que no.
En cuanto a volver a ver a Sergio, ese asunto era harina de otro costal. «Tú no conoces a mi hermano», había dicho Elena. Pues resulta que sí le conocía. De hecho, a veces pensaba que mucho mejor que ella. Él y yo habíamos tenido una aventura. Nadie lo supo, ni siquiera la propia Elena. Sucedió hace ocho años. Ella acababa de trasladarse a Nueva York, y Sergio había venido a Madrid a pasar tres meses haciendo un curso de no sé qué antes de incorporarse a su nuevo destino en la FAO. Elena, tan amiga de meterse en la vida de todo el mundo, insistió en que teníamos que vernos. Creo que a Sergio no le apetecía demasiado, y puedo asegurar que a mí tampoco. En aquella época estaba bastante mal de dinero y había reducido mi vida social al mínimo indispensable. Vivía en un pequeño apartamento de alquiler, me pasaba el día dibujando -aceptaba cualquier trabajo que pudiese proporcionarme algún ingreso- y sólo salía de casa para comprar coca cola light y tabaco en el Seven eleven de la esquina. Mis amigos de siempre habían aprendido a respetar mis fases de ermitaña -aunque creo que nunca sospecharon que tuviesen nada que ver con una mala racha económica- y cuando me negaba a participar de sus planes dejaban de llamarme hasta que era yo quien, tras cobrar un encargo y disponer ya de algo de dinero, volvía a dar señales de vida.
El día que Sergio telefoneó, me quedaban sólo seis mil pesetas en el banco. Me propuso ir a cenar y le dije que no: seguramente pensaba en invitarme, pero la sola idea de no poder hacer frente a mi parte de la cuenta si decidía que pagásemos a medias me hubiese hecho morir de vergüenza.
– Podemos tomar un café a eso de las once.
Me pareció que se lo pensaba.
– Muy bien. Un café, entonces. ¿En el Central?
Dije que sí justo antes de caer en la cuenta que los viernes por la noche actuaba un grupo de jazz y había un recargo de trescientas pesetas en cada bebida. Lo malo de tener poco dinero es que siempre hay que estar haciendo cuentas miserables de ese tipo. Pero ya no había vuelta atrás, y maldiciendo mi suerte y mis escasos reflejos -que de haber actuado a tiempo me hubiesen permitido proponer un lugar alternativo donde la consumición mínima no supusiese una notable parte de mi presupuesto para los próximos días- colgué el teléfono y me enfrasqué en lo que estaba haciendo, unos dibujos horribles para ilustrar el catálogo de ofertas de un supermercado.
Dejé de trabajar a las diez menos cuarto. Cené un par de yogures y un sándwich. Luego me arreglé para salir. Recuerdo que no sabía qué ponerme. No me gustaba nada de lo que había en mi armario, pues hacía meses que no podía comprarme ropa nueva, ni siquiera en las rebajas. Ganaba lo justo para pagar los gastos del apartamento, así que malamente podía emplear lo que no tenía en ir a la moda. Me puse unos pantalones vaqueros, unas bailarinas que me pareció que daban el pego y una chaqueta negra. Aquella noche hacía frío, pero no quería que Sergio me viese con el único abrigo que tenía, una reliquia de hacía tres temporadas, visiblemente pasada de moda, a la que habían salido brillos por todas partes.
Antes de tomar el autobús, metí mil pesetas en la cartera. Era todo lo que tenía para gastar esa noche, y me prometí a mí misma que me marcharía a casa en cuanto el billete verde se me terminase. Había sido una pena no elegir para nuestra cita una cervecería de Moncloa, donde en 1999, mil pesetas daban para pagar varias rondas, pero el mal ya estaba hecho.
Cuando llegué al Central, la banda de jazz aún no había empezado a tocar. Sergio parecía llevar allí un buen rato, pues había un par de tazas vacías delante de él. Entré muerta de frío, temblando en mi chaqueta negra insuficiente para el invierno de Madrid, y él se puso de pie cuando vio que me acercaba.
– Cecilia… cuánto tiempo…
– Hola. ¿Llego tarde?
– No, no, me he adelantado yo. ¿Qué quieres tomar?
Pedí un té con leche para quitarme la tiritona. Sergio se tomó otro. Llevábamos dos años sin vernos, desde su estancia en Oxford. Nos pusimos al día, aunque yo no tenía tantas cosas que contar como él, que había ampliado sus estudios con varios cursos especializados y acababa de aceptar un puesto en la sede de la FAO. Parecía satisfecho y feliz. El clásico ejemplo de un ganador amable y agradecido con su suerte, que cuenta las cosas como son, sin darse un lustre excesivo ni adornarse con una falsa modestia. Pensé que hacía dos años Sergio no era así. Le recordaba como un muchacho inseguro, parapetado detrás de aquellas gafas de concha, siempre asustado ante la perspectiva de los exámenes eliminatorios de la London School of Economics, siempre preocupado, como si sobre su cabeza pendiese eternamente la espada de Damocles de un fracaso que sólo él era capaz de presentir. Los demás -Elena, sus amigos, yo misma- veíamos en Sergio a un futuro triunfador, a un profesional exitoso que iba a alcanzar la cumbre fuese cual fuese la meta propuesta. Mientras, él seguía temblando la víspera de los exámenes, y teniendo pesadillas sin sentido que hablaban de expulsiones, becas retiradas y masters que no le permitían terminar.
Todo aquello había quedado atrás. Frente a mí estaba el Sergio que todos habíamos adivinado, el Sergio que esperábamos y del que sólo él mismo había dudado en otro tiempo. Ahora, encauzada ya su vida, se había transformado en una persona igual pero mejor, libre ya del aura de inseguridad que le rodeaba y que acababa por resultar levemente incómoda. Llevaba un jersey de suave cachemira encima de una camisa de rayas y el pelo perfectamente cortado. En el respaldo de su silla se espachurraba un bonito chaquetón de cuero. Tenía unas manos fuertes, de uñas cortas y pulidas. A su lado, me sentí desaliñada y vulgar, e instintivamente coloqué los pies muy juntos debajo de la mesa para que mis bailarinas desgastadas no contrastasen demasiado con los zapatos de Sergio, que eran nuevos y brillaban como espejos.
A pesar de encontrarme en una situación de clara inferioridad, me gustaba estar allí, con él, escuchándole hablar de sus planes para el futuro inmediato. Me contó que se trasladaría a Roma en cuanto terminase el curso que estaba haciendo. Había alquilado un pequeño apartamento en el Trastévere -no sé por qué me gustó tanto aquella frase, «un pequeño apartamento en el Trastévere»- y se había propuesto explorar la ciudad hasta sus últimas piedras. El tiempo pasó muy deprisa. Pedimos otra ronda -con la que se agotaba mi presupuesto- y, bordeando las doce y media de la noche, como una cenicienta sui géneris, expliqué que tenía que marcharme.