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– No habría ascensos por un acto así, Hal -comentó Harry riendo.

Barnes miró los monitores, que brindaban varias vistas de la pulida esfera. Al final, el militar dijo:

– No, eso es ridículo. Ningún ser vivo es inmortal. ¿Estoy en lo cierto, Beth?

– En realidad, no -contestó ella-. Se podría argumentar que algunos seres vivos de nuestro propio planeta son inmortales; por ejemplo, ciertos organismos unicelulares, como las bacterias y las levaduras, tienen, al parecer, capacidad de vivir de modo indefinido.

– Levaduras -resopló Barnes-. No estamos hablando de levaduras.

– Y, prácticamente, a un virus se le podría considerar inmortal.

– ¿Un virus! -Barnes tuvo que sentarse en una silla: no había tomado en cuenta a los virus-. Pero ¿cuál es la probabilidad de que se trate de eso? ¿Harry?

– Creo que las posibilidades van mucho más allá de lo que hayamos mencionado hasta el momento -dijo el interpelado-, pues nos hemos limitado a considerar seres tridimensionales, como los que existen en nuestro Universo de tres dimensiones… o, para ser más precisos, en el Universo que percibimos como constituido por tres dimensiones, porque hay quienes piensan que nuestro Universo tiene nueve u once dimensiones.

Barnes tenía aspecto de estar agotado.

– Pero las otras seis u ocho dimensiones son casi imperceptibles, por eso no las notamos.

Barnes se frotó los ojos.

– Por consiguiente, este ser -prosiguió Harry- puede ser multidimensional, por lo que, en un sentido literal, no existiría, al menos no por completo, en nuestras tres dimensiones conocidas. Para tomar el caso más sencillo: si fuese un ser de cuatro dimensiones…

– Esperen un momento. ¿Por qué ninguno de ustedes mencionó todo esto antes?

– Supusimos que usted lo sabría -dijo Harry.

– ¿Que yo sabía algo acerca de seres de cinco dimensiones a los que no se puede matar? Nadie me dijo nunca una palabra. -Movió la cabeza-. Abrir esa esfera podría resultar peligrosísimo.

– En efecto.

– Lo que tenemos aquí es nada menos que la caja de Pandora.

– Es cierto.

– Bueno -dijo Barnes-. Consideremos las peores probabilidades. ¿Qué es lo peor que podemos encontrar?

Fue Beth quien respondió.

– Creo que está claro: independientemente de que se trate de un ser multidimensional o de un virus o de lo que fuere, al margen de que comparta nuestros valores morales o de que lisa y llanamente no tenga valores morales, el caso peor es que nos dé un golpe bajo.

– ¿Y eso qué quiere decir?

– Eso quiere decir que se comporte de un modo que se interfiera en nuestros mecanismos vitales básicos. Un buen ejemplo es el virus del sida. El motivo por el que el sida es tan peligroso no estriba en que sea un virus nuevo. Obtenemos virus nuevos todos los años…, todas las semanas. Y todos los virus funcionan de la misma manera: atacan las células y transforman la maquinaria de éstas para que elaboren más virus. Lo que hace que el virus del sida sea tan peligroso es que ataca las células específicas que utilizamos para defendernos contra los virus. El sida interfiere nuestro mecanismo básico de defensa. Y no tenemos defensa contra eso.

– Bueno -dijo Barnes-, si esta esfera contiene un ser que pueda interferir nuestros mecanismos básicos, ¿cómo sería ese ser?

– Podría inhalar aire y exhalar gas cianuro -sugirió Beth.

– Podría excretar desechos radiactivos -apuntó Harry.

– Podría perturbar nuestras ondas cerebrales -aventuró Norman-, interferir nuestra capacidad de pensar.

– O simplemente podría perturbar la conducción de impulsos eléctricos cardíacos y hacer que nuestro corazón deje de latir -agregó Beth.

– ¿Y si produjera una vibración sonora que resonase en nuestro sistema óseo y nos hiciera añicos los huesos? -dijo Harry, y sonrió a los otros integrantes del equipo-. De todas las hipótesis, ésta es la que más me gusta.

– Ingenioso -comentó Beth-; pero, como siempre, pensamos en nosotros mismos. Podría ocurrir que ese ser en ningún momento nos hiciera un daño directo.

– Ah -dijo Barnes.

– Simplemente podría exhalar una toxina que matase los cloroplastos, de modo que las plantas ya no pudiesen transformar la luz solar. Entonces, morirían las plantas que existen en la Tierra… y, en consecuencia, también lo haría toda la vida que hay en ella.

– Ah -volvió a decir Barnes.

– Verán -intervino Norman-, al principio pensé que el «problema antropomórfico», el hecho de que sólo podamos concebir la vida extra-terrestre como básicamente humana, representaba falta de imaginación: el Hombre es Hombre y todo lo que conoce es el Hombre, y en todo lo que puede pensar es en lo que él conoce. Sin embargo, como pudieron apreciar, eso no es cierto. Podemos pensar en muchas otras cosas más… pero no lo hacemos. Así que tiene que haber otra razón por la que sólo podemos concebir a los extra-terrestres como seres humanos. Y creo que la respuesta es que, en realidad, somos animales terriblemente débiles, y no nos gusta que se nos recuerde cuán débiles somos, cuán delicados son los equilibrios que se producen dentro de nuestro cuerpo, cuán breve es nuestra permanencia sobre la Tierra y con cuánta facilidad concluye. Así que imaginamos que otras formas de vida deben ser como nosotros, con lo que no tenemos que pensar en la verdadera amenaza, la terrorífica amenaza que pueden representar, sin que siquiera lo intenten.

Se produjo un silencio; luego, Barnes dijo:

– Tampoco debemos olvidar otra posibilidad: podría ser que la esfera encerrara algún extraordinario beneficio para nosotros. Algún maravilloso conocimiento nuevo, alguna idea nueva, una tecnología superior, algo que nos deje atónitos y que mejore las condiciones de vida de la especie humana, algo que supere nuestros sueños más fantásticos.

– Aunque esa posibilidad existe -dijo Harry-, no habría ninguna idea nueva que nos pueda ser de utilidad.

– ¿Por qué? -preguntó Barnes.

– Bueno, digamos que los extra-terrestres están mil años adelantados a nosotros tal como nosotros lo estamos, por ejemplo, en relación a la Europa medieval. Suponga que usted retrocede a esa Europa con un televisor: no habría ningún lugar donde enchufarlo.

Barnes los miró con fijeza durante largo rato.

– Lo siento -dijo-. Esta es una responsabilidad demasiado grande para mí. No puedo tomar la decisión de abrir la esfera. Tengo que llamar a Washington para consultar.

– Ted no va a sentirse feliz -opinó Harry.

– Al diablo con Ted -exclamó Barnes-. Voy a comunicarle esto al Presidente. Y hasta que no recibamos noticias suyas, no quiero que nadie trate de abrir esa esfera.

Barnes propuso un período de descanso de dos horas, y Harry se retiró a su habitación camarote para acostarse. Beth anunció que también ella se iba a dormir, pero se quedó en el puesto de monitores, con Tina Chan y Norman. El lugar de trabajo de Tina tenía cómodos asientos con respaldos altos, y Beth hacía girar uno de ellos, balanceando las piernas hacia atrás y hacia adelante; al tiempo que jugaba con su cabello, haciéndose rulitos al lado de la oreja. Tenía la mirada fija en el vacío espacio.

«Está cansada -pensó Norman-. Todos lo estamos.» Observó a Tina, quien, tensa y alerta, se movía de forma suave, pero continua, para ajustar los monitores, revisar la información de los sensores y cambiar los casetes de vídeo. Como Jane Edmunds, estaba en la nave espacial con Ted, además de atender su propia consola de comunicaciones, Tina tenía que hacerse cargo de las unidades de grabación. Esta mujer, que pertenecía a la Armada, no parecía hallarse tan cansada como los científicos. Claro que no había estado dentro de la astronave; la cual, para ella, era sólo algo que veía en los monitores, un programa de televisión, una abstracción. Tina no se había visto cara a cara con la realidad del nuevo ambiente, con la agotadora lucha mental para entender qué estaba pasando, qué significaba todo aquello.