En estos últimos años no sólo no había vuelto a ver a Sergio, sino que ni siquiera había pensado en él. Elena, ignorante de lo acontecido entre los dos, me sugirió que le llamase cuando viajé a Roma a recoger el Premio. Quizá lo hubiese hecho de haber tenido tiempo, pero el caso es que hasta mi último minuto estaba ocupado. Después, aquella vez que Miguel y yo fuimos juntos a la ciudad para pasar allí un fin de semana, habría tenido muy poco sentido concertar una cita con Sergio, a pesar de que Miguel -a quien le encanta conocer a personas instaladas en las ciudades que visita, creyendo que ellos pueden entregarle la llave maestra para toda una selección de lugares misteriosos que no vienen en las guías- me sugirió que le telefonease: «¿No vive en Roma el hermano de Elena? ¿Por qué no quedas con él?» Le dije la verdad: que no me apetecía. No quise explicarle por qué, y supongo que lo achacó a mi intención de monopolizarle durante todo el fin de semana. Lo cierto es que no tenía el menor interés en encontrarme con mi antiguo amante quien, dicho sea de paso, no había tenido la deferencia de llamarme ni de mandarme un miserable correo electrónico en los seis años que habían transcurrido desde nuestro último encuentro en la puerta de un hotel de Madrid. Ahora, ocho años después, las cosas habían cambiado tanto que recordaba como un espejismo la aventura entre Sergio y yo. A veces me costaba trabajo reconocer como propia aquella historia, que se me antojaba redonda y bien rematada, como sacada de una novela o de una película romántica de los años cincuenta.
Unas horas después de haber hablado conmigo, Elena me envió por correo electrónico un localizador de vuelo, la dirección de un hotel cerca de la plaza de San Ignazio y la copia del correo electrónico que había enviado a Sergio:
«Sergio, mi amiga Cecilia va a pasar en Roma tres o cuatro días. Su madre murió hace unos meses y acaba de romper con su novio, así que necesita unas vacaciones y te sugiero que te preocupes un poco de ella. No sé si hace falta que te recuerde que Cecilia lleva un montón de tiempo yendo a hacer compañía al abuelo una vez por semana mientras tú y yo nos lavamos las manos como Poncio Pilatos, aunque yo, al menos, estoy cuidando de papá y mamá, que tú ni de eso tienes que preocuparte, y ya hablaremos del asunto la próxima vez pero que sepas que lo de las Navidades me sentó como un tiro y a mamá ni te cuento. Ya sé que tienes problemas, pero no eres la única persona del mundo que lo pasa mal. Así que deja de mirarte el ombligo y haz el favor de atender a Cecilia y procurar que lo pase bien durante su estancia en Roma o cuando vuelvas a verme tendré tantas cosas que echarte en cara que será mejor que esperemos al cambio de siglo para encontrarnos.»
Qué agradable. Es decir, que para mi antiguo amante yo era una pobre huérfana traumatizada por una ruptura a la que -bajo amenazas- había que entretener y rescatar del pozo de la depresión. Envié un correo a Elena pegado al de Sergio:
«Creí que era tu hermano el que tenía que distraerse:)»
Y ella me contestó:
«Ya, pero es que Sergio es más tontaina que tú y no quiere aceptar la ayuda de nadie, por eso es mejor que crea que el favor lo hace él. Por cierto, Peter te ha cogido asiento de primera clase y el hotel está que te cagas, así que no te quejes»:):):)
Sonreí al leer el correo. Por mucho colegio privado, mucha universidad elitista y mucho rango de consorte de un médico para millonadas del Upper East Side, Elena seguía conservando notables ramalazos barriobajeros. Imprimí el código de vuelo y los datos del hotel, llamé a Silvio para informarle de mi viaje por si necesitaba localizarme y no lo conseguía y, dos días después, tomaba un vuelo rumbo a Roma.
Entré la última en el avión: embarcar cuando ya se han encendido los motores es uno de los placeres que se reservan a los que viajan en primera clase. En esa zona, los pasajeros suelen mirarse entre sí con un aire de familiar complicidad, como si se supiesen uncidos por un destino común que les separa de los otros, la desdichada grey de la clase turista, donde yo había realizado la práctica totalidad de mis viajes. Allí había aprendido a distinguir a los viajeros frecuentes de los turistas accidentales; éstos viajan con mucho equipaje -repartido en varias bolsas que evitan facturar, pues no se fían del sistema de las compañías aéreas- y comprueban media docena de veces que han apagado el teléfono móvil. Mientras aquéllos se mueven por los aeropuertos con una elegante languidez, incluso cuando tienen prisa, los viajeros ocasionales siempre parecen abrumados por las circunstancias y el ambiente, por el cambio de puertas, por las pantallas que anuncian las salidas de los vuelos, por las colas frente al finger y la colocación de los bultos en el compartimento superior. Los viajeros frecuentes ignoran las explicaciones de la azafata sobre cómo actuar en caso de emergencia -porque saben perfectamente que si el avión se cae no hay instrucciones que valgan- y se enfrascan en la lectura del periódico. Los pasajeros excepcionales ponen sus cinco sentidos en el soliloquio gesticulante y localizan, aterrándose antes de tiempo, todas las salidas marcadas con un piloto rojo. Unos se dejan ganar por la indolencia; los otros, por la preocupación exagerada que llega a dibujar en sus rostros una permanente mueca de angustia, como si no pudiesen quitarse de la cabeza toda la amplia sucesión de contratiempos que pueden arruinar el viaje, tal vez el primero y último que realizan en su vida. No vería a ninguno de esos viajeros bisoños en la zona de primera clase. En realidad, no vi a nadie: me quedé dormida antes incluso de que el avión despegara, renunciando así, de forma voluntaria, a los canapés de salmón y la copa de champán que pretendía subrayar la diferencia supuestamente abismal entre nosotros, los privilegiados integrantes de la clase preferente, y el resto del pasaje.
En otoño, el aire de Roma huele bien, a una mezcla de castañas asadas y piedra húmeda. Eso fue lo primero que pensé al salir de la estación Términi. Igual que en mi primer viaje a Roma -ya se sabe, presupuesto limitado, bocadillos, etc.-, había elegido el tren para llegar a la ciudad desde el aeropuerto de Fiumiccino, prescindiendo de los delirantes taxis romanos, con sus conductores irresponsables corroídos por la impaciencia y las malas maneras. Así que, al bajar del avión, mis afortunados acompañantes en la zona de privilegio de la primera clase se sorprendieron al verme enfilar la salida que me unía al colectivo menos agraciado que tenía que llegar a la ciudad haciendo uso del transporte público. Me hubiese gustado explicarles que entrar en Roma por la estación Términi es como llegar a Venecia en el vaporetto de San Marcos: un placer adicional a los que nos aguardan en la ciudad.
Como me había advertido Elena, mi hotel en Roma era cualquier cosa menos un motivo de queja: el Albergo della Pace estaba situado en un callejuela cercana a la plaza barroca de San Ignacio, y contaba con un diminuto patio romano que daba a las habitaciones interiores la tranquilidad de una abadía. La ventana de mi cuarto parecía haber sido abierta en mitad de la hiedra rojiza que trepaba por las paredes, y a las horas en punto escuchaba, como llegado de muy lejos y tamizado por la piedra, el sonido de las campanas de una iglesia.
No vi a Sergio hasta la noche. Dediqué mis primeras horas en Roma a caminar por la ciudad que tan bien conocía, buscando adrede algunos rincones para mí cargados de sentido: un pequeño café donde Miguel me había besado, la diminuta tienda de ultramarinos en la que había comprado pasta de colores y tomates secos, una gelatteria que despachaba helados de color azul con sabor a chicle… Aquella tarde, mientras caminaba, me di cuenta de que era la primera vez en mi vida que estaba sola en Roma, y deseé poder prolongar la rara sensación de libertad que proporciona el encontrarnos en un país extranjero donde la mayor parte de las cosas nos son ajenas, empezando por el idioma, que es la particular música de fondo de cada ciudad. Estaba sola, sola y conmigo, disfrutando del limpio otoño romano, buscando entre mis recuerdos aquellos que ocupaban un lugar de honor en el territorio de la memoria.