– ¿Qué es lo que quieres, buscar un souvenir? -rió Boyd-. Llevarte treinta toneladas de roca a Estados Unidos sería un exceso de equipaje que no te admitirían.
– Lo he preguntado sólo por curiosidad.
– Es difícil decirlo con precisión -admitió Jack-. Lo que sé es que cayó a nuestras espaldas, en un lugar imposible de precisar del glaciar que teníamos al sur. -Indicó con el dedo un punto en la entrada del Santuario, más allá de la hilera de las extrañas huellas recién descubiertas, y más allá del CBA-. Hacia allí. Hacia el Machhapuchhare.
– El pico Cola de Pez, ¿eh? -musitó Cody-. Sí, lo parece, ¿verdad? ¿Cuántos metros de altitud tendrá? Unos seis mil o seis mil quinientos, ¿no?
– Seis mil novecientos noventa y dos -dijo Jack.
– Sea como sea, una caminata de miedo -se rió Boyd.
– Desde un punto de vista técnico, no es una escalada especialmente difícil.
– ¿Creen de veras que es una montaña sagrada? -preguntó Warner-. ¿Que es un lugar sagrado donde moran los dioses y todas esas historias?
– Sí, lo creen de verdad -afirmó Jack.
– Parece imposible que en nuestra época se crea todavía en esas cosas.
– Cuanto más tiempo llevas aquí -respondió Jack-, menos imposible te parece.
Miles Jameson estaba habituado a usar drogas para anestesiar e inmovilizar a los animales salvajes. Durante el tiempo que estuvo trabajando en el zoológico de Los Ángeles, drogó a todo tipo de animales, desde un elefante indio hasta un ajolote. Había empleado varios de los agentes químicos de su arsenal a lo largo de dos décadas, casi desde el momento en que habían salido a la venta. Pero su medio predilecto de administrar narcóticos para anestesiar a los animales era una cerbatana, que se utilizaba desde épocas remotas. Cuando trabajaba en el zoológico, empleaba muy a menudo una cerbatana que le habían regalado unos indios ecuatorianos en uno de los múltiples viajes que efectuó a Centroamérica en busca de nuevos especímenes. Era una caña hueca de bambú de dos metros de largo que ofrecía la posibilidad de inyectar anestesia desde una distancia de entre quince y veinte metros lanzando de forma silenciosa y efectiva bolitas o flechas cuyo impacto, además, causaba una lesión insignificante. Jameson se había llevado la cerbatana al Parque Nacional de Chitwan. Pero si en el Himalaya, donde soplaban siempre vientos muy fuertes, se veía obligado a inmovilizar a un animal no le quedaría más remedio que utilizar un rifle.
Además de una selección de pistolas de aire modificadas para el uso general de los miembros de la expedición, se había traído consigo un par de armas proyecturas Palmer Cap-Chur de Chitwan. El primer par eran dos rifles de largo alcance propulsados por dióxido de carbono comprimido, con una línea de tiro de treinta y dos metros. Pero era en el segundo par de armas en el que Jameson confiaba más; se trataba de dos rifles Zuluarms de una línea de tiro larguísima. Cada uno de ellos estaba constituido por una combinación modificada superior e inferior de un rifle del calibre 22 y una escopeta del veintiocho, propulsada con casquetes de percusión, que era efectiva desde una distancia de setenta y cinco metros. El rifle Zuluarms disparaba una jeringa especial de aluminio Cap-Chur que era semejante a las que Jameson disparaba con la cerbatana ecuatoriana.
Escoger el producto químico para dejar inconscientes a los animales presentaba más problemas. Si la presión a la que se inyectaba un líquido era excesiva, se corría el riesgo de desgarrar el músculo. Lo peor era que hasta que el animal quedaba completamente inmovilizado transcurrían entre quince y veinte minutos, o tal vez más, dadas las bajísimas temperaturas propias del Himalaya, tiempo suficiente para que el animal se perdiera y, desamparado, muriera por disminución de temperatura y fallo respiratorio. Lo más complicado de todo era calcular la dosis, segura y efectiva a la vez, que necesitaría un animal que Jameson no había visto en la vida y del que no sabía nada.
La dosis de ketamina que había que administrar a los grandes simios era de dos a tres miligramos por kilogramo de peso corporal. A Miles no le quedaba más alternativa que imaginar el peso de la criatura; por las descripciones que Jack y el sirdar habían dado del yeti, del que habían dicho que era una tercera parte más grande que un gorila de espalda de pelo blanco adulto, debía de pesar entre doscientos y doscientos veinticinco kilos. Pero teniendo en cuenta el examen de las pisadas efectuado por el sirdar y su propia opinión, según la cual estaban persiguiendo a un yeti joven, había preparado también una jeringa Cap-Chur que contenía una dosis mucho más pequeña.
Antes de abandonar el CBA, Jameson examinó la enorme jaula que él y unos sherpas habían montado el día anterior. Si tenían la suerte de capturar un espécimen vivo, lo encerrarían en ella. Transportarlo sobre una litera en aquella jaula sería bastante menos fácil, y se dijo que, si el tiempo lo permitía, a lo mejor tendrían que pedir un helicóptero.
Jameson cogió un Zuluarms, insertó un casquete de percusión en el cañón del rifle y una jeringa Cap-Chur, que contenía una droga menos fuerte, en el cañón de la escopeta. Después pasó el fiador, se metió en el bolsillo un par de jeringas más, cuyas puntas protegió bien, cogió los prismáticos, se echó el rifle al hombro y subió la escalera del refugio para reunirse con Swift y el sirdar.
DOCE
La gran tragedia de la ciencia: la muerte de una hipótesis hermosa a manos de un hecho desprovisto de belleza.
T. H. Huxley
El yeti, o lo que fuera aquel animal, había bajado por el valle hacia el lugar en el que en verano estaba el campamento base del Machhapuchhare, o CBM, formado por dos o tres refugios sepultados ahora bajo varios metros de nieve, a los pies de la montaña de Siva. Desde el CBA hasta el CBM, que estaba cuatrocientos veinticinco metros más abajo, había una distancia que se recorría en más o menos una hora y media. Era fácil seguir el rastro de las huellas, que casi parecían, por su aparente obstinación, las huellas de un ser humano. Tras más de una hora de observar aquella hilera prácticamente recta de pisadas, el sirdar señaló unas marcas que había en la nieve y que indicaban que el animal que buscaban se había sentado en una roca.
– Yeti aquí se cansa -se rió.
– Sé perfectamente cómo ha debido sentirse -dijo Swift, vencida por la fatiga.
– ¿Se encuentra bien, memsahib?
– Cansada, pero es soportable, Hurké.
– Quizá hizo un alto en el camino para fumarse un pitillo -sugirió Jameson encendiéndose uno y ofreciéndole la cajetilla al sirdar.
– Yeti también es hombre Marlboro, ¿eh? -Hizo un gesto negativo con la cabeza rechazando lo que le ofrecían-. Pero mejor no perder tiempo, Jameson sahib. Me parece que el tiempo cambiará pronto. Nada bueno para nosotros. Malo para seguir huellas. Sólo bueno para yeti.
Señaló hacia arriba, hacia el lugar de donde venían.
– Señor -exclamó Swift-. No me había dado cuenta de lo lejos que estamos.
Cuando habían partido, el cielo era de color azul intenso y resplandeciente. Hacía sólo un cuarto de hora, al alzar la vista, había visto unas cuantas nubes que empezaban a cercar el sol como lobos grises atraídos por el calor de una hoguera. Después advirtió que se había formado una densa niebla y que era imposible ver nada a más de cien metros. Era una sensación que llenaba de pavor, porque parecía que la niebla les estuviera persiguiendo a ellos, que perseguían a su vez a aquel ser misterioso.
– El tiempo cambia muy de prisa en el Himalaya -dijo el sirdar, que se dispuso a reemprender la marcha.
Al cabo de media hora, dejaron atrás el Machhapuchhare.
– Tal vez el yeti sabe que está prohibido escalar el Machhapuchhare -se rió Jameson-. Igual que todos nosotros.