– Molina, yo sé lo que siente por esa mujer. Pero si me permite un consejo, le diría que se olvide.
Lo último que quería Juan Molina era escuchar una recomendación. Quería saber dónde estaba y correr a su encuentro.
– Lo único que le puedo decir es que por aquí no va a volver -resumió Seguin.
El cantor quiso que le dijera dónde podía encontrarla. El gerente sacudió la cabeza, volvió a palmear las espaldas apesadumbradas de Molina y se alejó.
Antes de perderse en la penumbra, se detuvo, giró la cabeza y repitió:
– Olvídese, hágame caso.
Molina, petrificado, creyó morir de desconsuelo.
Las noches en el cabaret se volvieron para Molina una repetida tortura. Al tormento de ver frustradas sus aspiraciones de cantor, a la ignominia de tener que exhibirse disfrazado sobre un ring circense, ahora debía agregar la ausencia de lo único que le ofrecía una ilusión. La mesa que ocupaba Ivonne quedó vacía como un triste recordatorio. Molina se había convertido en una sombra agostada de lo que fue. Sobre el escenario, aquella bestia de porte recio que cantaba su furia mientras demolía a sus contrincantes, ahora era un animal domesticado que mal podía esconder su desgano. Más flaco y desmejorado, sus compañeros de la troupe debían hacer esfuerzos ingentes para fingir que caían derrotados por el campeón. Los números de catch solían coronarse con la participación de algún espectador que se animara a desafiar al campeón. Por lo general Molina debía enfrentarse con gordos envalentonados por las burbujas del champán. Solía ser piadoso. Nunca lastimó a nadie. Con un par de llaves defensivas bastaba para dejarlos fuera de combate. Pero, cierta vez, André Seguin vio con preocupación cómo un amateur de mediana estatura, que en otro momento no hubiese durado más de treinta segundos en pie, estuvo a punto de derrumbar a Molina. Esa misma noche, el gerente citó a Juan Molina a su despacho. Mientras se duchaba, Molina no tenía demasiadas dudas sobre el motivo de la citación; trabajo no habría de faltarle, se dijo, y en última instancia, sabía que las puertas del astillero estaban todavía abiertas para él. Y quizá fuese mejor así; si el cabaret se había convertido en su muro de los lamentos, tal vez abandonar el ámbito del Pigalle habría de ayudarle a olvidar a Ivonne.
Esperando escuchar lo que imaginaba, Molina se sentó cabizbajo al escritorio frente a un inexpresivo André Seguin.
– Molina… -titubeó el gerente buscando las palabras más adecuadas-, las cosas no van bien, usted lo sabe.
El luchador asintió sin mirar a su interlocutor.
– Créame que lo lamento, pero esto así no puede seguir. No me sirve a mí ni tampoco le sirve a usted.
Molina quería que Seguin se ahorrara el prólogo.
– En este estado usted no puede seguir luchando.
Tuvo el impulso de levantarse en ese mismo instante e irse.
– Creo que lo mejor sería que se aleje del Pigalle por un tiempo…
Juan Molina sabía el significado protocolar de la frase "por un tiempo".
– Estuve pensando que tal vez sería bueno cambiar un poco de aire.
El gerente guardó un prolongado silencio y finalmente sentenció:
– Quiero que cante en el Armenonville.
El cantor tardó en comprender el significado de aquellas breves palabras.
– El sábado próximo, si está de acuerdo, podría ser la fecha del debut.
Molina levantó la cabeza y fijó su mirada en los ojos de André Seguin con una expresión desorbitada, como si acabara de recibir un cross a la mandíbula. No supo qué decir. No supo qué pensar. Sintió una dicha tan inconmensurable como ajena, como si aquello le estuviese sucediendo a otro y él no fuese más que un testigo involuntario. Entonces descubrió que no cabía en su espíritu ni un ápice de felicidad.
5
Es viernes. Juan Molina cuenta las horas que lo separan del debut en el Armenonville. Tiene la certeza de que aquel número de catch que acaba de terminar será el último. Se tiene fe. Sabe que cuando lo escuchen cantar terminarán ovacionándolo y le pedirán bises una y otra vez. Alberga la íntima certidumbre de que André Seguin habrá de convencerse, de una vez, que es mejor negocio tenerlo delante de una orquesta que detrás de las cuerdas del ring. Sin embargo, ahora que se le presenta la oportunidad que ha esperado toda su vida, si el Genio al que solía invocar cuando era un niño se le apareciera en ese momento, le pediría sin vacilar un solo deseo: encontrar a Ivonne. Molina acaba de salir de su función en el Royal Pigalle. Es temprano todavía. Piensa en su debut como cantor y ni siquiera esa idea le provoca alegría. Ahora camina por Corrientes con las manos en los bolsillos y canturrea:
No bien termina de cantar, cree haber caído en aquellas ensoñaciones infantiles: oculta en la entrada de una tienda de ropa, cubriendo su rostro con un velo de tul, ahí estaba ella.
– Te estaba esperando -susurró-, pero no quiero que nos vean juntos.
Molina no supo qué hacer ni qué decir. Ivonne le dijo que siguiera caminando como si nada, que se alejara de ahí, que fuera hasta la confitería del Molino y la esperara. Caminó como un autómata sin atreverse a darse vuelta. El corazón se le salía del pecho. Molina apuraba el paso por Corrientes, cuando llegó a Callao tuvo un miedo inexplicable. Sintió pánico de no volver a verla, de que la pesadilla volviera a comenzar. Con las manos metidas dentro de los bolsillos y una ansiedad indecible, poco menos que corrió hasta la avenida Rivadavia. Entró en la confitería que estaba atestada de gente y buscó una mesa en algún rincón; hizo un recorrido sumario con la mirada y se encaminó hasta el fondo. Se sentó, encendió un cigarrillo y de pronto se dijo que se había ubicado muy lejos de la puerta, que quizá Ivonne no lo vería y, creyendo que nunca había llegado, se fuera. Entonces se incorporó y corrió hasta una mesa que acababa de desocuparse junto a una de las vidrieras. De pronto lo asaltó la idea de que tal vez ahí estarían demasiado expuestos, Ivonne le acababa de decir que no quería que los viesen juntos. Molina apeló a la calma e intentó quedarse quieto. No separaba la vista de la puerta. Alternativamente miraba el reloj y se preguntaba por qué no llegaba de una vez. Acaso había entendido mal y no era en el Molino sino en la Ópera. ¿O en el Ciervo? Había pasado apenas un minuto y medio; sin embargo, para Juan Molina fue una hora y media. Se dijo que era un estúpido: tenía que haber dejado que ella caminara adelante para no perderla de vista. No se perdonaba no haberla tomado del brazo sin importarle nada. La había visto asustada. ¿Y si le hubiese pasado algo en el camino? Se agitó la puerta y, cuando esperaba verla entrar, comprobó con desilusión que se trataba de un matrimonio de ancianos. Temió que aquel encuentro fugaz no hubiese sido más que una alucinación nacida de la desesperanza. Estaba por levantarse y correr hasta el café de la Ópera, cuando por fin entró ella. Molina le hizo una seña con el brazo en alto. Ya lo había visto.