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Jack extrajo la jeringa Cap-Chur del hombro de su amigo y la examinó detenidamente a la luz amarilla. Con los guantes y el casco, poca cosa podía decir del estado del dardo, aparte de que parecía intacto. Y así se lo comunicó a Miles Jameson por radio.

– De todos modos, coge el dardo y cárgalo otra vez en la pistola -le dijo Jameson-. Podría ser mejor que nada.

– Quizá deberías volver -opinó Swift.

Jack consultó la unidad de control del traje. Llevaba más o menos una hora en el interior de la grieta. Le quedaban todavía muchas más, diez por lo menos, antes de quedarse sin energía.

– Negativo. Voy a seguir explorando. En el traje queda todavía muchísima gasolina. Y además estoy perfectamente. El objetivo de esta caminata espacial no era capturar a un yeti sino intentar localizar su madriguera, o como se llame el refugio de los grandes simios.

– Se llama guarida -dijo Cody.

Jack cogió el piolet y se puso en marcha en silencio prometiéndole a Didier que, pasara lo que pasara, no lo dejaría allí.

– Decidles a los chicos que monten la camilla. Cuando vuelva, me lo llevaré de aquí.

Hustler. Me temo que la cuestión china ya no tiene ninguna importancia. Esta mañana he ido allí para controlarles y me he encontrado con que un alud había sepultado su campamento. Uf. No hay supervivientes. Pero quizá sea mejor así. A pesar de lo que dijiste, aquellas pendientes me daban mala espina. Entretanto he caminado de un extremo a otro del santuario, pero sin ningún éxito. Castorp.

Movidos por el afán de hacer algo útil, Miles Jameson y Jutta Henze salieron de la tienda y montaron una camilla de rescate Bell. Construida con un tubo cuadrado de acero reforzado y equipada con una almohada para reclinar la cabeza, correas para atar el pecho y las piernas y esquíes de plástico, el cometido de aquella camilla era, llegado el caso, transportar un yeti anestesiado hasta el CBA en un helicóptero que vendría desde Pokhara.

– Pensaba que la precisábamos para transportar un yeti -observó Jutta-, y no un cadáver.

– No te preocupes que ya capturaremos uno -le dijo Jameson.

– Me parece que eres muy optimista.

– Para cazar animales salvajes, mi querida Jutta, hay que serlo. Pero yo creía que también había que ser optimista para ser alpinista. -Señaló con un movimiento de cabeza la implacable cara sur del Annapurna y explicó-: Quiero decir que hay que ser muy optimista para pensar que se puede escalar eso.

Jutta sacudió la cabeza.

– No, yo soy pesimista. En un lugar como éste, el optimismo puede fácilmente llevarte a la tumba. Mi marido era optimista, como tú dices. Exageró, se exigió a sí mismo más de lo que podía. Pero no se puede hacer nada para cambiar a este tipo de personas. Jack es igual. Sabe que tiene mucha suerte de estar vivo después de lo que le ocurrió la última vez, pero no puede cambiar. Ni quiere.

Al darse cuenta de que estaba a punto de caer en lo morboso, Jutta esbozó una sonrisa resplandeciente.

– Espero que tengas razón, Miles. Sería fantástico capturar ese animal, ¿verdad?

– Sí. Sería como descubrir un dinosaurio vivo.

– Sería muchísimo más interesante. No estamos emparentados con ningún animal de sangre fría. Al menos, no somos parientes cercanos de ellos. -Hizo una mueca con pillería-. Salvo Jon Boyd, tal vez. Él no es nada optimista respecto a nuestras posibilidades de capturar un yeti.

– Sí, me encantaría capturar un yeti, aunque sólo fuera para ver la cara de Boyd cuando lo sacáramos de la red.

– O mejor aún, cuando lo metiéramos a él en una red junto con un yeti.

Jameson entornó los ojos.

– Cómo me gustaría -murmuró.

– No tendría más remedio que aceptarlo.

Pero Jameson estaba cavilando otra cosa.

Dejó lo que estaba haciendo y subió por la escalera hasta lo alto de la pared de hielo.

– ¿Adónde vas?

– A echar un vistazo a la grieta. Se me acaba de ocurrir una idea. ¿Van a traer los chicos el resto del material esta tarde?

– Sí. ¿Qué clase de idea?

– Digamos que es mi Magic Johnson.

La grieta estaba ahora completamente a oscuras. Jack andaba con mucho tiento por la cornisa, sin más luz que la del casco; el techo, abovedado, era de hielo compacto y tenía conos minúsculos, como los altavoces de un estudio de grabación o de una sala de conciertos, o como cristales de sal o de azúcar aumentados centenares de veces. Jack decidió que la vista de un yeti debía de ser mucho más aguda que la de los seres humanos, una observación que le transmitió a Byron Cody por radio.

– Lo que dices es muy interesante, Jack -comentó el zoólogo especializado en primates-. El resto de los grandes simios, sin excepción, son criaturas diurnas. Si el yeti fuera un animal nocturno, se trataría de un caso excepcional. Por otro lado, al no haber grandes predadores que representen para él una amenaza por la noche, debe de haber evolucionado para poder beneficiarse de esta ventaja. Tal vez hasta para convertirse él mismo en una especie de predador.

– Vaya, qué tranquilidad me da saberlo ahora que estoy caminando en la oscuridad -ironizó Jack-. Aunque eso podría explicar por qué los hombres han visto tan pocos yetis.

– Hay otra posibilidad -señaló Swift-. Y es que los yetis se hayan convertido en animales nocturnos justamente para rehuir el contacto con el hombre. Si las historias que cuentan los sherpas son ciertas, el hombre puede haber sido el principal enemigo del yeti.

Al escuchar la teoría de Swift, Jack recordó un siniestro trofeo que había visto una vez cuando participó en la expedición que escaló el Himalaya.

– En Pangboche hay un pequeño templo budista -explicó-, en las estribaciones del Everest. Por unas pocas rupias él lama te enseña algo que, según se afirma, es el cuero cabelludo de un yeti. Y también en Khungjung, que está en la misma zona, a una distancia de trescientos metros. Pero si las cosas no se desarrollan como…

De pronto se encontró con que la cornisa formaba una cuesta muy empinada, que giraba bruscamente hacia la derecha. Tan empinada, en efecto, que era imposible subir por ella sin la ayuda de puntos de agarre tallados con el piolet y quizá de unos cuantos tornillos. A un lado, la pared era completamente lisa, mientras que en el otro estaba el precipicio que desaparecía en la oscuridad. Con el piolet golpeó el suelo de la cornisa y la hoja de molibdeno cromado rebotó contra el hielo duro como una roca. La pared no resultó menos compacta. Intentó clavar un tornillo y después una clavija, pero no lo consiguió.

– Parece que voy a tener que escalar un poco -dijo-. Sólo que no tengo ni idea de cómo voy a poder hacerlo. Nunca había visto un hielo tan duro como éste.

Se puso el piolet debajo del cinturón, metió el martillo y los tornillos en la bolsa y pasó la mano por la pared. Por fin encontró algo: entre el suelo que subía empinado y la pared había un espacio de unos cinco centímetros, suficientes para emplear la misma técnica de escalada, que no admitía ningún error por mínimo que fuera, que utilizó para escalar el edificio de la National Geographic. Llamada bavaresa, esta técnica implica desplazar el centro de gravedad del cuerpo hacia atrás agarrándose con las puntas de los dedos a las rendijas ocultas de la pared y después ascender sobre las puntas de los crampones.

– A los peludos esos hay que reconocerles una cosa -dijo con un gruñido mientras intentaba escalar haciendo una serie de movimientos fluidos y continuos entre un punto de apoyo y el siguiente-. Y es que su técnica para escalar las montañas es perfecta. Desde luego, bajar por esta suave pendiente… va a ser… mucho más divertido que subir por ella.