– Desde luego.
Millie les mostró la mesa con la mano y fue a buscar sus cafés. Jodie echó una mirada a su alrededor; solían ir allí después de los partidos del equipo de fútbol de la escuela. Dos adolescentes pasaron entonces junto a Kurt y su reacción fue casi cómica. Las dos estallaron en una risa nerviosa mientras se alejaban hacia el baño.
Jodie escondió la sonrisa tras una servilleta.
– No sabía que tuvieras tantas fans -le dijo.
– Es una novedad y no me gusta airearlo mucho -le sonrió él.
– Yo tendría cuidado; no es bueno depender de las atenciones de las jovencitas -dijo ella, sacudiendo la cabeza.
– Tampoco es mucho mejor depender de las atenciones de las mujeres -repuso él.
Jodie se preguntó por el motivo del cinismo de su tono de voz, pero Millie acababa de llegar con el café y ya no quiso preguntárselo.
Un par de personas se acercaron a saludar y las adolescentes volvieron a pasar frente a ellos con su risa nerviosa. Jodie empezaba a sentirse de vuelta a casa, aunque fuera raro tener esa sensación estando con un McLaughlin en el Café de Millie.
– Me habría gustado que te quedaras un poco más esta tarde -dijo él, tomando un sorbo de café-. Quería presentarte a Katy.
– Bueno… pensé que lo mejor sería marcharme cuanto antes.
– Ya. Mi madre y tú nunca os habéis llevado bien.
– Eso es un eufemismo -dijo ella, rodeando la taza con las manos-. Tu madre me odia.
– ¿Que te odia? -reaccionó él ante la palabra, como si lo fuera a negar, pero después se lo pensó-. Bueno, pero sólo porque eres una Allman.
– Exacto.
Se miraron a los ojos y después rompieron a reír. Él intentó tomarle la mano, pero ella se apartó con rapidez.
– Será mejor que no lo hagas -dijo, mirando a su alrededor-. Nosotros dos juntos tomando café ya es suficiente para dar que hablar a la ciudad durante semanas. Si me tomas la mano…
– Pero no iba a tomarte la mano -dijo él, como avergonzado.
– ¿No? -por un momento no lo creyó-. ¿Y qué ibas a hacer con mi mano entonces?
– No sé -dijo encogiéndose de hombros-. Tal vez mordisquearte un poco los dedos.
Ella lo miró con frialdad.
– Será mejor que pidas un trozo de tarta si tienes hambre.
Pero el flirteo la estaba halagando y volvió a pensar que él se había fijado en el top rojo y lo había recordado todos aquellos años. Nunca olvidaría aquel verano: venir al café de Millie con sus amigas e intercambiar miraditas con los chicos que al año siguiente irían a la universidad, buscando a Kurt y perder la respiración cada vez que lo veía. ¿Acaso él también la miraba? Sólo con pensarlo, se emocionó como cuando era adolescente.
Al final del verano él se había marchado a la universidad y no había vuelto a verlo hasta que se lo encontró en Industrias Allman para anunciarle que iba a trabajar para él. Para entonces, habían pasado muchas cosas.
Kurt había empezado a hablar de nuevo de su madre y de los problemas que estaba teniendo para encontrar una canguro.
– He aquí mi gran dilema -le dijo en voz baja, pero decidido a confiarle sus problemas-. ¿Cómo encuentro una madre para Katy sin tener que contratar una esposa para mí?
– ¿Contratar? -preguntó ella, levantando una ceja, inexplicablemente ofendida por el modo en que él estaba planteando la situación.
– No veo de qué otro modo hacerlo -dijo Kurt.
Ella lo miró y luego pensó que no podía decirlo en serio. Decía eso porque se sentía frustrado.
– Conocerás a alguien y te enamorarás.
– Ya -dijo, mirándola con evidente disgusto-. Creo que ya he visto esa película, pero las segundas partes nunca fueron buenas.
Ella no dijo nada. Esperaba ver en su cara una expresión de dolor por su esposa muerta, pero en su lugar tenía una expresión neutra. Había en ella más amargura que cualquier otra cosa. Qué extraño.
Todo el mundo sabía que él y Grace habían sido la pareja perfecta. Decían que había quedado destrozado cuando la avioneta en la que viajaba se estrelló, y dudaban que fuera capaz de volver a enamorarse.
Ahora Jodie empezaba a preguntarse si la gente tenía razón en sus habladurías.
– Conociste a Grace en la universidad, ¿verdad? -preguntó, sabiendo que se metía en terreno pantanoso, lista para salir de allí corriendo si él no quería hablar de ello.
– Nos conocimos en una clase de hongos -dijo, asintiendo-. Había una salida de campo cada dos fines de semana, así que pudimos conocernos bien -sus ojos adoptaron una expresión soñadora-. Era preciosa, rubia con los ojos de color azul muy claro, como una princesa de hielo -sacudió la cabeza, como si hablase más para sí mismo que para ella-. Nunca me cansaba de mirarla.
Jodie apartó la mirada, algo avergonzada por la sinceridad de su declaración.
– Nos casamos en cuanto acabé la carrera y nos mudamos a Nueva York. Después Grace se quedó embarazada y todo cambió.
Sus ojos parecían ensombrecidos por un nubarrón, una emoción que Jodie no pudo identificar. Esperó a que él continuase con su relato, pero Kart levantó la vista y pareció darse cuenta de que ella estaba allí. Sus ojos se aclararon y le sonrió.
– Pero basta ya de mí. Háblame de cómo decidiste hacerte fisioterapeuta.
Ella empezó lentamente, pero después tomó velocidad y le contó que tenía dos trabajos e iba a clases por las noches, hasta que consiguió una beca y sólo necesitó uno de los dos trabajos. Siguieron hablando media hora más hasta que se hizo la hora de devolver a Kurt a casa para que estuviera allí cuando Tracy llegara con Katy.
– Estará dormida -se dijo a sí mismo cuando estaban en el coche-. Cuando Tracy la traiga a casa parecerá un angelito.
Jodie pensó que era muy bonito que quisiera tanto a su hijita, pero le provocaba náuseas. Nunca tendría una relación con un hombre que tuviera hijos. No era su destino y no debía olvidarlo.
Aparcó frente a la casa y él se giró hacia ella, sonriendo en la oscuridad.
– Gracias por venir a rescatarme, Jodie. No creía poder aguantar otra noche cojeando solo en mi habitación. Me has dado un respiro.
– Cuando quieras -susurró ella, aunque su atención estaba concentrada en su boca lujuriosa y en si volvería a besarla o no.
Se decía a sí misma que no debía ser estúpida y esperarlo. Aquello no había sido una cita y no había motivo para que la besara. El beso había sido producto de un momento de enajenación mental transitoria y probablemente nunca volviera a ocurrir.
Pero no podía convencerse de ello. Probablemente porque deseaba que él volviera a besarla. Lo deseaba más de lo que había deseado nunca ninguna otra cosa.
Ya era noche cerrada. Había luna nueva, así que las estrellas refulgían en su máximo esplendor: un cielo texano lleno de magia. Tal vez si le pidiera un deseo a esas estrellas…
Su cara estaba muy cerca y él empezó a juguetear con su pelo. Su mirada era tan suave como el terciopelo.
– ¿Sabes, Jodie? Tengo muchas ganas de besarte…
– Oh -exclamó ella con el corazón encogido.
– Pero no lo voy a hacer -dijo, torciendo el gesto. Ella lo miró horrorizada mientras le daba una explicación estúpida-. Eso iría contra mis planes y mis principios. Me he propuesto seriamente…
Ya estaba bien. ¡Al cuerno con los principios! No iba a dejar que él se saliera con la suya en esa ocasión, así que lo agarró firmemente por la cabeza, poniéndole las manos sobre las mejillas, le bajó la cara y lo besó.
– Ya está -dijo casi sin aliento cuando acabó-. ¿Tan duro ha sido?
Él la miró fijamente unos segundos y después se echó a reír. Después alargó los brazos, la atrajo hacia sí y la besó con fuerza.
Campanas, fuegos artificiales, estrellas fugaces, música de violines… y su cuerpo respondiendo al calor de su boca y derritiéndose completamente.
Cuando él se apartó, Jodie emitió un leve quejido sin querer, pero estaba tan sobrecogida que no podía sentir vergüenza por nada. Kurt sabía cómo besar y ella quería repetirlo. Una y otra vez…