Había recogido mis papeletas de la universidad antes de marcharme, y las calificaciones obtenidas habían sido decepcionantes. Había suspendido dos asignaturas, y merecido aprobados miserables en todas las demás. No es que esperase otra cosa -no había dado golpe en todo el curso, excepto los quince últimos días antes de los exámenes finales- pero las malas notas fueron algo así como el toque de gracia: el último ingrediente para el cóctel amargo de un verano infeliz.
Cuando llegué a mi casa estaba de mal humor, y culpaba de mi situación a todo aquel que se cruzaba en mi camino, empezando por mis padres, que de haber sido ricos hubieran podido sufragarme unas vacaciones agradables en el extranjero o, en su defecto, en alguna playa. Mi amargura llegó hasta tal punto que me pasaba el día encerrada en mi habitación, de la que sólo salía para quejarme de todo y de todos -del tiempo, de la comida, del ruido de la casa, de las visitas intempestivas de parientes que venían a tomar el sol en nuestro jardín- o paseando, sola y ceñuda, por los alrededores de la finca de mis padres.
Mis hermanos decidieron tomarse a chacota mi mal genio, y se complacían en zaherirme con unas bromas que entonces considerable crueles. Mi padre optó por ignorar mi pésimo talante diciéndose, supongo, que ya se me pasaría. Pero mi madre estaba hecha de otra pasta, y una tarde en que sólo estábamos en casa ella y yo, me cogió por banda y lanzó una feroz perorata acerca de mi «incalificable comportamiento» durante aquellos días de verano. No era propio de mi madre hablarme así, mucho menos ser tan dura en sus juicios. Aunque aquella tarde subí a mi cuarto echando sapos y culebras sobre las vacaciones, sobre aquella casa y sobre mi familia, la riña de mi madre sirvió para que mi conciencia diese la voz de alarma. Estuve seis horas encerrada en la habitación -ni siquiera quise bajar a cenar- pero, ya a medianoche y después de un severo examen de la actitud mantenida durante aquellos días, llegué a la conclusión de que estaba metiendo la pata al dirigir mis malas vibraciones en la dirección equivocada.
Antes de acostarme me senté delante de mi escritorio, y de un solo golpe escribí a Salva una carta incendiaria en la que le reprochaba su escasa consideración para conmigo, haciendo alusiones concretas al dinero que me adeudaba desde hacía más de seis meses. Metí aquel folio en un sobre sin releerlo -no quería caer en la tentación de atenuar ninguna de mis acusaciones- y al día siguiente le pedí a mi padre que lo echase al correo cuando fuese a la ciudad, esperando que llegase cuanto antes al coqueto apartamento de Montmartre donde mi supuesto amigo vivía, en parte a mi costa, su particular versión de la vie en rose.
Ese verano aprendí, entre otras muchas cosas, que el correo en España no funciona tan mal como podemos pensar. Una semana después de que le enviase la mía, llegó desde París una carta de Salva. Recuerdo que tardé unos minutos en abrir aquel sobre, consciente de que su contenido iba a marcar un antes y un después en muchas cosas. Cuando por fin me decidí a leer aquellas páginas, me encontré con una violenta diatriba acerca de mi deslealtad, mi desinterés, mi ingratitud. Salva me hablaba del «profundo disgusto» que mi carta le había provocado, y de lo mucho que le había dolido descubrir que, para mí, nuestra amistad «valía sólo cincuenta mil pesetas». Podía imaginar a Salva redactando indignado aquellas líneas mientras consumía indolentemente pedacitos de brioche o un eclair de chocolate adquirido en alguna pastelería de postín -era un sibarita, además de un incorregible goloso- tras comunicar a sus amigos franceses que iba a romper para siempre su amistad con una estúpida que tenía la poca delicadeza de hablar con él de cosas de dinero. En las últimas líneas, Salva daba por zanjada para siempre nuestra relación. Y, por cierto, no hacía la mínima alusión a mis posibilidades de recuperar la pasta que seguía debiéndome.
Al acabar de leer aquella carta hiriente, me sentí a la vez molesta y tranquila: las palabras de Salva eran sólo la prueba fehaciente de que, como llevaba algún tiempo sospechando, mi supuesto amigo era un ser egoísta y taimado, cuya idea del afecto estaba ligada al concepto de servidumbre voluntaria. En su particular código de conducta, las cosas funcionaban así: Salva era el centro del universo, y los demás, pobres planetas condenados a girar para siempre alrededor del astro rey. Porque ésa era nuestra obligación: servir a Salva, con nuestra pleitesía, con nuestro afecto, con nuestro dinero si era preciso. ¿Cómo me había atrevido yo, simple súbdito, a importunar las bien ganadas vacaciones de Salva reclamando el pago de una deuda? ¿Cómo no había caído en la cuenta de que aquellas miserables cincuenta mil pesetas eran mucho menos de lo que valía el estar incluida en su nómina de favoritos? De pronto me pregunté con cuántas personas se habría comportado así antes de que yo apareciese en su vida. Probablemente había habido otras víctimas que, fascinadas por su personalidad seductora, se habían dejado seducir por el canto de sirenas de su amistad de cartón piedra. Al pensar en que todo aquello había acabado, sentí una profunda sensación de alivio y una tranquilidad interior que llevaba muchos meses sin experimentar.
Dispuesta a dar completo carpetazo a aquella historia, y también a mi actitud de las últimas semanas, decidí hablar con mi madre para ofrecerle una explicación sobre lo ocurrido. Al principio pensé en organizar una especie de consejo de familia -algo que había visto en algunas teleseries americanas- donde todos los miembros de la mía tendrían ocasión de hacerme reproches mientras yo, humildemente, escuchaba sus recriminaciones y les pedía perdón. Pero me dije que, a pesar de que mi actitud habría exasperado a todos por igual, había sido mi madre la única en coger el toro por los cuernos y cantarme las verdades del barquero. Mis hermanos se habían limitado a defenderse de mis desdenes con burlas de todo tipo, y mi padre, a ignorar mi conducta a la espera de la llegada de tiempos mejores. No, no merecían en absoluto una explicación, puesto que tampoco se habían tomado la molestia de demandarla.
Así que a la mañana siguiente, en la primera ocasión que tuve -mi padre había ido a la ciudad, y mis hermanos a darse un chapuzón en la piscina- me acerqué a mi madre. Llevaba puestos unos vaqueros descoloridos y una camisa que había sido de mi padre, y estaba limpiando el jardín delantero. No importa que sea verano o invierno, en Galicia siempre hay hojas secas que recoger, rastrojos que arrancar y malas hierbas que eliminar, y mis padres no podían permitirse un jardinero, así que solían acometer ellos mismos aquellas tareas de las que nosotros, sus hijos, procurábamos escaquearnos en la medida de lo posible. Por eso mi madre debió de extrañarse cuando me ofrecí a echarle una mano.
– ¿Te ayudo?
– Claro. Así acabaré antes.
Mi madre empuñaba una especie de escoba de metal con la que rastrillaba las hojas antes de depositarlas en una carretilla, donde ya había un montón de abrojos y zarzas extraídas de raíz. Busqué otro rastrillo y recogí algunas hojas, y mientras lo hacía, sin levantar la vista del suelo, se lo conté todo, sin dejarme nada en el tintero. Le hablé de Salva, y también de Jorge y de Nuria, de hasta qué punto me había sentido halagada cuando me incluyeron en su círculo -sólo unos meses después no entendía qué había de atractivo en semejante situación-y mis posteriores dificultades de adaptación a un entorno que no se parecía al mío. También le describí cuidadosamente mi relación con Salva, que sólo ahora me doy cuenta de que era una especie de noviazgo enfermizo sin sexo de por medio. Y, por fin -sintiéndome, eso sí, bastante despreciable- le hablé de mi deseo de pasar unas vacaciones como es debido, en lugar de estar condenada a recluirme en la casa familiar, lejos de todo contacto con mis contemporáneos y haciendo las mismas cosas que hacía en los veraneos de mis doce, trece o catorce años, y de cómo el dinero que Salva me adeudaba hubiese sido bastante para proporcionarme siquiera unos días en la playa, junto a mis compañeros, o un sencillo viaje solitario a alguna capital europea. Luego, para completar la historia, le enseñé la carta de Salva, y, en una buena muestra de mi estupidez, todavía sentí un ramalazo de orgullo al ver una vez más el matasellos de París: mi vida conservaba un evidente toque de sofisticación, pues incluso aquella carta cuajada de insultos llegaba nada menos que de la capital de Francia, de la ciudad de la luz, del refugio de la generación perdida, de los pintores impresionistas y los carteles de Toulouse-Lautrec.