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Los ataques de apoplejía son los causantes de un tercio de las muertes en Alemania. Sin embargo, con las medidas de prevención adecuadas y gracias a un nuevo tratamiento, muchas de ellas podrían ser evitadas. Con nosotros, en el estudio, está el catedrático Dieter Franzbach, director de la unidad coronaria de la Clínica Universitaria de Francfort. Buenos días, profesor Franzbach.

La voz del catedrático al saludar era grave y lenta. Cornelia subió un poco el volumen de la radio.

… los factores de riesgo son varios: hipertensión, diabetes, fumar. En realidad, a partir de los treinta y cinco años todo el mundo debería medirse regularmente la tensión…

¿Qué le dijo el médico en la última revisión? No se acordaba, pero pensó que si hubiera habido motivos de alarma se lo habría hecho saber.

… se trata de un problema que no afecta sólo a gente de cierta edad, sino que se puede producir en cualquier momento, pero cuyas consecuencias son paliables si se reconoce a tiempo las señales previas.

Se acercó más a la radio, el borboteo del agua en el calentador se hacía cada vez más intenso.

Es muy importante que…

En ese momento una melodía estridente con reminiscencias barrocas la hizo saltar de la silla. Durante unos segundos se quedó de pie en medio de la cocina sin saber en qué dirección moverse, si hacia el sonido insistente del teléfono o hacia la voz reposada pero firme del doctor. Al final, salió al pasillo y cogió el teléfono. A la primera sílaba ya había reconocido la voz de Fischer.

– ¿Quieres que vaya a recogerte a la Jefatura? Podemos ir en mi coche al entierro de Marcelino Soto.

– Muy bien. Si el entierro es a las diez y media, lo mejor es que salgamos a las diez. Sigue habiendo mucho tráfico. Así que sé puntual.

– Claro.

La voz de Fischer había llegado ligeramente irritada, pero lo ignoró. Volvió a la cocina. El doctor respondía a las preguntas de los oyentes. Se llevó la radio consigo al dormitorio; mientras se vestía, su cerebro grababa las palabras del médico.

Poco antes de las diez estaba en la Jefatura de Policía. Müller entró sólo cinco minutos más tarde.

– Comisaria, le he traído un café.

Venía con dos vasos de cartón humeantes.

– Para usted con leche y sin azúcar, ¿verdad?

Le tendió uno de los vasos y se sentó enfrente del escritorio. Cornelia tomó su vaso y después de un par de sorbos se le escapó un gracias tan complacido que miró involuntariamente hacia la mesa de Fischer sólo para cerciorarse de que no estaba presente. Los ojos claros de Müller sobre esa nariz que no podía dejar de admirar le sonreían. Inmediatamente le dio instrucciones sobre lo que tenía que hacer mientras ella y Fischer estuvieran en el entierro. A pesar de que ya se lo había dicho el día anterior, Müller escuchó mientras tomaba sorbos de café.

– Puede usted trabajar aquí. Yo me voy enseguida.

Fischer aún no había aparecido. Miró el reloj. Las diez. ¿No le había dicho a las diez? ¿Y qué hora era? Las diez. En punto. Pues se marchaba. No esperó ni un minuto más. Tomó la chaqueta y el paraguas y salió.

– Gracias de nuevo por el café, Müller.

– Ha sido un placer, comisaria.

– Hablamos después del entierro de Marcelino Soto.

Llegó en quince minutos. El tráfico era menos denso de lo esperado. Vio los coches aparcados delante de la entrada principal del cementerio y siguió a un grupo al que oyó hablando en español. Tanto hombres como mujeres iban completamente vestidos de negro. Algunas mujeres llevaban incluso mantillas. Venían de la misa de difuntos.

El grupo dobló a la izquierda y siguió un camino más estrecho flanqueado de árboles que dejaban caer hojas cargadas de agua. Las lluvias abundantes de los últimos días habían dejado paso a un cielo gris, encapotado. Los caminos del cementerio estaban cubiertos por una densa alfombra resbaladiza. Una de las mujeres dio un traspié y estuvo a punto de caer, pero se aferró con ambas manos a los hombros de las dos mujeres que iban con ella. Éstas se asustaron, una de ellas gritó, pero se reprimió al momento. Las tres se miraron y al hacerlo se les escapó una risa que también cortaron antes incluso de percibir las miradas de censura del resto del grupo. Bajaron las cabezas y formaron una sólida cadena de brazos negros.

El grupo tomó otro camino lateral. Cornelia, detrás. Estaban llegando. Al fondo ya se veía una masa oscura ordenándose alrededor del féretro. El grupo aceleró el paso. Cornelia lo redujo y buscó un rincón discreto desde donde observar la ceremonia. Lo mejor era situarse en un lugar desde el que pudiera tener la misma perspectiva del sacerdote. De este modo podría ver las caras de la mayoría de los asistentes. Aunque teniendo en cuenta la muchedumbre que se agolpaba alrededor de la fosa abierta, era más bien una tarea quimérica. Parecía que toda la comunidad española se hubiera concentrado allí. Marcelino Soto había sido realmente muy popular.

Pronto empezó a distinguir algunas caras conocidas entre la multitud. Magdalena Ríos ocupaba una silla plegable flanqueada por sus dos hijas. Apenas se movía. Tenía la cabeza caída a la izquierda, sobre el hombro de su hija Julia. Apretaba las manos convulsivamente y estaba postrada sobre la silla con tal abandono que a pesar de la menudencia de su cuerpo parecía que la estructura de la silla fuera demasiado frágil para sostener ese peso. A su derecha su otra hija pugnaba por contener las lágrimas y mantener quietos a dos niños de unos seis y ocho años. Al lado de Julia Soto, pálida y fatigada, Cornelia reconoció a Carlos Veiga, pero no pudo detenerse demasiado en él, una mano se movía entre la masa intentando captar su atención. La mano saludaba con un breve balanceo y se escondía. Aparecía de nuevo, oscilaba tres, cuatro veces y se escondía de nuevo. Era su madre. Cornelia la saludó con una inclinación de la cabeza y vio cómo su madre propinaba un codazo a su padre en las costillas. Horst Weber interrumpió su conversación con dos hombres que estaban delante de él y se volvió airado hacia su mujer. Ella le señaló en la dirección en la que estaba su hija. Horst Weber la buscó y la saludó levantando la mano mientras sonreía con timidez. Mientras tanto Celsa Tejedor y agestaba advirtiendo de su presencia a todos los que estaban a su alrededor. La noticia se extendió a gran velocidad y en unos segundos Cornelia pasó a ser el centro de atención de las miradas. Algunos la miraban de reojo, otros, amparados por la impunidad de la distancia, la contemplaban sin disimulo.

El sacerdote apareció justo cuando la noticia iba a extenderse al flanco derecho. Como en una orquesta obediente, todos los presentes callaron y concentraron la vista en la figura con las manos entrelazadas de pie delante del féretro. A sus primeras palabras siguieron los primeros sollozos contenidos. A la mención del nombre del difunto, el primer grito sofocado de la viuda. Cornelia no podía oír con claridad qué estaba diciendo, pero sí ver las reacciones de los asistentes. Buscó a sus padres. Ambos tenían la mirada baja. Su madre lloraba. Su padre observaba fijamente algún punto perdido entre sus zapatos.

Fue una ceremonia breve. Cuando el cura la dio por finalizada, la gente empezó a disgregarse en pequeños grupitos que parecían negarse a abandonar el lugar.

Viendo a esta multitud compungida, Cornelia se preguntó qué iba a sacar de estar allí. Había demasiada gente y no pasaba nada anormal en un entierro. Quizá debería haber hecho venir a Müller para que hiciera algunas fotografías. Habría sido lo habitual, pero en este caso la presencia de sus padres la había cohibido. No quería fotos de su familia en la Jefatura de Policía, con la posibilidad de que cayeran en manos de sus compañeros.

No escuchó los pasos a su espalda y de súbito notó que alguien le daba unos golpecitos en el hombro izquierdo. En un primer instante creyó que sería Müller. Era Fischer.