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Aparcó el coche sólo a tres calles de su casa. Estaba tan ansiosa por llegar que con dos golpes de volante lo había encajado en un hueco imposible. Pasó por delante del supermercado, pero no se dignó a dirigirle una mirada. Ya compraría otro día. Ojalá no encontrara a nadie conocido por el camino. Ya sería mala suerte ir a toparse con alguien en las dos calles que ahora la separaban de casa. Pero Francfort no es lo bastante grande para ser una ciudad anónima, una siempre corre el riesgo de toparse en la calle con amigos, colegas o también con relictos de antiguos casos, sospechosos, amigos de sospechosos, parientes de sospechosos, que miran hoscos y vuelven la cara sin disimulo; o con víctimas, amigos de víctimas o sus parientes, que saludan con un rictus doloroso al verse de pronto confrontados con el recuerdo de un crimen justo cuando quizás habían salido a comprar unos zapatos y se sienten culpables de tal trivialidad.

Aceleró el paso para que quien la viera notara enseguida que tenía prisa. Encontrara a quien encontrara en su camino, un saludo rápido sin aflojar el ritmo. Cortés. Pero breve. Lo peor que le podía pasar, y al pensarlo sintió un aguijonazo de mala conciencia, era que de pronto, en la próxima y última esquina, se le apareciera su vecina Iris Fröhlich, la única de la casa con quien había llegado a establecer una amistad. Una redactora del Frankfurter Rundschau más o menos de su edad. El resto eran jubilados, oyentes de la emisora HR4, como comprobaba a veces cuando subía a su piso, en la tercera planta del edificio, y le llegaban a través de algunas puertas esas melodías bávaras, dulzonas, con el indefectible chumpachum y una pretendida ingenuidad popular. Un mundo limpio, blanco, de pantalones cortos de cuero, mangas fruncidas y delantalitos almidonados. La otra parte eran treintañeros que vivían sólo temporalmente en la ciudad, porque trabajaban uno o dos años en algún banco o una multinacional en Francfort y después desaparecían. Ocupaban los pisos más altos, los más pequeños. Cada año, llevaba ya cinco en esa casa, había una mudanza, se iba un treintañero y entraba otro. En los dos primeros pisos, los jubilados, arriba los treintañeros y en medio Iris Fröhlich, Cornelia Weber-Tejedor y Jan Schumann, su marido, tres lonchas de cuarenta y pocos en una especie de bocadillo de la pirámide social.

Recordó que Iris estaba de vacaciones y que volvía esa misma semana. También que habían quedado para ir a correr, pero no sabía con certeza qué día. Bueno, ya daría señales de vida. Entonces saldrían como siempre, un ave del paraíso corriendo junto a un cuervo.

– Esa poca afición al color la tienes de tu parte española.

Era la opinión de Iris. Y quizá tenía razón, se dijo al verse reflejada en un escaparate vestida de oscuro. También a sus genes hispanos debía el no haber superado el metro sesenta y cinco. Por suerte la talla mínima para entrar en la policía alemana era de un metro sesenta; para hombres y mujeres.

Sonrió, pero la sonrisa se le congeló al avistar la puerta de la casa. Ahí estaba, recortando el seto del jardín delantero, el señor Schneider, el portero, para quien Iris, con sus novios variables, sus horarios irregulares y su música, era una espinita clavada en la piel perfecta de esa casa. A pesar de la frialdad con que la comisaria lo trataba, Schneider sentía una admiración servil por ella. Sólo el señor Rink, un profesor de derecho jubilado que vivía en el primer piso quedaba un punto por encima de ella.

¡Schneider! El último obstáculo. En tres semanas no había conseguido ni una sola vez llegar a tiempo. Y Schneider parecía cortar el seto con exagerada meticulosidad, más bien al acecho de la entrada o salida de algún vecino con quien pegar la hebra.

No podía dejar que justamente ese sesentón prejubilado, algo ventrudo y metomentodo se interpusiera en su camino. No. No iba a permitirlo. Metió la mano en el bolsillo de la gabardina y sacó el móvil. Empezó a hablar al aparato mudo. Schneider la vio venir, pero su alegría inicial se tornó en decepción al darse cuenta de que estaba hablando por teléfono. Liberada de tener que intercambiar una sola palabra con él, Cornelia le dirigió su mejor sonrisa y pasó veloz a su lado. El portero había dejado la puerta de la casa abierta. Perfecto. Siguió con la farsa de la conversación únicamente un piso más y después buscó con premura las llaves. Abrió la puerta y mientras la cerraba con la espalda, se quitó los zapatos con dos patadas al aire. Cada uno cayó por su lado. Colgó la chaqueta del perchero que tenía en el recibidor. ¡Las siete menos cinco! ¡Sensacional! Lo había conseguido. Corrió a la sala de estar. Rastreó de derecha a izquierda la habitación. El mando estaba donde debía estar, sobre el brazo derecho del sofá. Mientras se dejaba caer en el asiento, apuntó hacia el aparato. Cuando llegó a tocar la superficie del sofá, ya escuchaba la sintonía de los Simpsons.

Y sólo cinco minutos más tarde, ni siquiera le habían dejado tiempo para llegar a la pausa de la publicidad, sonó el teléfono. Fue un gesto mecánico, hacía tantas semanas que no conseguía llegar a casa a tiempo que ya había olvidado que no respondía al teléfono durante el programa y apretó el botón verde para contestar.

Era su madre que con la excusa de confirmarle la hora del entierro de Marcelino, como si ella no lo supiera, reclamaba más información. Hacerle entender que eso no era posible le costó hasta la pausa de la publicidad; durante los anuncios hablaron de otras cosas, sobre todo de su hermano Manuel; cuando el episodio continuó, se habían despedido, pero Cornelia ya no tenía ganas de ver el resto. Apagó el televisor, tomó una carpeta con informes sobre el caso y leyó sin demasiada concentración hasta la hora de acostarse. Tuvo todo el tiempo el teléfono consigo, incluso al ir al baño o la cocina, pero Jan no llamó.

LOS OTROS

HR 1, Buenas días. Mi nombre es Marión Baumgarten, llegó el fin de semana. Las lluvias constantes de las dos últimas semanas están cesando. La ciudad vuelve paulatinamente a la normalidad. Ya no hay calles cerradas en Francfort y en el aeropuerto los despegues y aterrizajes se realizan con normalidad.

Cornelia se recogió el pelo en un moño y se metió en la ducha. Después de un viernes dedicado al trabajo de despacho, leyendo protocolos de entrevistas y preinformes periciales y haciendo llamadas, había regresado a casa sin tener la sensación de haber logrado avanzar en la investigación de ninguno de los dos casos que tenían encomendados. Se había propuesto acostarse temprano. Desde el inicio del caso Soto el miércoles, dormía mal. Peor de lo acostumbrado.

Debido a corrimientos de tierra, varias carreteras en la zona del Odenwald permanecerán cerradas hasta nuevo aviso.

Al final se quedó viendo una película hasta la una. Por suerte, aunque le tocara ir a trabajar en sábado, podía hacerlo más tarde de lo habitual.

Con un par de giros suaves y precisos en los grifos consiguió la temperatura perfecta.

Los ataques de apoplejía son la tercera causa de muerte en el país. Con frecuencia hay síntomas previos asociados, pero éstos no se detectan a tiempo. Éste será nuestro primer tema de hoy.

Cornelia cerró el grifo de la ducha con un gesto rápido de la muñeca y se quedó mirando fijamente el pequeño transistor colocado sobre la repisa de la ventana del baño.

Después del anuncio de los temas, del aparato sólo salía una cancioncilla ligera. Siempre una canción entre tema y tema. Calculó que tendría tiempo si no se entretenía. Agua otra vez. Enjabonado rápido. Agua. Salir, pero sin prisas, los resbalones en el baño son peligrosos. Se envolvió con la piel medio húmeda en un albornoz y se dirigió a la cocina con el transistor en la mano. Buscó la misma emisora en la radio de la cocina, y sólo cuando estuvo segura de tenerla bien sintonizada, apagó el otro aparato. Lo llevó de una carrera al baño, la canción aún sonaba. Atenta a la evolución de la música, puso agua a calentar para el café. Finalmente, se oyó de nuevo la voz de la moderadora.