Poco más tarde, se encontró con el entusiasta de Log Hollow que estaba juntando a los músicos de ambas patrullas para practicar, una novedad en la experiencia de la mayoría de los implicados, y no escapó hasta que fue casi hora de recoger a Fawn.
Fawn se miró el cabello en el espejo de afeitar y decidió que las cintas verdes, donadas por Reela la de la pierna rota, combinaban muy bien con su vestido. Reela le había enseñado cómo hacer trenzas Andalagos, que resultaron tener diversos significados; Fawn se enteró de que el moño en la nuca era señal de luto, excepto cuando era una prudente preparación para entrar en liza. Saber esto hacía que el grupo de patrulleros pareciera distinto a ojos de Fawn, y le dio una sensación extraña, como si el mundo se hubiera movido bajo sus pies, sólo un poco, y no pudiera volver a ser como antes. En cualquier caso podía estar segura de que su peinado de esta noche, con el pelo recogido en lo alto de su cabeza por un alegre lazo y luego suelto en una cola de caballo, con los rizos agitándose, no decía nada que no quisiera decir en lenguaje patrullero.
Dag vino a recogerla, al parecer más relajado; Fawn se preguntó si Mari le habría dado malas noticias en el establo el día anterior, para deprimirle así por la noche. Pero ahora le relucían los ojos. Su sencilla camisa blanca hacía que su piel cobriza pareciera brillar. El olor de ayer, a pantano y caballo y emergencia, había sido reemplazado por jabón de lavanda y algo cálido por debajo que era sólo Dag. Su pelo estaba limpio y suave y escapando ya de cualquier orden que el peine hubiera intentando imponerle, y tenía un aspecto muy acariciable, si pudiera llegar tan arriba. De puntillas. Con una escalera. Algo…
La atmósfera en el comedor no era muy diferente a la de otras noches, hambrienta y ruidosa, excepto que había más gente porque por una vez todo el mundo estaba allí. Todos iban notablemente limpios, y muchos parecían haber obtenido, o compartido, agua de colonia. Las ropas de fiesta parecían ser las ropas de diario, sólo que limpias. Fawn imaginó que las alforjas no dejaban sitio para muchas mudas; las mujeres seguían llevando pantalones. ¿Llevarían falda alguna vez? Pero los peinados parecían más elaborados. Algunos de los patrulleros más jóvenes llevaban incluso campanillas en las trenzas.
La comida y la bebida, sobre todo la bebida, corrían libremente hasta la sala contigua, donde las sillas habían sido retiradas contra las paredes y habían quitado las alfombras para crear un espacio donde bailar. Fawn encontró un sitio con el resto de los convalecientes, Saun y Reela, el hombre de la patrulla de Chato con la rodilla mala y puntos en la mandíbula, y el pobre y alicaído patrullero que sufrió las mordeduras de serpiente el día anterior, y que ahora aguantaba con buen humor algunas despiadadas bromas al respecto. Pero los bromistas también distribuyeron cerveza entre todos los confinados en sillas, y parecían dispuestos a seguir trayéndola. Fawn dio un sorbito a la suya y sonrió tímidamente en agradecimiento.
Dag había desaparecido un momento, pero reapareció enroscando algo en su muñequera. Fawn parpadeó asombrada al ver que era una pandereta, ajustada con una clavija de madera para que se sujetara bien.
—¡Cielos! No sabía que tocabas algo.
Él le sonrió, terminando de ajustar el instrumento y tamborileando los dedos sobre la piel tensa. El sonido en staccato la hizo incorporarse.
—Qué ingenioso. ¿Qué tocabas antes de perder la mano?
—La pandereta —replicó él alegremente—. Intenté aprender a tocar la flauta, pero los dedos se me enredaban incluso cuando tenía el doble, y cuando me puse con el violín me acusaron de torturar gatos. Con esto no puedo desafinar. Además —bajó su voz en tono cómplice—, así me libro de tener que bailar —le guiñó el ojo y fue hacia el extremo de la sala, donde se estaban reuniendo más patrulleros.
Su surtido de instrumentos parecía un poco aleatorio, pero la mayoría eran pequeños, para caber en algún rincón de las alforjas. Había varias flautas de madera, arcilla, o hueso, dos violines, y una colección improvisada de barreños para golpear, obviamente sustraídos al hotel para la ocasión. La sala se llenó y se quedó en silencio.
Un hombre de pelo canoso con una flauta de hueso se adelantó en el silencio y empezó a tocar una melodía que Fawn encontró embrujadora; le puso de punta el vello de los brazos. Inquieta, estudió la pálida flauta de hueso, con caracteres pirograbados en su superficie, y de golpe estuvo segura de que era un pariente de alguien. Porque los fémures venían a pares, pero los corazones de uno en uno, de modo que ¿qué hacían los Andalagos con las sobras, tan honradas? La melodía era tan elegíaca que tenía que ser alguna oración, un himno o un recordatorio; Fawn vio que algunos movían los labios recitando una letra que obviamente se sabían de memoria. El silencio se prolongó durante todo un minuto, las miradas bajas.
La pandereta repiqueteó como una serpiente de cascabel, y un repentino estallido de percusión hizo pedazos la melancolía como si intentara expulsarla por las ventanas. Los violinistas y flautistas y percusionistas de barreño empezaron a tocar un animado baile, y los patrulleros salieron a la pista. No bailaban en parejas sino en grupos, trazando complicados pasos unos en torno a otros. Aparte del intercambio de parejas sin importar sexo, a Fawn le recordó mucho a los bailes de los granjeros, aunque los patrulleros parecían arreglárselas sin un maestro de ceremonias. Se preguntó si harían algo con sus sentidos esenciales para sustituir esa coordinación externa. Los pasos parecían muy complejos, pero los bailarines raramente fallaban un paso, aunque cuando alguien lo hacía los demás se reían y se burlaban, y todo el grupo se reposicionaba, cogía de nuevo el ritmo, y empezaba otra vez. Las campanillas sonaban alegremente. Dag estaba en la fila de atrás de los músicos, manteniendo un ritmo constante, puntuándolo con tintineos bien colocados, mirándolo todo y con aspecto extrañamente feliz; no hablaba ni cantaba, pero sonreía levemente ante las bromas.
Las ganas de los patrulleros jóvenes de bailes rápidos parecían insaciables, pero finalmente los jadeantes músicos fueron sustituidos por un par de cantantes. Fuera, el sol oblicuo del verano se había puesto, y la habitación estaba caldeada por velas, lámparas y cuerpos sudorosos. Dag desmontó su pandereta y fue a sentarse a los pies de Fawn, recuperando el tiempo perdido en beber cerveza con ayuda de lo que parecía una cadena de gente que le llevaba vaso tras vaso junto con felicitaciones.
Una canción era nueva para Fawn, otra tenía una melodía conocida pero con otra letra, y la tercera se la había oído cantar a su tía Nattie mientras hilaba; se preguntó si se habría originado entre los granjeros o los Andalagos. Los cantantes eran un hombre y una mujer de la patrulla de Chato, y sus voces armonizaban encantadoramente, la de ella clara y pura, la de él baja y resonante. Fawn ya no estaba segura de si la canción sobre un patrullero bailando con osos mágicos en los bosques era una fantasía o no.
El hombre de la flauta de hueso se les unió, formando un trío; cuando emitió unas notas introductorias de la siguiente canción, Dag dejó abruptamente en el suelo su vaso de cerveza medio lleno. Su sonrisa por encima del hombro a Fawn parecía más bien una mueca.
—Voy a la letrina. La cerveza, eh —se disculpó, y se puso en pie.
Tres pares de ojos siguieron sus movimientos con preocupación: los de Mari, los de Utau, y los de otro camarada anciano; Mari hizo un gesto interrogativo, ¿Quieres que…?, a la que Dag contestó negando con la cabeza. Salió sin mirar atrás.