No duró mucho la confraternización. Aprovechándose del alborozo, algunos colegas se habían escabullido con unas cuantas cajas, las que consiguieron transportar, manera evidentemente desleal de prevenir hipotéticas injusticias en el reparto. Los de buena fe, que siempre los hay por más que se diga lo contrario, protestaron, indignados, que así no se podía vivir, Si no podemos confiar unos en otros, adónde vamos a parar, preguntaban unos, retóricamente, aunque llenos de razón, Lo que están pidiendo esos cabrones es una buena soba, amenazaban otros, no era verdad que la hubieran pedido, pero todos entendieron lo que aquel hablar quería decir, expresión, ésta, algo mejorada de un barbarismo que sólo espera ser perdonado por el hecho de venir tan a propósito. Ya a cubierto en el zaguán, los ciegos se pusieron de acuerdo en que la manera más práctica de resolver la primera parte de la delicada situación era dividir en partes iguales para cada sala las cajas que quedaban, por suerte en número par, y organizar una comisión, también paritaria, de investigación, con vista a recuperar las cajas perdidas, mejor dicho, robadas. Tardaron algún tiempo, como de costumbre, en debatir el antes y el después, es decir, si debían comer primero e investigar después, o al contrario, habiendo prevalecido la opinión de que lo más conveniente, habida cuenta las muchas horas que llevaban ya de ayuno forzado, era empezar por confortar el estómago, y proceder después a las averiguaciones, Y no os olvidéis de enterrar a los vuestros, dijo uno de la primera sala, Todavía no les hemos matado y quieres ya que los enterremos, respondió un gracioso de la segunda, jugando jovialmente con las palabras. Se echaron todos a reír. Sin embargo, no tardaron en saber que los bribones no se encontraban en las salas. A la puerta de una y otra había habido siempre ciegos esperando que llegara la comida, y éstos fueron los que contaron que oyeron pasar por los corredores gente que parecía llevar mucha prisa, pero en las salas no había entrado nadie, y mucho menos con cajas de comida, eso podían jurarlo. Alguien recordó que la manera más segura de identificar a los golfantes sería que fueran todos a ocupar sus respectivas camas, y, obviamente, las que quedaran vacías delatarían a los ladrones, por tanto, lo que procedía era esperar que volvieran, de allá donde se hubieran escondido, relamiéndose de gusto, y echárseles encima para que aprendiesen a respetar el sagrado principio de la propiedad colectiva. Actuar de conformidad con la sugerencia, por otra parte oportuna y muy asentada en justicia, tenía sin embargo el grave inconveniente de posponer, hasta sabe Dios cuándo, el deseado y a estas horas ya frío desayuno, Comamos primero, dijo uno de los ciegos, y la mayoría creyó que sí, que lo mejor era que comiesen primero. Por desgracia, sólo lo poco que había quedado tras el robo infame. En ese momento, en un lugar oculto de la vetusta y arruinada construcción, estarían los rateros llenándose la barriga con raciones dobles y triples de un rancho que, inesperadamente, aparecía mejorado, compuesto de café con leche, realmente frío, galletas y pan con margarina, mientras la gente honrada no tenía más remedio que darse por satisfecha con dos o tres veces menos, y no de todo. Se oyó allá fuera, lo oyeron algunos de la primera sala, mientras trincaban melancólicamente el agua-y-sal, el altavoz llamando a los contagiados para que fuesen a recoger su parte de comida. Uno de los ciegos, sin duda influido por la atmósfera malsana dejada por el delito cometido, tuvo una inspiración, Si los esperamos en el zaguán, seguro que se llevan un susto morrocotudo con sólo vernos, y tal vez dejen caer entonces una o dos cajas, pero el médico dijo que eso no le parecía bien, que sería una injusticia castigar a quien no tiene culpa. Cuando acabaron todos de comer, la mujer del médico y la chica de las gafas oscuras llevaron al jardín las cajas de cartón, los envases vacíos de leche y de café, los vasos de papel, en fin, todo lo que no se podía comer, Tenemos que quemar la basura, dijo luego la mujer del médico, a ver si se van de aquí esas nubes de moscas.
Sentados en las camas, cada uno en la suya, los ciegos se pusieron a la espera de que volvieran al redil las ovejas descarriadas, Cabrones es lo que son, comentó una voz fuerte, sin pensar que respondía a la pastoril reminiscencia de quien no tiene culpa de no saber decir las cosas de otra manera. Pero los maleantes no aparecieron, sin duda desconfiaban, seguro que había entre ellos uno tan astuto como el de aquí, el que tuvo la idea de la soba. Iban pasando los minutos, algunos ciegos se tumbaron, varios se habían quedado dormidos ya. Que esto, señores, es comer y dormir. Bien vistas las cosas no se está mal del todo. Mientras no falte la comida, que sin ella no se puede vivir, es como estar en un hotel. Al contrario, qué calvario sería estar ciego allá fuera, en la ciudad, sí, qué calvario. Andar dando tumbos por las calles, huyendo todos de él, la familia aterrorizada, con miedo de acercársele, amor de madre, amor de hijo, historias, quizá me hicieran lo mismo que aquí, me encerraban en un cuarto y me ponían el plato a la puerta, como mucho favor. Pensando fríamente en la situación, sin prejuicios ni resentimientos que siempre oscurecen el raciocinio, es preciso reconocer que las autoridades tuvieron vista cuando decidieron juntar ciegos con ciegos, cada oveja con su pareja, que es buena regla de vecindad, como leprosos, no hay duda, aquel médico allá al fondo tiene razón cuando dice que tenemos que organizarnos, la cuestión, realmente, es la organización, primero la comida, después la organización, ambas son indispensables en la vida, elegir unas cuantas personas disciplinadas y disciplinadoras para dirigir esto, establecer reglas consensuadas de convivencia, cosas simples, barrer, ordenar y lavar, de eso no podemos quejarnos, que hasta jabón nos mandaron, y detergentes, tener la cama hecha, lo fundamental es que no nos perdamos el respeto a nosotros mismos, evitar conflictos con los militares que cumplen con su deber vigilándonos, para muertos ya tenemos bastantes, preguntar quién conoce aquí buenas historias para contarlas al caer la tarde, historias, fábulas, chistes, es igual, lo que sea, imagínese la suerte que sería que alguien se supiera la Biblia de memoria, repetiríamos todo, desde la creación del mundo, lo importante es que nos oigamos unos a otros, qué pena que no haya una radio, la música fue siempre una gran distracción, y oiríamos las noticias, por ejemplo, si encontraban remedio para nuestra enfermedad, la alegría que iba a haber aquí.