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Un ruido como de pisadas le hizo pararse en seco y, agarrado a la cuerda, proyectó el potente haz de luz por la zona del campamento. Escudriñó las tinieblas que lo envolvían por si aquel ruido misterioso volvía a repetirse.

– ¿Hay alguien ahí? -gritó.

Pero no obtuvo respuesta. Agarrándose otra vez a la cuerda y encogiéndose de espaldas para protegerse del viento, se encaminó hacia la concha. Aunque ésta estaba a menos de veinte metros de distancia, cuando llegó, a pesar de llevar un anorak Berghaus y unos gruesos pantalones de esquiador, Cody estaba aterido.

La primera persona con la que habló al cruzar la compuerta hermética fue Jack.

– Me ha parecido oír algo ahí fuera -comentó frotándose las manos y tiritando de frío.

– ¿Ah, sí? ¿Quieres que vayamos a echar una ojeada?

Cody se encogió de hombros. No le apetecía lo más mínimo volver a salir en busca de algo desconocido en medio de la tempestad.

– No, me imagino que no habrá sido nada -repuso con una mueca nerviosa en los labios-. Nada de nada. Sólo el viento y mi imaginación. ¡Qué fácil es mirar un arbusto y creer que estás viendo un oso! O un yeti. Desde que aprendí a leer, me da miedo la oscuridad, y empecé a leer a una edad muy temprana, puedes creerme. De noche este lugar es fantasmal y horripilante. Me tiene asustado.

– Aquí, a esta altitud, el viento arrastra de todo -afirmó Jack-. Y la cabeza también se resiente y queda azotada a su paso.

– Vaya noche de perros -exclamó Cody, sacudido por un escalofrío-. Si el tiempo es aquí tan espeluznante, cómo será más arriba, en la vertiente sur del Annapurna.

Jack hizo una mueca.

– Muy lejos de ser agradable.

– Ya intentaste escalar la hija de puta esa, ¿verdad?

– Sí, lo intenté pero fracasé, Byron. No tiene nada de hija, es sólo una gran puta. Annapurna significa diosa de las cosechas abundantes. Debe de responder a la idea que alguien tiene de una diosa, pero te aseguro que no es la mía.

Cody husmeó fuerte como si fuera un perro hambriento.

– ¿Qué hay de cena?

Jack sonrió y señaló con el pulgar a su espalda por encima del hombro.

– El microondas está allí atrás. Si quieres, caliéntate un plato de comida precocinada.

Mientras los porteadores, que se habían acostado pronto, dormían en el refugio del Santuario del Annapurna, metidos en sus sacos de dormir, tras un día de trabajo agotador, los miembros de la expedición y los dos jefes de los sherpas estaban reunidos en la concha, cenando; escuchaban la radio y conversaban. Habían traído las sillas y las mesas de los refugios, y la temperatura en el interior del edificio hinchable era de doce grados centígrados, una temperatura agradable, teniendo en cuenta el frío que hacía fuera. Sentados, comiendo sus platos de comida preparada, intentaban todos olvidar la tempestad que azotaba el glaciar. De vez en cuando oían ráfagas fuertes, de la intensidad de un obús, y alguno de ellos dejaba escapar un silbido, con la mano en la pared de la concha, perplejo de que pudiera resistir aquella tormenta.

Como si quisieran de alguna manera compensar la aspereza del tiempo inhóspito, todos se esforzaban en ser amables con los demás, aunque estaba claro que la altitud ya había hecho estragos en dos de los miembros del equipo, que se mostraban irritables y nerviosos. Boyd sacó una botella de bourbon y al poco rato se pusieron a discutir sobre el objetivo de la expedición.

– No creo que con este tiempo salga esta noche -comentó Cody, y se quitó las gafas sin montura, que le daban un cierto parecido con Karl Marx en los tiempos en que éste iba con asiduidad a la Biblioteca Británica, y empezó a limpiarlas vigorosamente.

– ¿De quién hablas? -preguntó Jutta.

– Del yeti, de quién va a ser.

Boyd se rió, burlón, y apuró su vaso.

– No creo que salga ni ahora ni nunca -sentenció sirviéndose una abundante cantidad de whisky.

El equipo se dividió rápidamente en tres grupos: Swift, Jack, Byron Cody, Dougal MacDougall, Hurké Gurung y Ang Tsering creían en la existencia del yeti; Jutta Henze, Miles Jameson y Lincoln Warner eran agnósticos los tres; y Boyd sostenía que era una leyenda que contaban los viajeros o, en el mejor de los casos, un fenómeno local que debía de tener una explicación perfectamente racional.

– No veo que tenga nada de irracional creer que en estas montañas pueda habitar un gran simio del que nadie sabe nada todavía -opinó Cody-. Tengo que confesar que ésta es una explicación que me parece muchísimo más probable que algunas de las que he oído sobre el yeti, como extrañas condiciones atmosféricas, perezosos o lémures gigantes y otras cosas por el estilo.

– Me tenéis un poquitín desconcertado -les hizo saber Boyd, que se pasaba, abstraído, el índice por el bigotito-. Yo creía que erais científicos. Pero esto…

Dejó en paz su bigote y empezó a pasarse la mano por la cabeza, que tenía forma de bala, visiblemente exasperado.

– En Khat, cuando me explicasteis que no teníais intención de rastrear unos cuantos huesos viejos sino otra cosa, no dije nada. Pero francamente, creo que estáis persiguiendo una quimera.

– ¿Qué sabrás tú de quimeras? -le preguntó Lincoln Warner, cuya voz, muy grave, al resonar en el interior de la concha, parecía la de Darth Vader.

»-Pues, para que lo sepas, lo que tú llamas una quimera no es nada fantástico, ni ninguna ilusión. En realidad es algo más fácil de cazar que el más esquivo de los animales.

Swift estaba callada. En Washington había sentido una gran simpatía por Boyd, pero en Katmandu, una noche que él estuvo bebiendo una cerveza detrás de otra, intentó ligársela y Swift, que también había bebido lo suyo, le dijo que antes se acostaría con un yak que con él. Ahora, en la concha, el escepticismo de aquel hombre le pareció simple y llanamente mala educación, además de ser peligroso porque estaba sembrando la desmoralización en el equipo. Se preguntó si no era el rencor personal lo que explicaba su postura. Quién sabe si lo que estaba haciendo era sólo vengarse mezquinamente, con todo su sarcasmo, porque ella le había rechazado con brusquedad.

– ¿Sabes?, hace mucho que vengo coleccionando viejos huesos, para decirlo con tus palabras -dijo Swift con mucha calma-. Desde que era una niña. Nunca me interesó coleccionar sellos, ni monedas, ni nada. Para mí este tipo de colecciones no tenía ningún sentido. En cambio, coleccionar fósiles, en especial fósiles de humanos, era algo que sí lo tenía. Mira, Jon, creo que la posibilidad de hallar una colección viviente, por decirlo así, existe. Puede que encontremos un espécimen vivo. Muchas veces se ha llegado a descubrir una nueva verdad partiendo de proposiciones improbables. Pero no veo por qué nuestro empeño debe tildarse de quimera.

Boyd se encogió de hombros afirmando con la cabeza como si no estuviera muy satisfecho de su manera de expresarse.

– Retiro lo de quimera. Me parece que perseguís a un ser muy concreto pero que no existe. No sé. En cualquier caso, es una locura.

Estaba claro que no había escuchado nada de lo que Swift acababa de decir, y Swift decidió que tal vez Boyd había bebido demasiado bourbon.

– ¿Qué les dirías, pues, a estas dos personas que están aquí sentadas y que han visto un yeti? -le preguntó ella-. ¿Qué les dirías a Jack y al sirdar?

– Señor, pues no lo sé -contestó Boyd riéndose-. Que padecían mal de altura, seguramente.

– Perdone, sahib -intervino Gurung-, pero yo nací en estas montañas.

– Los sherpas también necesitan oxígeno -soltó Boyd.

– Pero menos que nosotros -le aclaró Jack.

– Muy bien, pues contéstame a esta pregunta, Hurké -insistió Boyd-. Cuando subiste a la cumbre del Everest, ¿lo hiciste con o sin oxígeno?