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Por entonces todos creían que Ivonne era francesa. Ni siquiera las auténticas papirusas -mote que recibían las polacas por la forma en que nombraban al cigarrillo- sospechaban que aquella mujer pérfida y altiva era una compatriota. Una papirusa, por muy bella que pudiera ser, cobraba, en el mejor de los casos, la cuarta parte de lo que costaba una puta francesa. Ivonne jamás aceptó recibir consejos de las más experimentadas, no tenía amigas ni confidentes y casi no hablaba con nadie. No porque fuese la chica desdeñosa y arrogante que aparentaba, sino que aquel era su modo de hacerse la ilusión de que ella era otra cosa. Pese a que ya había perdido toda esperanza de convertirse en cantante, se resistía a verse a sí misma sólo como una prostituta.

Entre las putas existía una suerte de dogma inquebrantable: jamás había que besar a un cliente. El beso era el símbolo del amor y el nombre del amor no se debía ensuciar ni mezclar con el trabajo. A Ivonne siempre le resultó un precepto cuanto menos vacuo. Además de los servicios más frecuentes, podían hacer las cosas más repugnantes y escatológicas que cualquiera pudiera imaginar, podían someterse a los caprichos y excentricidades de los clientes, pero besar, jamás. De hecho, si fuesen alternativas excluyentes, el sentido común indicaría que el beso era la más tolerable de las opciones. Desde el principio Ivonne quebrantó esta vieja máxima. Y este era, precisamente, el secreto de su éxito. Sus clientes recibían el calor de su lengua, la hospitalidad de sus labios, las palabras que esperarían de una amante y se creían únicos y privilegiados. Ivonne les despertaba un sentimiento de redención. Esa chica hermosa, frágil y cariñosa como una novia, no podía ser una puta. Y era entonces cuando mordían el anzuelo. En realidad, lo único que quería Ivonne era evitar el suplicio de que un desconocido se metiera entre sus piernas y transpirara su lascivia sobre su cuerpo. Y había descubierto que el sencillo acto de besar muchas veces la había liberado de aquel tormento. Sus compañeras tomaban esto último como una verdadera traición al oficio y un acto que las ponía en desventaja. Por otra parte, la actitud solitaria de Ivonne solía ser entendida como una actitud de soberbia. Y, ciertamente, no le perdonaban haberse convertido en la favorita del gerente.

Hasta que un día las chicas se le plantan para poner los puntos sobre las íes. Forman un círculo intimida-torio alrededor de la delgada persona de Ivonne y, con el fondo de una milonga, la más veterana la increpa:

Te creés que porque francesa hay que rendir pleitesía, que hay que besarte los pies. No sé qué ven los chabones, qué gualicho les hacés pero pierden la cabeza y los bolsillos vacían cuando batís en francés.

Y mientras se estrecha el círculo, una que porta una delantera que mete miedo, con un gesto desafiante toma la palabra:

Yo no sé lo que te han visto si tenés menos pecheto que puchero de verdura y hasta menos carnadura que la que tenía Cristo. Será que verte da pena, será que al bacán conmueve ver tan flaca Magdalena de raquítica factura, que a la caridad los mueve.

Una tercera, bien entrada en carnes, se abre paso entre las demás y con una sonrisa amenazadora entona:

Decime qué les hacés, confesame tu secreto, si un fósforo parecés, palito 'e roja cabeza, no te queda ni esqueleto; será que tu gran proeza es chamuyar en francés y cantar la Marsellesa.

Lejos de intimidarse, Ivonne se incorpora de la banqueta de la barra, levanta el mentón y, haciendo valer su estatura, examina a su corpulenta desafiante de arriba abajo y le contesta:

Sentate, no te agites, me doy cuenta que estás gruesa, no perdás las ilusiones, que no baje tu moral, todo llega aunque se tarda, podrías ser reina e' belleza y ligarte unas cocardas allá por los corralones de la Sociedad Rural.

Entonces, viendo que Ivonne no se amedrenta, las chicas le cantan a coro:

Es un viejo mandamiento de las chicas del oficio: palabras de amor ni besos a otro que no sea el cafishio; francesita ventajera besando a los cuatro vientos para agenciarte unos pesos mentís amor a cualquiera.

Ivonne gira sobre su eje mirando a todas y a cada una. Finalmente clava la vista en los ojos de la más veterana, deja escapar una risa teatral, y le espeta:

Araca que habló Sarmiento, vos sí que no tenés vicios, Su Majestad no da besos pero hay que ver el aliento a pescao mezclao con queso que te dejó el ejercicio de ser monja de convento.
Qué me venís a hablar de eso si una legión de patricios con todo su pelotón, caballos y regimiento, hicieron un campamento al cobijo 'e tu calzón.